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– Pero, Barley, esos chicos, como tú los llamas pueden hacerse hombres muy rápidamente -advirtió Zapadny, el gran sofisticado, con una nueva y suave carcajada-. En particular cuando están deseando que se les devuelva el dinero, diría yo.

– Es lo que te describí en mi télex, Alik. Quizá no has tenido tiempo de leerlo -dijo Barley-. Si las cosas se desarrollan conforme a nuestros planes, «A. & B.» lanzará una nueva serie dedicada íntegramente a cosas rusas este año. Ficción, no ficción, poesía, juveniles, ciencias. Tenemos una nueva línea en medicina popular, todo en rústica. Los temas viajan, y también las reputaciones de los autores. Nos gustaría que colaborasen auténticos médicos y científicos soviéticos. No queremos cría de ovejas en Mongolia Exterior ni piscifactorías en el Círculo Ártico, pero si tenéis temas razonables que sugerir, estamos aquí para escuchar y comprar. Anunciaremos nuestra lista en la próxima feria del libro de Moscú, y, si las cosas van bien, publicaremos nuestros primeros seis títulos en la primavera próxima.

– Y, perdóname, Barley, ¿tienes ahora una organización de ventas, o sigues confiando en la intervención divina como antes? -preguntó Zapadny, con su rebuscada finura.

Resistiendo a la tentación de decirle a Zapadny que cuidara sus modales, Barley continuó:

– Estamos negociando un acuerdo de distribución con varias importantes editoriales y pronto efectuaremos un anuncio. Excepto para la ficción. Para la ficción utilizaremos nuestro propio equipo ampliado -dijo, sin poder recordar en absoluto por qué habían tomado esta extraña decisión ni, de hecho, si realmente la habían tomado.

– La ficción sigue siendo el buque insignia de «A. & B.», señor -explicó devotamente Wicklow, ayudando a Barley a salir del trance.

– La ficción siempre debería ser el buque insignia de uno -le corrigió Zapadny-. Yo diría que la novela es el más grande de todos los maratones. Eso es sólo mi opinión personal, naturalmente. Es la forma más elevada de arte. Más elevada que la poesía, más elevada que el relato breve. Pero, por favor, no divulgues mis palabras.

– Bueno, digamos que son sólo las superpotencias literarias -dijo aduladoramente Wicklow.

Muy complacido, Zapadny se volvió hacia Barley.

– En la ficción, deberíamos, como en este caso especial, suministrar nuestro propio traductor y percibir un cinco por ciento adicional de derechos sobre la traducción -dijo.

– No hay problema -respondió alegremente Barley en su sueño-. Actualmente, ésa es la clase de dinero que «A. & B.» pone bajo la bandeja.

Pero, para asombro de Barley, Wicklow intervino vivamente.

– Disculpe, señor, eso significa duplicar el importe de los derechos de publicación. No creo que podamos hacer frente a eso. Seguramente, no ha oído bien lo que estaba diciendo el señor Zapadny.

– Tiene razón -dijo Barley, irguiéndose bruscamente-. ¿Cómo diablos podemos soportar otro cinco por ciento?

Sintiéndose como un mago disponiéndose a realizar su siguiente número de ilusionismo, Barley sacó de su cartera una carpeta y extendió bajo los rayos de sol media docena de satinados prospectos.

– Nuestra conexión americana aparece descrita en la página dos -anunció-. «Potomac Boston» es nuestro socio en el proyecto. «A. & B.» comprará los derechos en lengua inglesa de cualquier obra soviética y los venderá a «Potomac» para todo el territorio de América del Norte. Ellos tienen una filial en Toronto, así que añadiremos el Canadá. ¿Verdad, Wickers?

– Sí, señor.

¿Cómo diablos aprendía Wicklow tan rápidamente toda esta basura?, pensó Barley.

Zapadny estaba todavía examinando el prospecto, pasando una rígida e inmaculada página tras otra.

– ¿Has editado esta mierda, Barley? -preguntó cortésmente.

– No, «Potomac» -respondió Barley.

– Pero el río Potomac está muy lejos de la ciudad de Boston -objetó Zapadny, aireando sus conocimientos de geografía americana para los pocos que los compartían-. A menos que lo hayan cambiado de sitio recientemente, está en Washington. Me pregunto qué mutua atracción puede existir entre la ciudad de Boston y ese río. ¿Estamos hablando de una compañía antigua, Barley, o de una nueva?

