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El juicio de Leo Raymer empezó tres semanas después, a mediados de diciembre, y duró tan sólo un día y medio. Se inició el martes por la mañana, y a mediodía del miércoles el jurado leyó su veredicto.

Sophie se quedó unos días en nuestro apartamento después del incidente, pero luego se fue a casa, aduciendo que no tenía sentido dormir en nuestro sofá, importunándonos, cuando tenía una cama perfectamente buena, aunque solitaria, a menos de cuatro calles. La dejamos irse con mínimas protestas, pero aun así pasábamos todas las veladas juntos, ya fuera en su casa o en la nuestra o, si podíamos permitírnoslo, en uno de los cafés del vecindario.

Al principio estaba al borde de la histeria; luego pareció más fuerte y optimista, decidida a hacer cuanto pudiera para que liberaran a Leo. Poco después se sumió en una depresión, y entonces pasó a enfadarse con su novio por haber causado todos esos problemas. Para cuando empezó el juicio, estaba agotada emocionalmente y tenía oscuras ojeras por la falta de sueño. Empezó a preocuparme cuál sería su reacción si el juicio no se resolvía felizmente.

Le rogué a monsieur Ferré que me diera libre el martes en que empezaba la vista oral y tuve la mala fortuna de pillarlo en un mal momento. Arrojó en la mesa la pluma, que salpicó tinta en mi dirección y me hizo dar un salto, y me miró fijamente respirando con fuerza por la nariz.

– ¿Un día libre entre semana, Yáchmenev? ¿Otro día libre? Pensaba que habíamos llegado a un acuerdo.

– Así es, señor. -Yo no esperaba que reaccionase con tal violencia ante tan simple petición. Había sido un empleado modélico desde la reprimenda y pensé que accedería sin problemas a darme un día libre-. Lamento pedírselo, sólo…

– Su esposa debe comprender que el mundo no…

– No se trata de mi esposa, monsieur Ferré -interrumpí, molesto porque se atreviera a criticar a Zoya-. No tiene nada que ver con lo que pasó hace meses. Me parece que le he hablado de mi amigo monsieur Raymer, ¿no?

– Ah, el asesino -respondió con un asomo de sonrisa-. Sí, lo recuerdo. Y he leído sobre el caso en los periódicos, por supuesto.

– Leo no es ningún asesino. Fue un terrible accidente.

– En el que murió un hombre.

– Así es.

– Y no uno cualquiera, sino un hombre cuya responsabilidad era proteger a los ciudadanos. Creo que a su amigo le será difícil conseguir que lo liberen. Tiene en contra a la opinión pública.

Asentí con la cabeza y traté de controlar mis emociones; mi jefe sólo repetía lo que yo ya sabía.

– ¿Puedo tomarme el día libre o no? -insistí, clavando mi mirada en la suya, hasta que por fin apartó la vista e hizo un ademán exasperado, rindiéndose.

– De acuerdo, de acuerdo. Puede tomarse un día libre. Sin sueldo, desde luego. Y si hay periodistas en el tribunal, como sin duda sucederá, no les diga que trabaja en este establecimiento. No quiero que mi librería se vea relacionada con tan sórdido asunto.

Accedí, y la mañana en que dio comienzo el juicio acompañé a Zoya y Sophie al tribunal. Nos sentamos en la tribuna, conscientes de que todas las miradas estaban fijas en nosotros. Advertí que eso incomodaba a Zoya, así que le cogí la mano y se la apreté dos veces para que nos diera suerte.

– No me gusta toda esta atención -susurró-. Al entrar, un periodista me ha pedido que me identificase.

– No estás obligada a decirles nada. Ninguno de los dos. Recuerda que en realidad no les interesamos; a quien quieren es a Sophie.

Me sentí cruel al hacer ese comentario, pero era la verdad y quería tranquilizar a mi esposa asegurándole que estábamos a salvo; quizá si ella lo creía, también lo creería yo.

