– No los han llevado muy lejos de aquí. Quizá podrías ir en su busca.
Levanté la vista, esperanzado.
– ¿De veras? ¿Dónde están?
El soldado sonrió abriendo las manos, y supe de inmediato que semejante información no me saldría barata. Hurgué en los bolsillos y saqué hasta el último rublo que tenía.
– No puedo negociar -dije tendiéndole el dinero-. Puedes registrarme si quieres. Es todo lo que tengo. Todo lo que tengo en el mundo. Por favor…
Se miró la mano, contó las monedas y se las metió en el bolsillo; luego, antes de alejarse, se inclinó para susurrarme una palabra al oído:
– Ekaterimburgo.
Así pues, di media vuelta y eché a andar una vez más, en esta ocasión hacia el sudoeste y la ciudad de Ekaterimburgo, sabiendo de algún modo que sería el final de mi viaje y que encontraría por fin a Anastasia. Los pueblos que crucé de camino -Tavda, Tirinsk, Irbit- me recordaron un poco a Kashin; descansé en algunos, confiando en charlar con los agricultores y granjeros, pero no sirvió de nada, porque parecían sospechar de mí y se mostraban reacios a hablar. Me pregunté si sabrían quiénes habían atravesado sus pueblos antes que yo, si los habrían visto. De ser así, no dijeron nada al respecto.
Tardé casi una semana en llegar.
En Ekaterimburgo la gente parecía más inquieta incluso que la que había visto en el viaje, y supe de inmediato que había alcanzado mi destino. No me costó mucho encontrar a alguien que me indicara el sitio correcto. Una casa grande en las estribaciones de la ciudad, rodeada por soldados.
– El propietario es un comerciante muy rico -me explicó el amable hombre-. Los bolcheviques se la confiscaron. No se permite entrar a nadie.
– Ese comerciante, ¿dónde está ahora?
– Se ha ido. Le pagaron para que se fuera. Se llamaba Ipátiev. Le quitaron su hogar. Ahora dicen que la casa Ipátiev se ha convertido en «la casa del propósito especial».
Asentí con la cabeza y eché a andar en la dirección que me había indicado.
Anastasia estaría allí; lo sabía. Todos estarían allí.
1919
Quizá suene extraño o anticuado, pero en París Zoya y yo alquilamos habitaciones en casas distintas en las colinas de Montmartre, con vistas opuestas, de forma que ni siquiera podíamos despedirnos con la mano al irnos a dormir por las noches o lanzarnos un beso como último acto del día. Desde su cuarto, Zoya veía la cúpula blanca de la basílica del Sacré Coeur, donde el santo nacional había muerto decapitado, como mártir por su país. Veía las multitudes que ascendían las empinadas escalinatas hacia la entrada con tres arcadas, oía charlar a la gente que pasaba bajo su ventana, yendo y viniendo a sus puestos de trabajo. Yo veía las cumbres de Saint Pierre de Montmartre, cuna de los jesuitas, y si estiraba el cuello alcanzaba a ver a los artistas que plantaban el caballete en su estudio callejero todas las mañanas, con la esperanza de ganarse unos francos para una frugal comida. No pretendíamos rodearnos de tanta religión, pero en el distrito dix-huitième los alquileres eran baratos y dos rusos podían pasar inadvertidos sin suscitar comentarios en una ciudad que ya bullía de refugiados. La guerra llegó a su fin durante esos meses, cuando empezaron a firmarse tratados de paz en Budapest, Praga, Zagreb, y luego, por fin, en un vagón de tren en Compiègne, pero los cuatro años anteriores habían generado una avalancha de decenas de miles de europeos hacia la capital francesa, llevados allí por el avance de los hombres del káiser en sus patrias. Aunque esas cifras empezaban a menguar para cuando llegamos, no nos costó fingir que sólo éramos dos exiliados más que se habían visto obligados a viajar hacia el oeste, y nadie cuestionó nunca la veracidad de la historia que habíamos urdido.
Cuando llegamos a la ciudad tras un doloroso y aparentemente interminable trayecto desde Minsk, cometí el error de suponer que Zoya y yo viviríamos juntos como marido y mujer. La idea rondaba mis pensamientos mientras mi tierra natal quedaba atrás para verse reemplazada por ciudades, ríos y cordilleras sobre los que sólo había leído, y la verdad es que me sentía a un tiempo inquieto y emocionado. Pasé gran parte del viaje decidiendo las palabras correctas con que abordar el tema.
