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– ¿Va a traducido alguien, entonces? -le había preguntado ella con tono serio, mientras él paseaba por su despacho, mirando de soslayo sus cartas y hurgando en el montón de manuscritos sin leer-. ¿Por eso quiere que lo lea?

– Pensé que era algo que podría interesarle -había respondido-. Usted es madre. Liberal, cualquier cosa que eso signifique. Usted adoptaba una postura arrogante con respecto a Chernobyl y los ríos y los armenios. Si no quiere, no se lo lleve.

Descubriendo su desdichado libro entre Hugh Walpole y Thomas Hardy, lo envolvió en un periódico, lo metió en la bolsa, y luego, colgó la bolsa del pomo de la puerta de la calle porque, así como lo recordaba todo últimamente, así también lo olvidaba todo.

¡El pomo que compramos juntos en el Rastro!, pensó, con un sentimiento de compasión. ¡Volodya, mi pobre querido e intolerable marido, reducido a alimentar tu nostalgia histórica en un piso comunal con cinco malolientes separados como tú!

Concluidas sus llamadas telefónicas, regó apresuradamente sus plantas y, luego, fue a despertar a los gemelos. Estaban durmiendo diagonalmente en su cama sencilla. En pie ante ellos, Katya los miró intimidada, sin atreverse por un momento a tocados. Luego sonrió para que viesen su sonrisa al despertarse.

Durante la hora siguiente, se dedicó por completo a ellos, cosa que hacía todos los días. Preparó su kasha, peló sus naranjas y cantó alegres canciones con ellos, terminando con la Marcha de los entusiastas, su favorita, que entonaron al unísono, con la barbilla sobre el pecho como héroes de la Revolución, sin saber, aunque Katya sí lo sabía y no dejaba de sentirse regocijada por ello, que estaban cantando la melodía de un himno de marcha nazi. Mientras tomaban su té, les envolvió el almuerzo, pan blanco para Sergey, pan negro para Anna, y pastel de carne dentro para los dos. Y después, le abrochó el cuello a Sergey y enderezó el pañuelo de Anna y les dio a los dos un beso antes de cepillarles el pelo porque el director de su escuela era un paneslavista que predicaba que la pulcritud era un acto de homenaje al Estado.

Y cuando hubo hecho todo esto, se puso en cuclillas y cogió en brazos a los gemelos, como había venido haciendo cada lunes durante las cuatro últimas semanas.

– ¿Qué tenéis que hacer si mamá no viene una noche, si tiene que ir a una conferencia o visitar a alguien que está enfermo? -preguntó animadamente.

– Telefonear a papá y decirle que venga a estar con nosotros -respondió Sergey, soltándose.

– Y yo cuidaré de tío Matvey -dijo Anna.

– Y si papá también está fuera, ¿qué hacéis?

Empezaron a reír nerviosamente, Sergey porque la idea le turbaba y Anna porque le excitaba la perspectiva del desastre.

– ¡Ir a casa de tía Olga! -exclamó Anna-. ¡Darle cuerda al canario mecánico de tía Olga! ¡Hacerle cantar!

– ¿Y cuál es el número de teléfono de tía Olga? ¿Podéis cantarlo también?

Lo cantaron, retorciéndose de risa, los tres. Los gemelos continuaban riendo todavía mientras bajaban bulliciosamente delante de ella por la maloliente escalera que servía de nido de amor a los adolescentes y de bar a los alcohólicos, y, al parecer, a todos menos a ellos, de urinario. Saliendo a la luz del sol, cruzaron el parque cogidos de la mano, con Katya en medio, en dirección a la escuela.

– ¿Y cuál es el objetivo de tu vida hoy, camarada? -preguntó Katya a Sergey con fingida ferocidad mientras le enderezaba una vez más el cuello.

– Servir con todas mis fuerzas al pueblo y al Partido.

– ¿Y?

– ¡No dejar que Vitaly Rogov me pispe el almuerzo!

Más risas mientras los dos gemelos se separaban de ella y echaban a correr escaleras arriba por los peldaños de piedra, y Katya quedaba despidiéndoles con la mano hasta que desaparecieron.

