¿Cómo estás enterado de la existencia de esos sitios?, le había preguntado ella. Esta entrada, este ala, este teléfono, sentarse y esperar. ¿Cómo sabes?
Yo ando, había respondido, y ella había tenido una visión de él recorriendo a grandes zancadas las calles de Moscú, sin dormir, sin comer, sin su compañía, caminando. Soy el gentil errante, le había dicho. Ando para estar con mi mente, bebo para ocultarme de ella. Cuando ando, tú estás a mi lado; puedo ver tu rostro junto a mi hombro.
Caminará hasta desplomarse, pensó. Y yo le seguiré.
En el banco situado junto a ella, una campesina tocada con un pañolón color azafrán había empezado a rezar en ucraniano. Sostenía un pequeño icono en las manos e iba inclinando su cabeza hacia él, más profundamente cada vez, hasta golpear la calva frente contra el marco de hojalata. Brillaban sus ojos, y, cuando se cerraron, Katya vio deslizarse lágrimas por entre sus párpados. No tardaré mucho tiempo en tener tu mismo aspecto, pensó.
Recordó cómo le había hablado él de visitar un depósito de cadáveres en Siberia, una fábrica para los muertos, situada en una de las ciudades fantasma en que trabajaba. Cómo los cadáveres salían de una rampa y eran pasados por una plataforma giratoria, hombres y mujeres mezclados, para ser rociados con mangueras de agua y rotulados y despojados de su oro por las viejas mujeres de la noche. La muerte es un secreto como cualquier otro; le había dicho él; un secreto es algo que se revela a una sola persona a la vez.
¿Por qué siempre tratas de instruirme en el significado de la muerte?, le había preguntado ella, con una sensación de repugnancia. Porque tú me has enseñado a vivir, había respondido él.
El teléfono es el más seguro de toda Rusia, había dicho. Ni siquiera nuestros lunáticos de los Órganos de seguridad pensarían en intervenir el teléfono en desuso de un hospital de urgencias.
Recordó la última vez que habían estado juntos en Moscú, en lo más crudo del invierno. Él había cogido un tren lento en una remota estación, un lugar sin nombre en el centro de ninguna parte. No había sacado billete y había viajado metiéndole diez rublos en la mano al interventor, como todo el mundo. Nuestros intrépidos Órganos competentes son tan burgueses en la actualidad que ya no saben mezclarse con los obreros, había dicho. Se lo imaginaba desvalido en su gruesa ropa interior, tendido en la semioscuridad sobre la litera superior reservada para los equipajes, escuchando las toses de los fumadores y los gruñidos de los borrachos, asfixiándose con el hedor a humanidad y las emanaciones de la estufa mientras miraba fijamente las horribles cosas que él sabía y de las que nunca hablaba. ¿Qué clase de infierno sería, se preguntó, verse atormentado uno mismo por sus propias creaciones? ¿Saber que el absoluto mejor que uno puede hacer en su carrera es el absoluto peor para la Humanidad?
Se vio a sí misma esperando su llegada, vivaqueando entre las miles de personas que aguardaban también en la estación de Kazansky bajo las sucias luces fluorescentes. El tren circula con retraso, ha sido cancelado, ha descarrilado, decían los rumores. Hay fuertes nevadas en todo el trayecto hasta Moscú. El tren está llegando, no ha salido siquiera, no tenía por qué haberme molestado nunca en decir tantas mentiras. Los empleados de la estación habían echado formaldehído en los lavabos y toda la muchedumbre apestaba a ello. Ella llevaba el gorro de piel de Volodya porque le ocultaba más la cara. Su bufanda de pelo de camello le cubría la barbilla, y el abrigo de piel de oveja el resto del cuerpo. Jamás había sentido tanto deseo hacia nadie. Era un ardor y un hambre a la vez dentro del abrigo.
