Cuando por fin regresé, San Petersburgo -o Petrogrado, su nuevo nombre oficial- había cambiado considerablemente, pero aún era reconocible para mí. Todos los palacios que se alzaban a lo largo del Neva estaban clausurados, y me pregunté dónde habrían establecido su hogar los príncipes, condes y duquesas viudas. Estaban emparentados con familias reales de toda Europa, por supuesto. Sin duda, algunos se habrían dirigido a Dinamarca; otros, a Grecia. Los más fuertes habrían cruzado el continente para navegar hasta Inglaterra, como el propio zar planeaba hacer. Pero en la ciudad no estaban. Ya no.
Las riberas del río, antaño rebosantes de carruajes que transportaban a sus acaudalados ocupantes a patinar en los lagos helados o disfrutar de alegres veladas en sus mansiones, estaban ahora desiertas, a excepción de los campesinos que recorrían a toda prisa las aceras, ansiosos por llegar a casa, por huir del frío y comer las pocas migajas que hubiesen podido reunir durante la jornada.
Ese invierno hacía muchísimo frío, me acuerdo muy bien. En la plaza del Palacio, el aire era tan gélido que el viento me helaba las mejillas, las orejas y la punta de la nariz, y yo me hincaba las uñas en las palmas para no ponerme a chillar. Me detuve en las sombras de la columnata y contemplé mi antiguo hogar, pensando en lo distintas que eran las cosas a mi llegada dos años antes, tan ingenuo, tan inocente, tan deseoso de llevar una existencia distinta de la que soportaba en Kashin. Me pregunté qué pensaría ahora mi hermana Asya de mí, acurrucado como estaba contra una pared, rodeándome el cuerpo con los brazos para darme calor.
Quizá pensaría que era mi justa retribución.
Yo ignoraba qué había sido de la familia imperial, pues había averiguado bien poco en mi trayecto de un pueblo a otro. Imaginaba que los habrían retenido un tiempo para luego mandarlos al exilio, el peor temor de Anastasia, cruzando el continente hasta Inglaterra, donde sin duda el rey Jorge los habría recibido con un familiar abrazo, sin saber qué demonios se suponía que debía hacer con aquellos Romanov que tanto esperaban de él.
Por supuesto, era el rostro de Anastasia el que permanecía grabado en mis pensamientos todos los días de mi viaje, y durante las noches, cuando trataba de dormir. Soñaba con ella, y componía mentalmente cartas, sonetos y toda clase de ridículos poemas. Le había prometido que jamás la abandonaría, que ocurriera lo que ocurriese siempre estaría con ella. Pero habían pasado más de nueve meses desde que nos vimos por última vez, la noche en que ella acudió a mi habitación del Palacio de Invierno, consternada por la desdicha de su familia. Entonces no pensábamos que sería una despedida, pero el zar decidió partir a primera hora de la mañana siguiente, antes de que su familia se hubiese levantado, y mi deber fue acompañarlo. Ni siquiera podía imaginar lo triste que debió de sentirse Anastasia al levantarse y descubrir que me había marchado.
Tumbado en graneros y establos, vislumbrando las estrellas en lo alto a través de las grietas en las vigas de madera, me preguntaba si ella soñaría conmigo como yo con ella. ¿Se quedaba dormida al mismo tiempo, contemplando quizá el titilar plateado en un cielo londinense, preguntándose dónde estaba yo, imaginándome tendido bajo el mismo cielo que ella, susurrando su nombre y rogándole que creyera en mí? Aquéllos fueron tiempos difíciles. De haber podido escribir, lo habría hecho, pero ¿adónde enviar las cartas? De haber podido verla, habría cruzado desiertos, pero ¿adónde dirigirme? No tenía datos de su paradero, y sólo en San Petersburgo -sí, siempre sería San Petersburgo para mí, nunca Petrogrado- podría encontrar a alguien que contestara a mis preguntas.
