En todo el viaje solo había tenido dos mensajes de Jeff. Uno por un problema eléctrico sin importancia y el otro porque la nevera que habían encargado iba a tardar meses en llegar y era preciso elegir otra. Los e-mails eran breves. Y el bufete nunca la llamó. Habían sido unas vacaciones de verdad y aunque le apenaba marcharse, también tenía ganas de volver. No le apetecía regresar al trabajo, pero estaba impaciente por mudarse. Jeff decía en su correo que la casa estaba lista y esperándola.
Despegó de Charles de Gaulle a las cuatro y aterrizó en San Francisco a las seis de la tarde hora local. Era un bonito y cálido día de abril. Era viernes, y tenía planeado mudarse el lunes y regresar al trabajo el martes. Disponía de todo el fin de semana para embalar el resto de sus cosas y trasladar algunas personalmente. Tenía pensado dormir ese fin de semana en su nueva dirección aunque los de la mudanza no aparecieran hasta el lunes, primero de mayo, como Jeff le había prometido. Lo tenía todo organizado.
Estaba deseando ver a su abuela para contarle todo lo que había visto y oído, pero su madre le había enviado un correo electrónico donde le decía que Mimi seguía en Palm Springs con George y que ella lo había pasado divinamente en Nueva York con sus amigas. Audrey se había convertido en la reina de la comunicación moderna y ahora le encantaba comunicarse por e-mail. Sarah no acababa de acostumbrarse. Se preguntó si su madre seguía en contacto con Tom o si la cosa se había ido apagando. Las relaciones a distancia no solían funcionar. Sarah lo había intentado en la universidad y nunca le gustó. Desde entonces la distancia geográfica siempre había sido un gran inconveniente para ella.
Tomó un taxi del aeropuerto a su apartamento y cuando cruzó la puerta le pareció más ajeno que nunca. Tenía la sensación de que ya no vivía allí. Estaba deseando largarse. Estaba lleno de cajas que había embalado antes del viaje y el resto de sus pertenencias descansaban apiladas en el suelo. Goodwill iría el martes para recoger todo lo que no quisiera. No pensaba llevarse muchas cosas. De hecho, casi le daba vergüenza donarlo a Goodwill. Tenía la sensación de que en los últimos seis meses, desde que compró la casa, había madurado.
Por la noche telefoneó a su madre. Audrey parecía tener prisa y dijo que estaba a punto de salir. Se iba a Carmel a pasar el fin de semana. Últimamente visitaba muchos lugares y lo pasaba muy bien. Le contó que Mimi regresaba el miércoles. Sarah quería invitarlas a cenar a su casa el siguiente fin de semana. Después de su visita a Dordogne, tenía muchas cosas que contarle a su abuela.
Le sorprendió no recibir una llamada de Jeff esa noche. Sabía cuándo llegaba, pero probablemente tenía mucho trabajo. Se acostó temprano, todavía con la hora de París, y se despertó a las cinco de la mañana a causa del desfase horario. Se duchó, se vistió, preparó un café y a las seis se marchó a la casa. Era una mañana preciosa.
Cuando entró tuvo la sensación de que ya vivía en ella. Se paseó por sus dominios con deleite. Todas las luces funcionaban, las cañerías estaban bien y los paneles relucían. Y la cocina le encantó. Era aún más bonita de lo que había imaginado. Y la nueva nevera le gustaba aún más que la que había elegido primero. La próxima semana empezaría a pintar las habitaciones pequeñas, y una semana después los pintores profesionales se pondrían con las estancias grandes. En junio la casa estaría casi terminada. Tenía pensado ocuparse del resto de los detalles poco a poco, sin prisas, y empezar a buscar muebles en ventas públicas y subastas. Supondría más tiempo, pero iba bien de dinero gracias a la ayuda de Jeff a la hora de controlar los gastos y conseguirlo todo a precio de mayorista. El ascensor podía esperar, porque en realidad no lo necesitaba. Jeff hasta le había pasado a su jardinera de Potrero Hills. La mujer había limpiado todo el jardín y plantado macizos de flores, y setos alrededor de la casa.