En el Metro, lo veía todo demasiado brillantemente y desde lejos. Obervó el aire sombrío que tenían los pasajeros, como si ella misma no fuese también uno de ellos; y cómo todos parecían estar leyendo periódicos de Moscú, cosa que habría sido inimaginable un año antes, cuando los periódicos no servían más que como papel higiénico y para tapar rendijas. Otros días, Katya podría haber ido leyendo uno también; o, si no, un libro o un manuscrito para el trabajo. Pero hoy, pese a sus esfuerzos por liberarse de su estúpido sueño, estaba viviendo demasiadas vidas a la vez. Le estaba preparando una sopa de pescado a su padre, a fin de compensar algún acto de testarudez. Estaba soportando una lección de piano en casa de la anciana Tatiana Sergeyevna y siendo reprendida por inconstancia. Estaba corriendo por la calle, sin poder despertarse. O la calle estaba corriendo tras ella. Que fue por lo que estuvo a punto de olvidar hacer el trasbordo de tren.

Al llegar a su oficina, que era una fría construcción moderna de escamosa madera y húmedo cemento -más adecuada para una piscina, pensaba siempre, que para una editorial estatal-, le sorprendió ver unos obreros serrando y martilleando en el vestíbulo de la entrada, y por un momento tuvo la desagradable impresión de que estaban construyendo un patíbulo para su ejecución pública.

– Es nuestra asignación -susurró el viejo Morozov, que siempre tenía que decirle algo-. El dinero nos fue adjudicado hace seis años. Ahora algún burócrata ha consentido en firmar la orden.

El ascensor estaba siendo reparado, como de costumbre. En Rusia, pensó, ascensores e iglesias estaban siempre en reparación. Se dirigió a la escalera y empezó a subirla rápidamente, sin saber el porqué de la prisa, dando alegre y ruidosamente los buenos días a quienquiera que los necesitase. Pensando después en su apresuramiento, se preguntó si no la habría aguijoneado subconscientemente el timbre de su teléfono, porque, al entrar, allí estaba, sonando furiosamente sobre su mesa.

Cogió el auricular y dijo «Da», jadeante, pero evidentemente, habló demasiado pronto, pues lo primero que oyó fue una voz de hombre preguntando en inglés por Madame Orlova.

– Madame Orlova al habla -respondió, también en inglés.

– ¿Madame Yekaterina Orlova?

– ¿Quién es, por favor? -preguntó, sonriendo-. ¿Lord Peter Wimsey quizá? ¿Quién es?

Uno de mis estúpidos amigos gastando una broma. Otra vez el marido de Lyuba con la esperanza de conseguir una cita. Y luego se le secó la boca.

– Ah, bien, me temo que usted no me conoce. Soy Scott Blair. Barley Scott Blair, de «Abercrombie & Blair», en Londres, editores, y he venido en viaje de negocios. Creo que tenemos un amigo común, Niki Landau. Niki insistió mucho en que la llamara. ¿Qué tal está?

– Muy bien, ¿y usted? -se oyó Katya decir a sí misma, y sintió descender sobre ella una nube ardiente y brotar un dolor en el centro de su estómago, justo debajo de las costillas. En el mismo momento entró Nasayan, con las manos en los bolsillos y sin afeitar, que era su forma de manifestar profundidad intelectual. Al ver que estaba hablando, encorvó los hombros y volvió su feo rostro hacia ella con una mueca de desagrado, queriendo que colgase.

– Bonjour, Katya Borisovna -dijo sarcásticamente.

Pero la voz del teléfono estaba ya hablando de nuevo, imponiéndose sobre ella. Era una voz recia, por lo que supuso que se trataba de alguien alto. Era resuelta, por lo que supuso alguien arrogante, la clase de inglés que lleva trajes caros, carece de cultura y camina con las manos a la espalda.

– Escuche, voy a decirle por qué le llamo -estaba diciendo-. Al parecer, Niki prometió buscarle algunas viejas ediciones de Jane Austen con los dibujos originales, ¿no? -no le dio tiempo a decir si era o no cierto-. Sólo he traído un par de ellas, bastante bonitas realmente, y me preguntaba si podríamos quedar en algún lugar que nos viniese bien a los dos para dárselas.

Cansado de mirarla ceñudamente, Nasayan estaba curioseando en los papeles de su bandeja de entrada, como tenía por costumbre.