– Mi abuela dice que su bisabuela al final murió, pese a ser todavía muy joven -prosiguió Pierre-. Dice que era la mujer más bella que había visto en su vida. El marqués se vino abajo. Mi abuela cree que todo ese tiempo estuvo en la Resistencia, pero nadie lo sabía con certeza. Cuando su esposa falleció, empezó a ausentarse con frecuencia, quizá para cumplir misiones con las células locales o de otros distritos. Los alemanes le mataron una noche no lejos de aquí. Dijeron que quería hacer volar un tren, pero ignora qué hay de verdad en eso. Era un buen hombre y no habría sido capaz de matar a seres humanos, a menos, quizá, que fueran alemanes. Mi abuela cree que el marqués se dejó matar porque no soportaba más el sufrimiento por la muerte de su esposa. Ambos murieron con pocos meses de diferencia y están enterrados en el cementerio próximo al castillo. Puedo llevarla allí si lo desea. -Sarah asintió-. Mi abuela dice que todo el mundo lamentó mucho la muerte de los marqueses. Los alemanes tenían a los sirvientes retenidos y les hacían trabajar mucho. El comandante se instaló en el castillo tras la muerte del marqués. Luego los alemanes se marcharon y al terminar la guerra los sirvientes se dispersaron y el castillo se cerró. Más tarde alguien lo compró… y el resto ya lo conoce. Es una historia increíble.
Sarah tomó la mano de la anciana en señal de agradecimiento. La abuela de Pierre asintió con una sonrisa, comprendía el gesto. Pierre estaba en lo cierto, tenía la mente muy clara. La historia que había compartido con Sarah constituía un regalo que podría llevar a Mimi, la historia de los años y los últimos días de su madre en Francia.
– Gracias… merci… -repitió Sarah, sosteniéndole la mano.
La anciana era su único enlace con su difunta bisabuela, la mujer que había desaparecido y cuya casa poseía ella ahora. Una mujer a la que dos hombres habían amado tan apasionadamente que murieron al perderla. Ella perteneció a los dos y al final se marchó sola de este mundo, como un bello pájaro que podía ser amado y admirado pero no enjaulado. Mientras Sarah meditaba sobre la historia de Lilli, la anciana arrugó el entrecejo y dijo algo a su nieto. Pierre asintió y se volvió hacia Sarah.
– Mi abuela dice que recuerda algo más sobre los hijos de Lilli. Dice que la veía escribir cartas a menudo. No estaba segura, pero tenía la sensación de que eran para ellos. El muchacho encargado de ir a la oficina de correos decía que siempre devolvían las cartas que Lilli enviaba a Estados Unidos. Y cada vez que él se las retornaba en mano, Madame la Marquise se ponía muy triste. El muchacho le contó a mi abuela que las guardaba en una cajita atadas con cintas. Mi abuela dice que nunca vio esas cartas hasta que la marquesa falleció. Encontró la cajita cuando estaba ayudando a guardar sus cosas y se la enseñó al marqués. Le dijo que la tirara y mi abuela obedeció. No puede poner la mano en el fuego, pero cree que eran cartas para sus hijos. Debió de pasarse todos esos años tratando de ponerse en contacto con ellos, pero alguien devolvía las cartas, siempre sin abrir. Quizá el hombre con quien había estado casada, el padre de sus hijos. Probablemente estaba muy enfadado con ella. Yo, en su lugar, lo habría estado.
A los dos les costaba comprender que Lilli hubiera dejado a un marido y dos hijos por otro hombre. Pero, según la abuela de Pierre, hasta ese punto amaba al marqués. Dijo que nunca había visto a dos personas tan enamoradas. Sarah no podía dejar de preguntarse si Lilli se había arrepentido en algún momento de su decisión, y confió en que así fuera. Las lágrimas que había derramado sobre las fotografías y las cartas devueltas eran reveladoras. Pero al final, por mucho que le costara entenderlo, su amor por el marqués había sido más fuerte. Fue, al parecer, una de esas pasiones que la razón no puede entender. Lilli lo había dejado todo, su vida, su familia, sus hijos, para entregarse a él. Se fue a la tumba antes de que pudiera volver a ver a sus hijos, un destino que a Sarah le parecía terrible. Y también para Mimi, la abuela a la que tanto quería.