– ¡Uau! -exclamó con una sonrisa radiante mientras se sentaba frente a su nueva mesa de la cocina-. ¡Uau, uau! -Estaba encantada.
Llevaba dos horas en la casa cuando llamaron a la puerta. Se asomó a una ventana y vio a Jeff con dos tazas de Starbucks.
– ¿Qué haces aquí tan pronto? -preguntó a Sarah con una sonrisa. Parecía relajado y contento cuando le tendió el capuchino doble con espuma desnatada, como a ella le gustaba.
– Estoy en el huso horario de otro planeta. -Pero no había más que verle la cara para saber que había disfrutado del viaje.
– ¿Lo has pasado bien?
– Genial… y la cocina ha quedado preciosa -dijo Sarah mientras Jeff entraba y miraba a su alrededor. El equipo de limpieza había estado en la casa el día antes para que cuando Sarah llegara lo encontrara todo perfecto. Dirigía una oficina con todos los servicios, bromeó.
Estaban charlando relajadamente, disfrutando del café, cuando Jeff le preguntó en broma si había visto a Marie-Louise en París. A Sarah le extrañó la pregunta.
– No. ¿No es pronto todavía para su viaje de verano?
– Este año no. Me ha dejado. -Jeff lo dijo mirando fijamente a Sarah.
– ¿Que te ha dejado? -repitió ella, atónita-. ¿Dejado para siempre o solo unas semanas para disfrutar de París?
– Ha vuelto a su país. Voy a comprarle su parte del negocio. Y vamos a vender la casa. No puedo permitirme comprarle también esa parte. Con el dinero que reciba podré comprar la parte del negocio que le corresponde. -Parecía tranquilo. Sarah no podía ni imaginar cómo se sentía. Catorce años tirados por la ventana era algo difícil de digerir. Así y todo, se le veía bien. En cierto modo, era un alivio.
– Lo siento mucho -dijo suavemente-. ¿Cómo ha ocurrido?
– Estaba cantado desde hace tiempo. Marie-Louise no era feliz aquí. E imagino que tampoco lo era conmigo, o de lo contrario seguiría aquí. -Jeff sonrió con ironía. Que lo llevara bien y supiera que era lo mejor no significaba que no le doliera. Desde Navidad las peleas habían sido continuas. Estaba agotado y casi se alegraba de que todo hubiera terminado.
– No creo que tú fueras el problema -le consoló Sarah-. Creo que el problema era ella y el hecho de tener que vivir aquí en contra de sus deseos.
– Hace unos años le propuse trasladarnos a Europa, pero tampoco quiso. Marie-Louise es, sencillamente, una persona insatisfecha. Está muy enfadada. -Lo había estado hasta el último momento y se había marchado dando un portazo. Jeff habría querido terminar de otra forma, pero ella no sabía hacerlo de otro modo. Las personas se marchaban de casa de maneras diferentes, unas con serenidad, otras con rabia.- ¿Y qué me dices de ti? ¿Conociste al hombre de tus sueños en París? -La miró con cierta inquietud.
– Hice un amigo. -Sarah le habló de su visita al castillo de Mailliard, de Pierre Pettit y de su abuela, y le contó todo lo que había visto y oído. En su interior resonaron las palabras de Pierre: «Encuentra a un buen hombre cuando regreses». Esto último no se lo mencionó. Jeff ya tenía suficiente en qué pensar y lo de Marie-Louise era aún muy reciente. Probablemente se sentía como cuando ella terminó con Phil. Sabía que era lo mejor, pero dolía de todos modos-. Lo he pasado de maravilla -dijo con voz queda mientras terminaba su capuchino. No quería restregárselo. Era evidente que Jeff lo había pasado mal en su ausencia.
– Eso supuse. No me escribiste ni un solo e-mail. -Sonrió compungido. Eso lo había tenido algo preocupado.
– Estaba saboreando cada minuto, y di por sentado que estabas muy ocupado. -Sarah le dijo de nuevo lo mucho que lamentaba lo de Marie-Louise, y después pasearon por la casa mientras él le enseñaba los nuevos detalles. La casa había adelantado mucho en esas dos semanas, tal como él le había prometido-. Esta noche dormiré aquí -dijo con orgullo.