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Pero me pareció que con eso bastaría, sin duda.

Ese invierno celebramos la Navidad dos veces.

A mediados de diciembre, nuestros amigos Leo y Sophie nos mandaron una invitación para cenar con ellos el 25, el día tradicional de la celebración cristiana, en su piso cerca de la place du Tertre. Me preocupó cómo afrontaría Zoya una festividad como ésa y le propuse olvidarnos de la Navidad y pasar la tarde paseando por las riberas del Sena, los dos solos, disfrutando de la rara paz que ofrecería el día.

– Pero yo quiero ir, Georgi -dijo, sorprendiéndome con su entusiasmo-. ¡Suena muy divertido por lo que cuentan! Y no nos vendría mal un poco de diversión, ¿no crees?

– Por supuesto -respondí, contento con su reacción, pues yo también quería ir-. Pero sólo si estás segura. Puede ser un día difícil, nuestra primera Navidad desde que dejamos Rusia.

– Me parece… -Titubeó un instante, reflexionando-. Me parece que puede ser buena idea pasarla con amigos. Así habrá menos tiempo para pensar en cosas tristes.

En los cinco meses que llevábamos viviendo en París, la personalidad de Zoya había empezado a cambiar. En Rusia ya era vivaz y divertida, desde luego, pero en París comenzó a bajar la guardia más y más y daba rienda suelta a su entusiasmo. El cambio le sentaba bien. Seguía siendo austera, pero se había abierto más a los placeres que el mundo brindaba, aunque con nuestra posición económica, lastimosa, podíamos aprovechar bien pocos. Sin embargo, había momentos, muchos momentos, en que su dolor volvía a la superficie, en que aquellos recuerdos terribles derribaban las barricadas de su memoria y la dejaban abatida. En esas ocasiones prefería quedarse sola, y no sé cómo luchaba para abrirse paso en la oscuridad. Había mañanas en que nos encontrábamos para desayunar y aparecía pálida y con grandes ojeras; yo le preguntaba cómo estaba y ella evitaba mis preguntas, diciendo que no valía la pena hablar, que simplemente no había podido dormir. Si yo insistía, ella cambiaba de tema, molesta. Aprendí a dejarle espacio para enfrentarse a esos horrores por sí misma. Ella sabía que yo estaba ahí; sabía que la escucharía siempre que quisiera hablar.

Zoya había conocido a Sophie en la tienda de confección donde ambas trabajaban, y no tardaron en hacerse amigas. Confeccionaban vestidos sencillos para las parisinas, en una tienda que había proporcionado prendas funcionales durante toda la guerra. Conocimos al novio pintor de Sophie, Leo, y los cuatro formamos un cuarteto habitual para cenar o pasear los domingos, cuando cruzábamos el Sena con espíritu aventurero y nos internábamos en los Jardines de Luxemburgo. Leo y Sophie me parecían muy cosmopolitas, y los idolatraba un poco, pues sólo eran un par de años mayores que nosotros pero vivían juntos en franca armonía y exhibían su pasión incluso en público, con frecuentes muestras de afecto que, confieso, me avergonzaban y excitaban a un tiempo.

– He asado un pavo -anunció Sophie aquel día de Navidad.

Dejó sobre la mesa un ave de aspecto extraño: una parte parecía haber pasado demasiado rato en el horno mientras que el resto conservaba un curioso tono rosado; una peculiaridad extraordinaria que volvía el plato muy poco apetitoso. Sin embargo, con la compañía de que disfrutábamos y fluyendo el vino como fluyó, no nos importaron semejantes sutilezas, y comimos y bebimos toda la noche. Zoya y yo apartábamos la vista siempre que nuestros anfitriones intercambiaban sus largos y vehementes besos.

Después de cenar, nos instalamos en los dos sofás de la sala de estar para hablar de arte y política. Zoya apoyó su cuerpo contra el mío y me permitió rodearle los hombros con el brazo, y la calidez de su piel contra la mía y el aroma de su cabello, normalmente de lavanda pero perfumado un rato antes con una fragancia de Sophie, me resultaron embriagadores.

– Y vosotros dos que venís de Rusia… -dijo Leo, animándose con su tema favorito- debéis de haber pasado la vida empapados de política.

– En realidad, no -repuse-. Yo crecí en una aldea donde no había tiempo para esas cosas. Trabajábamos, cultivábamos la tierra, intentábamos sobrevivir. No teníamos tiempo para debates. Se habría considerado un gran lujo.

