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– ¿Qué tiene eso de malo? A veces necesito estar con mis amigos. Ni que hubiéramos montado una orgía. Esa chica es una cría, Sarah. Puede que a Dave le vaya ese rollo, pero a mí no. A mí me gustas tú. -Phil se inclinó para besarla pero Sarah giró la cara. Estaba empezando a impacientarse-. ¡Por Dios, Sarah! ¿Qué te pasa? ¿Estás celosa? Estoy aquí, ¿no? Acabamos de disfrutar de una cena agradable. No lo estropees.

– ¿Con qué? ¿Con lo que siento? Estoy decepcionada. Me habría gustado pasar ese tiempo contigo. -Sarah sonaba triste y tensa, además de enfadada.

– Me encontré a Dave por casualidad. No me parece que sea para tanto. -Phil sonaba resentido y a la defensiva.

– Tal vez para ti no, pero para mí sí. Podríamos haber hecho algo juntos. Te he echado de menos toda la tarde. Me paso la semana esperando estos fines de semana.

– Pues en lugar de cargártelos, disfruta de ellos. Muy bien, la próxima vez que tropiece con un viejo amigo un sábado por la tarde te llamaré. Aunque dudo mucho que te hubiera apetecido entretener a la chica mientras yo hablaba con Dave.

– En eso tienes razón. Todo es una cuestión, como siempre, de prioridades. Tú eres mi prioridad, pero no siento que yo sea la tuya. -Sarah llevaba meses sintiendo eso, ahora más que nunca. En su opinión, Phil acababa de demostrar, una vez más, lo poco que ella le importaba.

– Tú también eres mi prioridad. Dave me invitó a cenar y le dije que no podía. Por Dios, no puedes tenerme atado con una correa. Necesito tiempo para mí, para relajarme y divertirme. Trabajo toda la semana como un burro.

– Yo también, y así y todo me apetece estar contigo. Lamento que a ti no te parezca tan divertido como a mí que pasemos tiempo juntos. -Sarah detestaba el tono de su voz, pero no podía ocultar su enojo.

– Yo no he dicho eso. Necesito ambas cosas en mi vida. Tiempo con mis colegas y tiempo contigo.

Sarah sabía que la discusión no iría a ningún lado. Phil no la entendía y probablemente nunca llegaría a entenderla. No quería. Se había enamorado del Ray Charles de las relaciones. La música que interpretaba era maravillosa y a veces romántica, pero no podía ver. Al menos, no podía ver su punto de vista. Deseosa de zanjar la discusión antes de que fuera demasiado lejos, se levantó y llevó los platos al fregadero. Phil la ayudó unos instantes y luego se sentó en el sofá y puso la tele. Estaba harto de defenderse y tampoco quería seguir discutiendo. No la vio llorar mientras fregaba. Sarah había tenido una semana horrible. Primero Stanley y ahora esto. Para ella sí era para tanto. Y más aún teniendo en cuenta que su madre no dejaba de pincharla con respecto a Phil. Y este siempre conseguía demostrar que su madre tenía razón. En su cabeza se mezclaban las palabras de Stanley, las de su madre y las suyas propias. La vida tenía que ser algo más que eso.

Media hora más tarde, cuando se sentó en el sofá con Phil, parecía más tranquila. No volvió a mencionar a Dave ni a su nueva amiguita de Playboy. Sabía que no serviría de nada, pero así y todo estaba triste. Se sentía impotente ante la actitud defensiva de Phil. Y la sensación de impotencia siempre la deprimía.

– ¿Estás cansada? -le preguntó él con dulzura. Le parecía absurdo que Sarah se hubiera enfadado, pero quería compensarla. No estaba cansada y negó con la cabeza-. Vamos a la cama, nena. Los dos hemos tenido una semana y día largos.

Sarah sabía que no la estaba invitando a dormir y no supo qué pensar. No era la primera vez que se sentía así, pero esa noche le parecía peor.