– Nueva en el ramo. Antigua en el mercado. Son comerciantes, antes de Washington y ahora de Boston. Capital especulador. Cartera diversificada. Producción cinematográfica, aparcamientos, máquinas tragaperras, prostitución y cocaína. Lo habitual. La editorial es sólo una de sus actividades marginales.

Pero mientras sonaban las risas, a quien oía mentalmente hablar era a Ned. «Enhorabuena, Barley. Aquí, Bob, ha encontrado un ricachón de Boston que está dispuesto a aceptarle como socio. Todo lo que tiene que hacer es gastar su dinero.»

Y Bob, con sus grandes pies y su chaqueta de mezclilla, sonriendo la sonrisa del comprador.

Once y media. Ocho horas y cuarenta y cinco minutos hasta las quizás ocho y cuarto.

– El chofer quiere saber qué debe esperar cuando se encuentre con la reina -estaba gritando entusiásticamente Wicklow por encima del respaldo-. Le preocupa realmente. ¿Acepta sobornos? ¿Manda ejecutar a la gente por pequeñas infracciones? ¿Qué se siente viviendo en un país gobernado por dos feroces mujeres?

– Dígale que es agotador, pero que nos sobreponemos -dijo Barley con un enorme bostezo.

Y, habiéndose refrescado con un trago de su botella, se recostó en los cojines y despertó para encontrarse siguiendo a Wicklow por el corredor de una prisión. Salvo que, en lugar de los gritos de los encarcelados, era el silbido de una tetera lo que oía y el repiqueteo de un ábaco sonando en la oscuridad. Un momento después, Wicklow y Barley se hallan en las oficinas de una compañía ferroviaria británica, cosecha de 1935. Bombillas cubiertas de huellas de moscas y difuntos ventiladores eléctricos cuelgan de las vigas de hierro fundido. Amazonas con pañuelos en la cabeza presiden máquinas de escribir cirílicas, grandes como hornos. Gruesos libros de contabilidad abarrotan los polvorientos estantes. Montones de cajas de zapatos llenas de carpetas de cuero se elevan desde la tarima del suelo hasta los alféizares.

– ¡Barley! ¡Cristo! ¡Bienvenido a Prometeo Desencadenado! Me dicen que por fin tienes algo de dinero. ¿Quién te lo dio? -grita una figura de edad media ataviada con equipo de combate estilo Fidel Castro, saltando hacia ellos a través del desorden-. Vamos a negociar directamente, ¿eh? ¡Al diablo con esos gilipollas de VAAP!

– ¡Yuri, qué alegría verte! Te presento a Len Wicklow, nuestro director de habla rusa.

– ¿Es usted espía?

– Sólo en mis ratos libres, señor.

– ¡Cristo! ¡Un tipo majo! Me recuerda a mi hermano pequeño.

Están en Madison Avenue. Persianas venecianas, mapas murales y sillones. Yuri es gordo, exuberante y judío. Barley le ha traído una botella de «Black Label» y unos pantys para su bella y nueva esposa. Abriendo la botella de whisky, Yuri insiste en servirlo en las tazas de té. Entran en el éter ruso. Hablan de Bulgakov, Platonov, Ajmatova. ¿Será autorizado Solzhenitsyn? ¿Y Brodsky? Hablan de Una serie de escritores ingleses contemporáneos que han encontrado arbitrariamente favor oficial y, por consiguiente, fama en Rusia, Barley no ha oído hablar de algunos y detesta a otros. Carcajadas, brindis, noticias de amigos ingleses, muerte a los gilipollas de VAAP. Rusia está cambiando por momentos, ¿se ha enterado Barley? ¿Vio aquel artículo en el Moscow News del pasado jueves sobre los chiflados neofascistas de Pmayat, con su trasnochado nacionalismo y su antisemitismo y su antitodo menos ellos mismos? ¿Y qué tal el artículo de Ogonyok sobre Sigmund Freud? ¿Y la postura de Novy Mir sobre Nabokov? Directores, diseñadores, traductores proliferan en las sorprendentes cantidades habituales, pero ninguna Katya. Todo el mundo está borracho, incluso los que han rehusado el alcohol. Es presentado un gran escritor llamado Misha y se le hace sentarse donde su público pueda verle.