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Jeff sonrió al verla tan contenta. Tenía mejor aspecto que nunca y se alegraba de que hubiera vuelto. La había echado de menos, sobre todo esos últimos días. Marie-Louise llevaba ausente una semana, pero Jeff había querido esperar a que Sarah volviera para contárselo. Necesitaba tiempo para hacerse a la idea. Todavía le resultaba extraño regresar a su casa y encontrarla vacía. Marie-Louise se había llevado consigo cuanto había querido y le había dicho que el resto podía quedárselo o venderlo. No sentía un gran apego por nada, ni siquiera por él, y eso le dolía. Catorce años era mucho tiempo. No iba a ser fácil adaptarse a la nueva situación. Los dos primeros días casi se rió de sí mismo al darse cuenta de que echaba de menos las peleas. Durante catorce años habían sido la base de su relación.

– ¿Qué planes tienes para hoy?

– Embalar y traer algunas cosas. Quiero empezar a trasladar la ropa. -No tenía mucha. Había descartado una gran parte. Sus purgas estaban siendo despiadadas. Tiraba todo aquello que no quería o ya no necesitaba.

– ¿Necesitas ayuda? -preguntó Jeff, esperanzado.

– ¿Lo dices en serio o solo intentas ser amable? -Sarah sabía que tenía mucho trabajo.

– Lo digo en serio. -No tenía tanto trabajo como ella pensaba y quería ayudarla.

– En ese caso, acepto. Podemos traer las cosas que necesito para dormir. No pienso pasar otra noche en mi apartamento. -Eso había terminado. Ni siquiera había querido dormir en él la noche antes. Su nueva cama había sido enviada a la calle Scott. Era preciosa, y muy femenina, con el cabecero rosa. Casi era digna de Lilli.

Jeff la acompañó al apartamento y la ayudó a bajar cajas y bolsas de ropa. Después de cuatro viajes con cada coche, la ayudó a subirlo todo al dormitorio. Para él era terapéutico. Sarah lo notaba distraído y algo conmocionado.

– ¿Crees que esta vez volverá? -le preguntó, refiriéndose a Marie-Louise, cuando pararon para comer. Estaba hambrienta. En París eran nueve horas más tarde. Advirtió que Jeff apenas comía.

– No -respondió él, jugando con el sándwich que le había preparado. Sarah se había comido el suyo en dos minutos-. Los dos estuvimos de acuerdo en que tenía que ser una separación definitiva. Hace muchos años que debimos separarnos, pero éramos demasiado tercos y cobardes. Me alegro de que al fin lo hayamos hecho. Esta semana pondré la casa en venta.

Sarah sabía que amaba su casa de Potrero Hill y que había puesto mucha energía en ella. Sintió pena por él. Al menos les darían un buen dinero. Jeff le explicó que Marie-Louise quería sacar hasta el último céntimo posible. Iba a pagarle una suma sustanciosa por su parte del negocio.

– ¿Y dónde vivirás? -preguntó Sarah.

– Buscaré un apartamento aquí, en Pacific Heights, cerca del despacho. Es lo más lógico. -Él y Marie-Louise no podían tener el despacho en la casa de Potrero Hill porque a los clientes les caía demasiado lejos-. Podría quedarme con el tuyo.

– Ni se te ocurra. Es horrible. -Aunque seguro que ganaría mucho con sus muebles.

– Mañana he quedado en ver un par de apartamentos. ¿Te gustaría acompañarme?

Jeff parecía sentirse solo y perdido, lo cual era muy normal. Marie-Louise no pasaba mucho tiempo con él, pero ahora que sabía que no iba a volver, la sensación era distinta. Por difícil que hubiera sido la convivencia, Marie-Louise había dejado un vacío que todavía no sabía cómo llenar. Ahora que ya no estaba, era como un miembro amputado. A veces dolía, pero podía vivir sin ella.

– Me encantaría. ¿No vas a comprarte otra casa?

– Todavía no. Quiero que la situación se estabilice, vender la casa y ver cuánto nos dan por ella. Después de comprarle su parte del negocio, probablemente aún me quedará suficiente para adquirir un apartamento con terraza. Pero no tengo prisa.