Phil estuvo un rato recorriendo los canales y al final encontraron una película a gusto de los dos. Se quedaron viéndola hasta medianoche, se ducharon y se acostaron. Como era de esperar, ocurrió lo inevitable. Como siempre, fue sensacional, lo que hacía aún más difícil seguir enfadada. A veces Sarah detestaba responder al contacto de Phil cuando no le gustaba lo que estaba sucediendo en la relación, pero era humana. Y el sexo entre ellos muy bueno. Casi demasiado bueno. A veces pensaba que el sexo le impedía ver todo lo demás. Se durmió en sus brazos, relajada y físicamente saciada. Seguía disgustada por cómo había pasado el sábado, pero los sentimientos heridos eran algo natural en su relación, como el sexo sensacional. A veces temía que se tratara de una adicción. Pero antes de que pudiera reflexionar sobre ello, se durmió.

5

El domingo por la mañana Phil y Sarah se despertaron tarde. El sol estaba alto e inundaba el dormitorio. Él se levantó y fue a darse una ducha mientras ella se desperezaba en la cama y pensaba en lo sucedido la noche antes. En el día que Phil había pasado con su amigo sin dignarse llamarla siquiera, en cómo había hablado de la ex mujer y la novia de Dave, y en el fantástico sexo que habían tenido. Todo ello formaba un puzzle donde las piezas no encajaban. Sarah tenía la sensación de estar uniendo piezas que mostraban un pedazo de bosque, un trozo de cielo, medio gato y una parte de la puerta de un granero. Juntas, no formaban una escena. Sarah conocía las imágenes, pero ninguna estaba completa, y tampoco ella se sentía completa. Se dijo una vez más que no necesitaba un hombre para sentirse bien. Y en su relación con Phil había muchas cosas insatisfactorias. Quizá eso fuera cuanto necesitaba saber para actuar. Entre ellos nunca parecía existir una conexión real, por la sencilla razón de que Phil no quería conectar de verdad con nadie.

– ¿A qué viene esa cara tan triste? -le preguntó cuando salió de la ducha. Estaba completamente desnudo, frente a ella. Su cuerpo perfecto habría hecho perder el sentido a cualquier mujer.

– Estaba pensando -respondió Sarah, recostada sobre las almohadas.

Aunque ella no se daba cuenta, también estaba preciosa. Tenía un cuerpo esbelto y atlético, la oscura melena extendida sobre la almohada, los ojos del color de un cielo límpido. Phil era muy consciente de su belleza. Sarah nunca sacaba partido ni prestaba atención a su físico.

– ¿En qué? -preguntó Phil, sentándose en el borde de la cama mientras se secaba el pelo con una toalla. Parecía un vikingo.

– En que detesto los domingos porque falta poco para que el fin de semana termine y dentro de unas horas ya no estarás.

– Pues disfruta de mí mientras esté, boba. Ya tendrás tiempo de deprimirte cuando me haya ido, aunque no veo por qué. La semana que viene volveré. Llevo cuatro años haciéndolo.

Ahí estaba justamente el problema para ella. Aunque era obvio que no para él. Entre ellos existía un serio conflicto de intereses. Como abogados, debería ser evidente para ambos, y sin embargo Phil no lo veía. A veces era preferible vivir en la negación de la realidad.

– ¿Por qué no salimos a desayunar?

Sarah asintió. Le gustaba salir con él, y estar en casa con él. Después de quedarse un rato observándolo, tuvo una idea.

– Mañana van a valorarme la casa de Stanley Perlman. Tengo las llaves y he quedado con la agente inmobiliaria antes de ir al despacho. ¿Quieres que vayamos a verla después de desayunar? Estoy deseando echarle un vistazo. Puede ser divertido. Es una casa alucinante.

– No me cabe duda -repuso, incómodo, al tiempo que se levantaba y le mostraba toda la belleza de su cuerpo-, pero las casas viejas no me entusiasman. Me sentiría como un ladrón, fisgoneando de ese modo.

– No estaríamos fisgoneando. Soy la abogada a cargo de la herencia. Puedo entrar en esa casa cuando quiera. Y me encantaría verla contigo.

– Tal vez en otro momento, nena. Estoy hambriento y después de desayunar tengo que volver a casa. Me espera otra semana de declaraciones y me he traído del despacho dos cajas llenas de trabajo.