– Deberíais haber encontrado el tiempo. En especial en un país como el vuestro.

– Oh, Leo -intervino Sophie sirviendo más vino-, ¡no empieces otra vez, por favor!

Sophie lo regañaba, pero siempre con buen humor. Siempre que pasábamos una velada juntos, la conversación acababa centrándose en la política. Leo era un artista, y bueno, además, pero como la mayoría de los artistas creía que el mundo que recreaba en sus lienzos era un mundo corrupto, necesitado de hombres íntegros, hombres como él, que saltaran a la palestra y lo reclamaran para el pueblo. Leo era joven, como atestiguaba su ingenuidad, pero confiaba en presentarse algún día a las elecciones legislativas. Era un idealista y un soñador, pero también era indolente, y yo dudaba que algún día reuniera la energía necesaria para poner en marcha una campaña electoral.

– Pero esto es importante -insistió él-. Cada uno tiene un país al que llama su patria, ¿no es así? Y durante toda la vida tendremos la responsabilidad de hacer de ese país un lugar mejor para todos.

– ¿Mejor en qué sentido? -quiso saber Sophie-. A mí me gusta Francia tal como es, ¿a ti no? No me imagino viviendo en ningún otro sitio. No quiero que cambie.

– Mejor en el sentido de que sea más justo para todos. Más equitativo socialmente. Que haya libertad económica. Liberalización de la política.

– ¿Qué quieres decir con eso? -inquirió Zoya, y su voz sonó cortante, sin el ebrio entusiasmo de Sophie ni la hostil superioridad moral de Leo. Llevaba un rato callada, con los ojos cerrados pero despierta, relajada al parecer en el cálido ambiente de la habitación y el lujo del alcohol. Los tres la miramos.

– Bueno -respondió Leo encogiéndose de hombros-, que para mí es lógico que cada ciudadano tenga una responsabilidad hacia…

– No -lo interrumpió-, no es eso. Lo que has dicho antes, lo de un país como el nuestro.

Leo reflexionó unos instantes y volvió a encogerse de hombros, como si la cuestión fuese perfectamente obvia.

– Ah, eso. -Se incorporó sobre un codo, entusiasmado con el tema-. Mira, Zoya, mi país, Francia, pasó siglos bajo el peso opresivo de una aristocracia repugnante, generaciones de parásitos que chuparon la sangre de los trabajadores de esta nación, robaron nuestro dinero, tomaron nuestras tierras, nos hicieron pasar hambre y ser pobres mientras ellos satisfacían sus apetitos y perversiones hasta el exceso. Y al final dijimos: «¡Esto es demasiado!» Nos resistimos, nos sublevamos, les pusimos grilletes a esos gordos aristócratas, los llevamos a la place de la Concorde, y ¡zas! -Con la palma de la mano, imitó la hoja al caer-. ¡Les cortamos la cabeza! Y recuperamos el poder. Pero, amigos míos, eso fue hace casi ciento cincuenta años. Mi retatarabuelo luchó con Robespierre, ¿sabéis? Irrumpió en la Bastilla con…

– Oh, Leo -protestó Sophie con frustración-, eso no lo sabes. Siempre lo dices, pero ¿qué pruebas tienes?

– Tengo la prueba de que le contó a su hijo historias sobre su heroísmo -contestó él a la defensiva-. Y esas historias se han transmitido de padre a hijo desde entonces.

– Sí -dijo Zoya, creo que con cierta frialdad-. Pero ¿qué tiene que ver eso con Rusia? No estás comparando cosas semejantes.

– Bueno… -Leo soltó un bufido desdeñoso-. Sólo me pregunto por qué la Madre Rusia tardó tanto tiempo en hacer lo mismo. Pues ya me diréis cuántos siglos llevabais los campesinos como vosotros (perdonadme los dos, pero llamemos a las cosas por su nombre) soportando una existencia miserable para que los palacios siguieran abiertos y se celebraran bailes. Para que hubiese acontecimientos sociales. -Sacudió la cabeza como si el concepto fuera demasiado para él-. ¿Por qué tardasteis tanto en echar a vuestros autócratas? ¿En reclamar el poder sobre vuestra propia tierra? ¿En cortarles la cabeza, ya puestos? Aunque no hicisteis eso. Vosotros les disparasteis, según recuerdo.