Cuando bajó del tren y se dirigió hacia ella a través del aguanieve, su cuerpo estaba rígido y turbado como el de un chiquillo. Mientras estaba a su lado en el abarrotado Metro, estuvo a punto de gritar en el silencio al sentirle apretarse contra ella. Había tomado prestado el apartamento de Alexandra, que se había ido a Ucrania con su marido. Abrió la puerta de entrada y le hizo pasar delante. Él parecía a veces no saber dónde estaba, o, después de todos sus preparativos, no importarle nada. A veces, a ella le daba miedo tocarle, tan frágil era. Pero hoy, no. Hoy corrió hacia él, le agarró con todas sus fuerzas, atrayéndole hacia sí sin pericia ni ternura, castigándole por los meses y meses de estéril anhelo.
Pero ¿y él? Él la abrazó como solía hacerla su padre, manteniendo la cintura apartada de ella y los hombros firmes. Y al separarse de él, comprendió que había pasado el tiempo en que él podía sepultar su tormento en su cuerpo.
Tú eres la única religión que tengo, susurró él, besándole la frente con los labios cerrados. Escúchame mientras te digo lo que he decidido hacer, Katya.
La campesina estaba arrodillada en el suelo, adorando su icono, apretándoselo contra el pecho y los labios. Katya tuvo que pasar por encima de ella para llegar a la pasarela. En el extremo del banco se había sentado un joven pálido vestido con una cazadora de cuero. Tenía un brazo introducido por la pechera de su camisa, por lo que supuso que se había roto la muñeca. Había dejado caer la cabeza sobre el pecho, y al pasar delante de él advirtió que también tenía rota la nariz, aunque curada.
El recinto estaba a oscuras. Una bombilla fundida colgaba estérilmente. Un pesado mostrador de madera le cortaba el paso al guardarropa. Trató de levantar la trampilla, pero era demasiado pesada, así que se agachó y pasó por debajo. Se encontró entre perchas y colgadores vacíos y sombreros abandonados. La columna estaba a un Metro. Un letrero escrito a mano decía NO SE DAN CAMBIOS. Y lo leyó a la luz que dejó pasar fugazmente una puerta al abrirse y cerrarse. El teléfono estaba en su lugar de costumbre al otro lado, pero cuando se situó ante él apenas si podía vedo en la oscuridad.
Lo miró fijamente, deseando que sonara. Su pánico había desaparecido. Se sentía fuerte de nuevo. ¿Dónde estás?, se preguntó. ¿En uno de tus números postales, una de tus manchas en el mapa? ¿En Kazajstán? ¿En el Volga medio? ¿En los Urales? Sabía que visitaba todos esos lugares. En los viejos tiempos podía decir por el color de su tez cuándo había estado trabajando al aire libre. Otras veces parecía como si hubiera pasado meses enteros bajo tierra. ¿Dónde estás con tu espantosa culpa? pensó. ¿Dónde estás con tu aterradora decisión? ¿En un lugar oscuro como éste? ¿En la oficina de telégrafos, abierta las 24 horas del día, de una pequeña ciudad? Lo imaginó detenido, como tantas veces había temido, amarrado y lívido en una choza, atado a un caballo de madera, sin poder casi resollar mientras continuaban pegándole. Estaba sonando el teléfono. Levantó el auricular y oyó una voz inexpresiva.
– Aquí Pyotr -dijo la voz, que era la clave convenida para protegerse mutuamente…, si estoy en sus manos y me obligan a llamarte, les diré un nombre diferente para que puedas ocultarte.
– Y aquí Alina -respondió ella, asombrada de poder hablar siquiera. Después de eso, nada le importaba. Está vivo. No le han detenido. No le están pegando. No le han atado a un caballo de madera. Se sintió floja y exhausta. Estaba vivo, estaba hablando con ella. Hechos, no emociones, su voz al principio remota y sólo a medias familiar. Hacia atrás y hacia delante, sólo hechos. Haz esto. Él dijo esto. Yo dije esto. Dile que le agradezco que haya venido a Moscú. Dile que se está comportando como un ser humano razonable. Estoy bien. ¿Cómo estás tú?