Llevaba casi una semana allí cuando hallé la pista que necesitaba. Esa tarde había reunido unos rublos ayudando a descargar barriles de grano en un almacén auspiciado por el nuevo gobierno, y decidí concederme una comida caliente, algo que rara vez podía permitirme. Sentado junto al fuego en una acogedora taberna, mientras comía un cuenco de schi y bebía vodka, tratando de disfrutar de los más simples placeres por una vez, de volver a ser un hombre joven, de ser Georgi, advertí la presencia de un tipo algo mayor que yo sentado a la mesa de al lado, cada vez más borracho a medida que avanzaba la tarde. Iba bien afeitado y llevaba el uniforme del gobierno provisional, un bolchevique de cabo a rabo. Pero algo en su actitud me dijo que había encontrado lo que buscaba.
– Pareces desgraciado, amigo -le dije.
Él me observó unos segundos, examinando mi rostro con cautela, como tratando de decidir si valía la pena molestarse en hablar conmigo.
– Ah -contestó con un ademán despreciativo-. Era desgraciado, es cierto. -Levantó la botella de vodka con la mano izquierda y me sonrió-. Pero ya no lo soy.
– Entiendo -repuse levantando mi vaso-. Za vas.
– Za vas -respondió, y apuró su vaso y se sirvió otro.
Esperé unos instantes, y al cabo me levanté y fui a sentarme frente a él.
– ¿Puedo? -pregunté.
Me miró con recelo y luego se encogió de hombros:
– Como quieras.
– Eres soldado.
– Sí. ¿Y tú?
– Soy granjero.
– Necesitamos más granjeros -declaró con ebria determinación, golpeando la mesa con los puños-. Así es como nos volvemos más ricos, con el grano.
– Tienes toda la razón -coincidí, sirviéndonos más vodka a los dos-. Gracias a vosotros, los soldados, nos haremos todos más ricos con el tiempo.
Él soltó un bufido y sacudió la cabeza, con cara de desilusión.
– No te engañes, amigo mío. Nadie sabe qué están haciendo. No escuchan a la gente como yo.
– Pero las cosas están mejor que antes, ¿no? -comenté con una sonrisa, pues aunque el hombre parecía descontento con su suerte, lo más probable es que sus lealtades estuvieran con los revolucionarios-. Mejor que cuando vivíamos bajo el z… bajo Nicolás Romanov, quiero decir.
– Ésa es una gran verdad -afirmó, tendiendo la mano para estrechar la mía como si fuéramos hermanos-. No importa qué más suceda; estamos todos mejor gracias a esos cambios. Malditos Romanov -añadió, y escupió en el suelo, por lo que el tabernero le gritó que si no se comportaba lo echaría a la calle.
– Bueno, ¿y qué te ocurre? -quise saber-. ¿Por qué se te ve tan desdichado? ¿Es por una mujer, quizá?
– Ojalá se tratara de una mujer -respondió con amargura-. En este momento las mujeres son lo que menos me preocupa. No, no es nada, amigo. No te aburriré con eso. Hoy esperaba algo de un mezquino burócrata del gobierno de Lenin, pero me ha decepcionado, eso es todo. De modo que estoy ahogando mis penas para superarlo. Mañana aún me sentiré decepcionado, pero se me pasará.
– También tendrás resaca.
– Eso también se me pasará.
– ¿Eres amigo de Lenin? -pregunté, convencido de que podía averiguar lo que quería si lo halagaba.
– Por supuesto que no, no lo conozco.
– Entonces, ¿cómo…?
– Tengo otras conexiones. Hay hombres en puestos de poder que me tienen en gran estima.
– Seguro que sí -repuse, deseoso de mostrarme simpático-. Son los hombres como tú los que están cambiando este país.
– Cuéntale eso a mi mezquino burócrata.
– ¿Puedo preguntarte…? -Titubeé, pues no quería parecer demasiado ansioso por obtener información-. ¿Eres uno de los héroes responsables de la destitución de los Romanov? Si lo fuiste, dímelo para que pueda invitarte a otra copa, pues todos nosotros, los pobres mujiks, estamos en deuda contigo.
Se encogió de hombros.
– En realidad no -admitió-. Con el papeleo, quizá. Sólo tuve que ver con eso.
– Ah. -El corazón me dio un vuelco en el pecho-. ¿Crees que les permitirán alguna vez regresar aquí?
– ¿A San Petersburgo? -preguntó frunciendo el entrecejo-. No, definitivamente no. Los harían pedazos. El pueblo nunca lo toleraría. No; se hallan más seguros donde están ahora.