La sala del tribunal estaba llena de espectadores interesados y no tardó mucho en oírse un murmullo colectivo cuando se abrió una puerta y apareció Leo rodeado por varios gendarmes. Recorrió rápidamente la estancia con la mirada, buscándonos, y al encontrarnos esbozó una valiente sonrisa que sin duda ocultaba su ansiedad. Estaba más pálido y flaco que la última vez que lo había visto -la noche anterior al incidente, cuando estuvimos los dos en un bar, bebiendo demasiado vino tinto; la noche en que me contó que planeaba pedirle a Sophie que se casara con él el día de Navidad, cosa que ella aún no sabía-, pero se comportó con valentía, mirando al frente cuando se leyeron los cargos y contestando con claridad cuando se declaró «no culpable».

La mañana transcurrió con una serie de tediosas discusiones legales entre el juez, el fiscal y el abogado de oficio. A media tarde, sin embargo, la cosa se puso más interesante, pues llamaron al estrado a varios testigos, incluida la anciana a la que el español había intentado echar de su sitio. La mujer alabó profusamente a Leo, por supuesto, y culpó al gendarme por el accidente, así como al español, quien fue innecesariamente duro en su condena de Leo, quizá por culpa de su ego herido. Testificaron unas cuantas personas más, hombres y mujeres que estaban en las escalinatas del Sacré Coeur en el momento del incidente y que habían facilitado sus nombres a la policía. Una dama que se hallaba a sólo unos centímetros del muerto cuando éste cayó. El médico que lo había examinado en primer lugar. El forense.

– Ha ido bien, ¿no crees? -me preguntó Sophie por la noche, y yo asentí con la cabeza, pensando que no tenía nada que perder con esa mentira piadosa.

– Algunos testimonios han sido útiles -admití, aunque estuve a punto de añadir que la mayoría describía a un Leo impetuoso y bravucón, cuya impulsiva conducta había causado la muerte de un joven honrado e inocente.

– Todo irá bien mañana -dijo Zoya, abrazándola al despedirse-. Estoy segura.

Más tarde nos peleamos; fue la primera vez que Zoya y yo nos levantamos la voz. Aunque yo pensaba acudir al tribunal, cometí el error de mencionar que probablemente monsieur Ferré se enfadaría conmigo por tomarme un segundo día libre, y ella confundió mi preocupación por nuestro futuro con egoísmo y desconsideración hacia nuestros amigos, acusación que me irritó y ofendió.

Esa misma noche, tras habernos reconciliado -me resulta extraño recordar que ambos lloramos, tan poco acostumbrados estábamos a discutir-, tumbados juntos en la cama, le pedí a Zoya que se preparara para lo que pudiera pasar, pues aquello podía no acabar como deseábamos.

Ella se limitó a ponerse de costado para dormir, pero supe que no era tan ingenua como para no reconocer la verdad en mi advertencia.

Al día siguiente ocupamos los mismos asientos, y en esa ocasión la sala estaba a rebosar para oír el testimonio de Leo. Nuestro amigo empezó con nerviosismo, pero no tardó en recuperar su fuerza habitual, y dio todo un espectáculo de habilidad oratoria que me hizo pensar que tal vez sería capaz de salvarse. Se describió como un héroe anónimo, un joven que no soportaba quedarse mirando cómo un invitado en su país insultaba y maltrataba a una anciana, una anciana francesa, puntualizó. Habló de lo mucho que admiraba la labor de los gendarmes, dijo haber visto cómo el joven agente perdía pie y que había tendido la mano para salvarlo, no para empujarlo, pero era demasiado tarde. Había caído. Toda la sala permaneció en silencio mientras hablaba. Al bajar del estrado, Leo miró brevemente a Sophie, que le sonrió con ansiedad; él le contestó con otra sonrisa antes de volver a sentarse entre los guardias que lo custodiaban.

Sin embargo, el último testigo fue la madre del joven policía, que le relató al tribunal los movimientos de su hijo aquella mañana y lo describió, quizá no sin razón, como un santo varón. Habló con orgullo y dignidad, dejándose vencer por el llanto una sola vez, y cuando concluyó su testimonio, supe que había pocas esperanzas.