– Me parece una decisión acertada -convino Sarah. Jeff estaba siendo prudente, práctico y, típico de él, generoso con Marie-Louise.

Jeff le ayudó a trasladar algunas cosas más y para cenar encargaron comida china. Luego se marchó y al día siguiente pasó a recogerla para ira a ver los apartamentos.

– ¿Qué tal tu primera noche? -le preguntó. Estaba sonriendo y tenía mejor aspecto que el día anterior, aunque se había alegrado mucho de verla. La había echado mucho de menos durante su ausencia. En los últimos meses se habían hecho muy amigos.

– Fantástica. Adoro mi nueva cama, y el cuarto de baño es increíble. En esa bañera podría meter a diez personas. -Durante toda la noche sintió que ese era su hogar. Lo había sentido desde el primer día que vio la casa. Su sueño se había cumplido al fin.

Por la tarde encontraron un apartamento para Jeff. Pequeño y sencillo, no era nada del otro mundo pero estaba limpio y en buen estado, y se hallaba a una manzana de su despacho. Tenía hasta una pequeña terraza. Y estaba a cuatro manzanas de la casa de la calle Scott. La ubicación era ideal. Tenía una chimenea, y ese detalle le gustó. Cuando se iban, Jeff comentó que iba a resultarle raro vivir en un apartamento después de haber vivido tantos años en una casa.

Después dejó a Sarah en la calle Scott. Tenía que volver a su casa para empezar a embalar. La llamó por la noche.

– ¿Cómo estás? -le preguntó ella con dulzura.

– Bien. Se me hace cuesta arriba embalar todas estas cosas. Intentaré vender todo lo que pueda con la casa, pero me temo que acabaré metiendo muchas cosas en un guardamuebles.

El apartamento que había alquilado era pequeño, justamente lo que deseaba en ese momento. Tenía intención de comprar otra casa, aunque más adelante. La situación también era extraña para Sarah. Después de su flirteo de los últimos cinco meses y de algún que otro beso apasionado, ninguno de los dos sabía en qué punto se encontraban. Con el tiempo se habían hecho amigos y ahora él, de repente, estaba libre. Los dos estaban yendo con pies de plomo. Sarah no quería estropear su amistad por un idilio que quizá no fuera a ningún lado, ni destruir la camaradería que ahora compartían.

No supo nada de él hasta el martes. La llamó al despacho y le dijo que tenía una reunión en el centro y que la invitaba a comer. Quedaron en el Big Four a la una. Él llevaba una americana y un pantalón deportivos, y estaba muy guapo. Ella lucía el alfiler de la casita de oro en la solapa.

– Quería preguntarte algo -dijo Jeff, con voz cauta, a media comida. Ese había sido el propósito de su invitación. Ella no había sospechado nada-. ¿Qué te parecería la idea de tener una cita?

Sarah no entendió la pregunta.

– ¿En general, en concreto o como costumbre social? En estos momentos creo que he olvidado cómo se hace. -No tenía una cita desde hacía cuatro meses, desde que terminó con Phil, de hecho no había tenido una cita con otro hombre desde hacía cuatro años-. Estoy un poco oxidada.

– Yo también. Me refería concretamente a nosotros.

– ¿Nosotros? ¿Ahora?

– Bueno, si quieres considerar esto como una cita, podríamos declararla nuestra primera cita. Pero estaba pensando más bien en cenar juntos, ir al cine, besarnos, ya sabes, esas cosas que hacen las parejas.

Sarah sonrió. Jeff parecía nervioso. Ella alargó un brazo y le cogió una mano.

– La parte que más me gusta es la de los besos, pero cenar e ir al cine tampoco estaría mal.

– Estupendo -dijo Jeff con cara de alivio-. En ese caso, ¿consideramos esta nuestra primera cita o solo una sesión de práctica?

– ¿Tú qué opinas?

– Sesión de práctica. Creo que deberíamos empezar con una cena. ¿Qué me dices mañana?

– Mañana sería perfecto -aceptó Sarah con una sonrisa-. ¿Tienes algo que hacer esta noche?

– No quería parecer agobiante, ni demasiado impaciente.