– Sólo necesitamos un piso pequeño -propuse a unos quince kilómetros de París, sin atreverme a mirar a Zoya, no fuera a advertir mi nerviosismo-. Una salita de estar con cocina adosada. Un baño pequeño, si tenemos suerte. Y un dormitorio, por supuesto -añadí, sonrojándome.
Zoya y yo aún no habíamos hecho el amor, pero yo tenía la ferviente esperanza de que nuestra vida en París nos proporcionara no sólo independencia y la oportunidad de volver a empezar, sino también una introducción en los placeres del mundo sensual.
– Georgi -contestó, negando con la cabeza-. No podemos vivir juntos, ya lo sabes. No estamos casados.
– Sí, claro -repuse, con la boca tan seca que se me pegaba la lengua al paladar-. Pero corren nuevos tiempos para nosotros, ¿no es así? Aquí no conocemos a nadie, sólo nos tenemos el uno al otro. Pensaba que quizá…
– No, Georgi -me interrumpió con firmeza, mordiéndose un poco el labio-. Eso no. Todavía no. No puedo.
– Entonces… entonces nos casaremos -sugerí, sorprendido porque no se me hubiese ocurrido antes-. Pero si eso es lo que siempre he querido hacer… ¡Nos convertiremos en marido y mujer!
Ella me miró boquiabierta, y por primera vez desde que se arrojara en mis brazos una semana antes, rió y puso los ojos en blanco, no para insinuar que era un loco, sino que mi propuesta era una locura.
– Georgi, ¿me estás pidiendo que me case contigo?
– Sí, te lo pido -afirmé con una gran sonrisa-. Quiero que seas mi esposa.
Traté de arrodillarme como exigía la tradición, pero el espacio entre los bancos del compartimento del tren era demasiado estrecho para que resultara elegante. Al final conseguí hincar una rodilla en el suelo, pero tuve que doblar el cuello para mirarla.
– Todavía no tengo anillo que ofrecerte, pero mi corazón te pertenece. Hasta la última parte de mi ser te pertenece, ya lo sabes.
– Sí, lo sé -contestó, tirando de mí para levantarme, y luego me empujó con suavidad para que me sentara-. Pero ¿me lo estás pidiendo para que podamos… para que…?
– ¡No! -exclamé, molesto porque tuviera tan mala opinión de mí-. No, Zoya, no es por eso. Te lo pido porque quiero pasar mi vida contigo. Todos mis días y mis noches. Para mí no existe nadie más en este mundo, debes saber que es así.
– Y para mí tampoco existe nadie más, Georgi -musitó-. Pero no puedo casarme contigo. Todavía no.
– ¿Por qué no? -pregunté, conteniendo la irritación-. Si nos queremos, si estamos juntos, entonces…
– Georgi… piensa un poco, por favor. -Apartó la vista después de susurrar esas palabras, y me sentí avergonzado de inmediato.
Por supuesto, ¿cómo podía ser tan insensible? Era absolutamente inapropiado por mi parte sugerir nuestra unión en esos momentos, pero yo era joven, rezumaba amor y no deseaba otra cosa que estar con ella para siempre.
– Lo siento -murmuré-. Lo he dicho sin pensar. Ha sido desconsiderado por mi parte -añadí, y advertí que ella estaba al borde de las lágrimas-. No volveré… no volveré a hablar de este asunto. Hasta que llegue el momento adecuado -apostillé, pues quería dejar claro que no iba a olvidarme del tema-. ¿Tengo tu permiso, Zoya, para volver a mencionarlo? ¿En el futuro?
– Viviré esperando que lo hagas -contestó sonriendo de nuevo.
Pensé que eso suponía que estábamos comprometidos, y mi corazón se llenó de alegría.
Y así llegamos a las colinas de Montmartre y llamamos a puertas distintas en busca de habitaciones de alquiler. No teníamos equipaje, ni otra ropa que los andrajos que vestíamos. Carecíamos de pertenencias. Disponíamos de muy poco dinero. Habíamos llegado a un país extraño para empezar de cero, y cada posesión que tuviésemos a partir de entonces haría referencia a esa nueva existencia. De hecho, no conservábamos nada de nuestra antigua vida, excepto nosotros mismos.