– Es usted muy amable -dijo ella al teléfono, utilizando su voz más impersonal. Había cerrado su rostro, haciéndolo inexpresivo y oficial. Eso era para Nasayan. Había cerrado su mente. Eso era para ella misma.
– Niki le manda también como una tonelada de té Jackson -continuó la voz.
– ¿Una tonelada? -exclamó Katya-. ¿De qué está hablando?
– A decir verdad, ni siquiera sabía que Jackson seguía en el negocio. Antes tenía una tienda maravillosa en Piccadilly, a unos portales de «Hatchard». El caso es que tengo tres clases diferentes de té delante de mí…
Había desaparecido.
Le han detenido, pensó Katya. No ha llamado. Es mi sueño otra vez. Dios del cielo, ¿qué hago ahora?
– …Assam, Darjeeling y Orange Pekoe. ¿Qué diablos es un pekoe? A mí me suena más como un ave exótica.
– No sé. Sospecho que será una planta.
– Y yo sospecho que tiene razón. De todos modos, la cuestión es ¿cómo puedo dárselas? ¿Puedo llevárselas a algún sitio? ¿O puede pasarse por el hotel y tomamos una copa y nos presentamos formalmente?
Ella estaba aprendiendo a apreciar sus divagaciones. Le estaba dando tiempo de reponerse. Se pasó los dedos por entre el pelo, descubriendo con sorpresa que estaba ordenado.
– No me ha dicho en qué hotel se hospeda -objetó severo.
Nasayan volvió vivamente la cabeza hacia ella con gesto de desaprobación.
– Pues también es verdad. ¡Qué ridículo por mi parte! Estoy en el «Odessa», ¿conoce el «Odessa»? ¿Justo arriba de la carretera desde la vieja casa de baños? Me he aficionado a él y es donde siempre pido alojarme, aunque no siempre lo consigo. Tengo los días bastante ocupados con reuniones…, siempre ocurre así cuando viene uno en una visita rápida, pero las noches las tengo relativamente libres por el momento, si es que le parece bien. Quiero decir que qué tal esta noche…, no hay tiempo mejor que el presente…, ¿le vendría bien esta noche?
Nasayan estaba encendiendo uno de sus inmundos cigarrillos, aunque toda la oficina sabía que ella detestaba el humo de tabaco. Tras encenderlo, lo levantó en el aire y le dio una chupada con sus labios de mujer. Katya le hizo una mueca, pero él no se dio por aludido.
– Me parece perfecto -dijo Katia, con su tono más militar-. Esta noche tengo que asistir a una recepción oficial en su distrito. Está organizada en honor de una importante delegación de Hungría -añadió, no muy segura de a quién quería impresionar-. Llevábamos semanas esperando este momento.
– Estupendo. Maravilloso. Diga una hora. ¿Las seis? ¿Las ocho? ¿Cuál le viene mejor?
– La recepción es a las seis. Llegaré quizás a las ocho y cuarto.
– Quizás ocho y cuarto, entonces. Ha cogido el nombre, ¿verdad? Scott Blair. Scott, como el de la Antártida. Soy alto y desgarbado, de unos doscientos años, con gafas a través de las que no puedo ver. Pero Niki me dice que usted es la réplica soviética de la Venus de Milo, así que espero reconocerla de todas formas.
– ¡Eso es ridículo! -exclamó ella, riendo aun a su pesar.
– Estaré rondando por el vestíbulo, esperándola, pero ¿por qué no le doy el número de teléfono de mi habitación, sólo por si acaso? ¿Tiene un lápiz?
Cuando colgó, las contradictorias pasiones que habían ido acumulándose en ella rompieron sus diques, y se volvió hacia Nasayan con ojos llameantes.
– Grigory Tigranovich. Cualquiera que sea su posición aquí, no tienen ningún derecho a invadir así mi despacho, inspeccionar mi correspondencia y escuchar mis conversaciones telefónicas. Aquí tiene su libro. Si quiere decirme algo, dígalo más tarde.
Luego cogió un manuscrito de traductor sobre los logros de las cooperativas agrícolas cubanas y, con manos heladas, empezó a pasar las páginas, fingiendo contarlas. Transcurrió una hora entera antes de telefonear a Nasayan.
– Debe usted perdonar mi enfado -dijo-. Este fin de semana ha muerto un íntimo amigo mío. Me he dejado dominar por los nervios.