Antes de partir, Pierre charló un rato con su abuela y Sarah le agradeció profundamente sus palabras. Había sido un día increíble y Pierre, fiel a su ofrecimiento, la llevó al cementerio. No les resultó difícil encontrar el mausoleo de los Mailliard, y allí estaban. Armand, marqués de Mailliard, y Lilli, marquesa de Mailliard. Habían fallecido con tan solo ochenta días de diferencia, él a los cuarenta y cuatro años y ella a los treinta y nueve. Sarah salió del cementerio abrumada por la pena. Se preguntaba cuántas veces lloró Lilli por los hijos que había abandonado y por qué no tuvo descendencia con el marqués. Habría sido un consuelo, o quizá no soportaba la idea de tener otro hijo habiendo renunciado a los que ya tenía. Pese a todo lo que Sarah había averiguado, Lilli seguiría siendo un misterio para todos. Qué la impulsó a marcharse, qué clase de persona era, qué sentía o no sentía realmente, qué le había importado o qué había deseado, todo eso eran secretos que se había llevado a la tumba. Su amor por el marqués había sido, sin duda, una fuerza poderosa.
Sarah sabía que se habían conocido en una fiesta diplomática en San Francisco, justo antes del crack. Cómo decidió Lilli huir con él, cuándo o por qué, nadie lo sabía ni lo sabría jamás. A lo mejor no era feliz con Alexandre, pero estaba claro que él la adoraba. Así y todo, el marqués se había ganado finalmente su corazón. Sarah sentía que iba a regresar a casa con algo importante para su abuela, e incluso para su madre, aun cuando Lilli siguiera siendo un enigma. Había sido una mujer llena de pasión y misterio hasta el final. Estaba deseando contarle a su abuela lo de las cartas.
– Creo que me he enamorado de su bisabuela -bromeó Pierre mientras se dirigían al hotel de Sarah-. Debió de ser una mujer extraordinaria, llena de pasión y magnetismo, y también muy peligrosa. Dos hombres la amaron con tanta fuerza que eso los destruyó. No podían vivir sin ella -dijo, mirando a Sarah-. ¿Es usted tan peligrosa como Lilli? -bromeó de nuevo.
– No, en absoluto. -Sarah sonrió a su benefactor. Había hecho que su viaje mereciera realmente la pena. Sentía que era el destino lo que había hecho que se encontraran. Conocer a Pierre había sido un extraordinario regalo.
– A lo mejor sí lo es -repuso él mientras se detenían frente al hotel.
Sarah le dio las gracias por su amabilidad y por haberse pasado el día paseándola.
– Nunca me habría enterado de todo eso si no hubiera conocido a su abuela. Muchas gracias, Pierre. -Le estaba profundamente agradecida.
– Yo también he disfrutado. Es una historia increíble. Mi abuela nunca me la había contado. Todo eso ocurrió antes de que yo naciera. -Cuando Sarah se disponía a bajar del coche, Pierre alargó un brazo y le tocó una mano-. Mañana he de regresar a París. ¿Le gustaría cenar conmigo esta noche? En este pueblo solo hay un restaurante, pero se come bien. Sería un placer que me acompañara, Sarah. Hoy lo he pasado muy bien con usted.
– Yo también. ¿Está seguro de que no está harto de mí?
– Tenía la sensación de que ya había abusado lo suficiente de su hospitalidad.
– Todavía no. Si me canso de usted, le prometo que la devolveré al hotel -rió.
– En ese caso, acepto encantada.
– Estupendo. La recogeré a las ocho.
Sarah subió a su habitación y se tumbó en la cama. Tenía mucho en qué pensar después de lo que le había contado la abuela de Pierre. Lo mismo le sucedía a él, le dijo cuando la recogió en el Rolls.
El restaurante era modesto y servía comida sencilla pero sabrosa. Pierre había traído su propia botella de vino y entretuvo a Sarah con anécdotas de sus viajes y de sus travesías por el mundo con su yate. Era un hombre interesante y divertido. Mientras reía y hablaba con él, tuvo la sensación de estar en otro planeta. Para ambos estaba siendo una velada deliciosa. El le llevaba quince años pero tenía una actitud joven ante la vida, probablemente porque nunca se había casado y no tenía hijos. Decía que todavía era un niño.