– Amigo mío -saludó entonces con sarcasmo-. Buenos días.
– ¿Qué está pasando? ¿Dónde está todo el mundo? El tren está vacío.
– Están todos delante -repuso mirando hacia el primer vagón-. Bueno, los que quedan, al menos.
– ¿Los que quedan? -repetí, enarcando una ceja-. ¿Qué quieres decir?
– ¿No te has enterado? ¿No sabes qué pasó anoche?
Empecé a sentir una oleada de pánico, pero no quise aventurar a qué se refería.
– Cuéntamelo, Piotr. ¿Dónde está el zar?
– Ya no hay zar -contestó encogiéndose de hombros, como si fuera lo más natural del mundo-. Se ha ido. Nos hemos librado de él, por fin.
– ¿Que se ha ido? Pero ¿adónde? No querrás decir…
– Ha renunciado al trono.
– Eso ya lo sé -espeté-. Pero ¿dónde…?
– Mandaron un tren para él en plena noche.
– ¿Quiénes?
– Nuestro nuevo gobierno. ¡No me digas que estabas dormido! Pues te perdiste un espectáculo estupendo.
Sentí una oleada de alivio: el zar estaba vivo, lo que significaba que probablemente su familia no había sufrido ningún daño; pero al alivio siguió el deseo de saber adónde lo habían llevado.
– ¿Por qué te importa? -preguntó Piotr, aguzando la mirada y alargando una mano para quitarme una mota de polvo del cuello de la camisa, un gesto agresivo ante el que retrocedí.
– No me importa -mentí, intuyendo que el mundo había cambiado de la noche a la mañana y dónde residían ahora los peligros-. Sencillamente me interesa.
– ¿Te interesa lo que le haya pasado al Romanov?
– Quiero saberlo, eso es todo. Me fui a la cama y… No sé; debía de estar agotado. Me quedé dormido y no oí ningún tren.
– Todos estamos agotados, Georgi. Pero ya ha acabado todo. Las cosas irán mejor a partir de ahora.
– ¿Qué tren era ése? -pregunté, pasando por alto el claro placer que le producía la abdicación del zar-. ¿Cuándo llegó?
– Debió de ser a las dos o tres de la madrugada -contestó mientras encendía otro cigarrillo-. La mayoría estaban dormidos, supongo. Yo no. Quería ver cómo se lo llevaban. El tren vino de San Petersburgo y se detuvo a más o menos un kilómetro de aquí, en la misma vía. A bordo iba un destacamento de soldados con la orden de arrestar a Nicolás Romanov.
– ¿Lo arrestaron? -inquirí atónito, pero sin mostrar mi desagrado porque llamara al zar por su nombre-. ¿Por qué? Había hecho lo que le pedían.
– Dijeron que era para protegerlo. Que no sería seguro para él volver a la capital. Allí hay disturbios por todas partes, es un caos. El palacio está repleto de gente. Saquean las tiendas en busca de pan y harina. Hay anarquía en toda la ciudad. Culpa de él, por supuesto.
– Ahórrame tu opinión -siseé furioso, y lo cogí del cuello de la camisa-. Sólo dime adónde se lo llevaron.
– ¡Eh, Georgi, suéltame! -exclamó sorprendido, retorciéndose para liberarse-. Pero ¿qué te pasa?
– ¿Que qué me pasa? Se han llevado al hombre al que hemos servido, y tú te quedas aquí fumando como si fuera cualquier otra mañana.
– Bueno, es una mañana gloriosa -dijo, perplejo porque yo no compartiera sus sentimientos-. ¿No habías ansiado que llegara este día?
– ¿Por qué no utilizaron este tren? -quise saber, sin responder a su pregunta y observando los quince vagones del transporte imperial, allí varado-. ¿Por qué mandaron otro?
– Al Romanov ya no van a permitirle sus lujos. Es un prisionero, ¿entiendes? No posee nada. No tiene dinero. Este tren ya no le pertenece. Pertenece a Rusia.
– Hasta ayer, él era Rusia.
– Pero ahora es hoy.
Me pasó por la cabeza desafiarlo ahí mismo, darle un empujón y un puñetazo en plena nariz, retándolo a contraatacar, para descargar en él toda mi ira, pero no habría servido de nada.