Para la hora del almuerzo había cambiado de planes. Morozov podía esperar sus entradas, el tendero sus pastillas de jabón de lujo, Olga Stanislavsky su tela. Echó a andar, cogió un autobús, no un taxi. Volvió a caminar, cruzando un patio tras otro hasta encontrar el destartalado edificio que estaba buscando y el callejón que discurría junto a él. «Así es como puede contactar conmigo cuando me necesite -había dicho él-. El portero es amigo mío. No sabrá siquiera quién ha hecho la señal.»
Tienes que creer en lo que estás haciendo, se recordó a sí misma.
Creo. Creo absolutamente.
Tenía en la mano la postal pictórica, un Rembrandt del Ermitage de Leningrado. «Recuerdos a todos», decía su mensaje, firmado «Alina», y un corazón.
Había encontrado la calle. Estaba en ella. Era la calle de su pesadilla. Oprimió el timbre, tres veces, y luego echó la tarjeta por debajo de la puerta.
Una perfecta mañana moscovita, fúlgida y sugerente, el aire alpino, un día para perdonar todos los pecados. Concluida la llamada telefónica, Barley salió de su hotel y, de pie en la cálida acera, relajó la tensión de sus hombros y sus muñecas y volvió a un lado y otro la cabeza en movimiento giratorio mientras volcaba su mente hacia fuera y dejaba que la ciudad ahogara sus temores con sus contradictorios olores y voces. El hedor a petróleo ruso, tabaco, perfume barato y agua de río… ¡hola! Dos días más aquí y no me daré cuenta de que os estoy oliendo. Las esporádicas cargas de caballería de los coches…, ¡hola! Los pardos camiones persiguiéndose sobre los baches entre gigantescos eructos de sus motores. El fantasmal vacío entre unos y otros. Las limusinas con sus ventanillas ennegrecidas, los edificios carentes de todo indicativo resquebrajándose prematuramente…, ¿eres un bloque de oficinas, un cuartel o una escuela? Los muchachos fumando en los portales, esperando. Los chóferes, leyendo periódicos en sus coches aparcados, esperando. El silencioso grupo de hombres solemnes y tocados con sombrero, mirando fijamente una puerta cerrada, esperando.
¿Por qué me atraía siempre?, se preguntó, contemplando su vida en tiempo pasado, según costumbre recientemente adquirida. ¿Por qué seguía volviendo aquí? Se sentía animoso y brillante, no podía evitarlo. No estaba acostumbrado al miedo.
Por su forma de ser, decidió. Porque pueden soportar las penalidades mejor que nosotros. Por su amor a la anarquía y su terror al caos, y la tensión entre ambos.
Porque Dios siempre encontraba excusas para no venir aquí. Por su universal ignorancia y por el esplendor que irrumpe a su través. Por su sentido del humor, tan bueno como el nuestro, y mejor.
Porque ellos son la última gran frontera en un mundo absolutamente descubierto. Porque con tanto ahínco se esfuerzan en ser como nosotros y arrancan desde tan lejos.
Por el enorme corazón que late en el interior de la enorme confusión. Porque la confusión es mía.
Llegaré quizás a las ocho y cuarto, había dicho ella. ¿Qué era lo que había percibido en su voz? ¿Precaución? ¿Precaución para quién? ¿Para ella misma? ¿Para él? ¿Para mí? En nuestra profesión el correo es el mensaje.
Mira al exterior, se dijo Barley a sí mismo. El exterior es el único sitio en que estar.
Un grupo de chicas con vestidos de algodón y chicos con chaquetas de sarga azul trotaban con aire decidido desde el Metro, camino del trabajo o la instrucción. Las sombrías expresiones de sus rostros se trocaban con facilidad en risa a una sola palabra. Al ver al extranjero, le observaron con frías miradas, sus redondas gafas, sus gastados zapatos hechos a mano, su viejo traje imperialista. En Moscú, ya que en ningún otro sitio, Barley Blair observaba la corrección burguesa en el vestir.
Uniéndose a la corriente de personas, se dejó llevar por ella, sin importarle por dónde iba. En contraste con su estado de ánimo resueltamente alegre, las colas ante las tiendas de comestibles tenían un aire inquieto y desasosegado. Los héroes del trabajo y los veteranos de guerra, mal vestidos y con el pecho cubierto de medallas que tintineaban bajo el sol mientras se abrían paso por entre la multitud, tenían aspecto de ir a llegar tarde adondequiera que fuesen. Hasta su lentitud parecía tener un aire de protesta. En el nuevo clima, no hacer nada constituía por sí solo un acto de oposición. Porque no haciendo nada no cambiamos nada. Y no cambiando nada nos aferramos a lo que conocemos, aunque sean los barrotes de nuestra propia cárcel.