– Georgi Danílovich -rió, sacudiendo la cabeza-. No puedo creerlo. De verdad eres la fulana del zar, ¿eh?
Esbocé una mueca ante el comentario. Sabía que algunos del séquito imperial despreciaban al zar y todo lo que representaba, pero yo sentía una lealtad hacia ese hombre que no iba a menguar. Me había tratado bien, de eso no había duda, y ahora no iba a renegar de él; no me importaban las consecuencias.
– Soy su siervo -declaré-. Hasta el fin de mis días.
– Ya veo -musitó, mirando a sus pies y propinando una patada al suelo con la punta de la bota.
Aparté la vista, pues no deseaba seguir hablando con él, y miré hacia el este, hacia San Petersburgo. Era imposible que lo hubiesen llevado de nuevo allí. Si los disturbios eran tan graves como decía Piotr Ilyavich, lo habrían linchado en la plaza del palacio, y los bolcheviques no podían permitirse un derramamiento de sangre público en los inicios de su revolución. Me giré de nuevo hacia Piotr, decidido a obtener más respuestas, pero él ya no estaba. Al mirar hacia el primer vagón, capté el sonido de varias voces que hablaban y discutían, pero no conseguí distinguir qué decían. A la izquierda del tren vi dos coches que no estaban ahí la noche anterior -más bolcheviques, supuse-, y sentí una repentina oleada de ansiedad.
Había sido un insensato al decirle a Piotr Ilyavich lo que le había dicho: en ese preciso instante estaba denunciándome.
Tragando saliva con nerviosismo, me di la vuelta y eché a andar despacio hacia la cola del tren, apretando el paso cuando apareció ante mi vista el último vagón. Miré por encima del hombro y no vi a nadie, pero supe que sólo disponía de unos instantes hasta que viniesen por mí. Quién era yo, al fin y al cabo, aparte de un mujík con suerte que había tenido un extraño éxito en la vida. Podían mantener con vida al zar, pues era un trofeo, pero ¿quién era yo? Sólo alguien que había salvado a un Romanov y protegido a otro.
El bosque se abrió a mi izquierda; crucé las vías y me interné directamente en la confluencia de abetos y pinos, cedros y alerces, que crecían juntos en densa compañía. A través de mis jadeos y del ruido de las ramas, tuve la certeza de oír a los soldados que me seguían, blandiendo los fusiles, decididos a darme caza. Titubeé unos instantes, tratando de recobrar el aliento: sí, era verdad, ahí venían, no lo había imaginado.
Ya no era un miembro de la Guardia Imperial; esa parte de mi vida había tocado a su fin. Ahora era un fugitivo.
Era casi octubre cuando regresé a San Petersburgo. Resultaba difícil saber si aún corría peligro, pero la idea de que los bolcheviques me capturaran y asesinaran bastaba para tenerme siempre un paso por delante de cualquiera que pareciese perseguirme. Así pues, había decidido no volver de inmediato a la ciudad; preferí pasar inadvertido en los pueblos que había por el camino, durmiendo donde encontraba un sitio aislado y protegido, bañándome en arroyos y ríos para quitarme la mugre de encima. Me dejé crecer el cabello y una espesa barba para ocultar mi rostro, hasta que ya no fui reconocible como el soldado de dieciocho años que era al final de la dinastía Romanov. Mis brazos y mis piernas se volvieron musculosos por la constante actividad, y aprendí a cazar animales, despellejarlos y destriparlos, para luego asarlos en una hoguera, sacrificando sus vidas para salvar la mía.
De vez en cuando me detenía en pueblos pequeños, donde me ofrecían trabajo de jornalero a cambio de cama y comida. Yo interrogaba a los granjeros sobre política, y me sorprendía que un gobierno provisional que se enorgullecía tanto de pertenecer al pueblo hiciese públicos tan pocos detalles de sus actividades. Por lo que pude averiguar, un hombre llamado Vladímir Ilich Uliánov, al que todos conocían como Lenin, se hallaba ahora al mando de Rusia, y, en directo contraste con el zar, había trasladado su cuartel general de San Petersburgo al Kremlin, en Moscú, un sitio que Nicolás siempre había detestado y rara vez visitaba. Lo habían coronado allí, por supuesto, como a todos los zares anteriores, y no pude evitar preguntarme si Lenin no tendría en mente esa tradición al elegir su nueva sede de poder.