Выбрать главу

Todavía nos estábamos maravillando del vigor de esta declaración cuando empezó a sonar el teléfono de la línea de emergencia de Clive y éste se dirigió ávidamente hacia él, pues siempre le encantaba contestar al teléfono de emergencia delante de sus subordinados. Tuvo mala suerte. Era Brock que quería hablar con Ned.

Katya acababa de telefonear a Barley al «Odessa» y ambos habían concertado una reunión para mañana por la noche, dijo Brock. El puesto de Moscú necesitaba con urgencia la aprobación de Ned a sus propuestas operativas para la entrevista. Ned salió inmediatamente.

– ¿Qué estás tramando con los americanos? -pregunté a Clive, pero él no se molestó en prestarme atención.

Me pasé todo el día siguiente hablando con mis suecos. En la Casa Rusia la vida no era mucho más animada. Espiar es esperar. A eso de las cuatro me escabullí a mi habitación y telefoneé a Hannah. A veces lo hago. Para las cuatro ella ha regresado ya del Instituto del Cáncer en que trabaja a tiempo parcial, y su marido nunca vuelve a casa antes de las siete. Me contó cómo le había ido el día. Apenas si le escuché. Le conté algo acerca de mi hijo, Alan, que estaba liado con una enfermera de Birmingham, una muchacha bastante agradable, pero realmente no de la clase de Alan.

– Quizá te llame más tarde -dijo.

Algunas veces decía eso, pero nunca llamaba.

Barley caminaba al lado de Katia y podía oír sus pisadas como firme de las suyas propias. Las destartaladas mansiones del Moscú dickensiano se hallaban bañadas por la agria luz del atardecer. El primer patio era sombrío; el segundo, oscuro. Varios gatos le miraban desde los montones de desperdicios. Dos chicos de pelo largo que podrían haber sido estudiantes jugaban al tenis por encima de una fila de cajas de embalaje. Un tercero permanecía apoyado contra la pared. Frente a ellos había una puerta pintarrajeada con letreros diversos y una media luna de color rojo. «Atento a las señales rojas», había advertido Wicklow. Katia estaba pálida, y se preguntó si él también estaría pálido, pues lo contrario sería un auténtico milagro. Algunos hombres nunca serán héroes, algunos héroes nunca serán hombres, pensó, con apresurado agradecimiento a Joseph Conrad por la paternidad de la idea. Y Barley Blair nunca será ninguna de las dos cosas. Agarró el picaporte y estiró de él. Katya se mantenía a cierta distancia. Llevaba un pañuelo de cabeza y un impermeable. El picaporte giró, pero la puerta no se movió la empujó con las dos manos y, luego, empujó con más fuerza. Los chicos que jugaban al tenis le gritaron algo en ruso. Se detuvo en seco, sintiendo fuego en la espalda.

– Dicen que debe abrirla de una patada -dijo Katya, y vio con asombro que estaba sonriendo.

– Si puede sonreír ahora -dijo-, ¿qué cara tiene cuando se siente feliz?

Pero debió de decirlo para sus adentros, porque ella no respondió. Dio una patada a la puerta, que cedió, rechinando al frotar contra la arena del suelo. Los chicos se echaron a reír y volvieron a su juego. Él se introdujo en la oscuridad y ella le siguió. Accionó un interruptor, pero no se encendió ninguna luz. La puerta se cerró de golpe tras ellos, y cuando buscó a tientas el picaporte no pudo encontrarlo. Se hallaban en una oscuridad absoluta, oliendo a gatos y cebollas y aceite de cocina y escuchando retazos de música y conversaciones de las vidas de otras personas. Encendió una cerilla. Aparecieron tres escalones, luego media bicicleta, luego la puerta de entrada a un mugriento ascensor. Luego se quemó los dedos. Vaya al cuarto piso, había dicho Wicklow. Atento a las señales rojas. ¿Cómo diablos voy a ver señales rojas en la oscuridad? Dios le respondió con una débil claridad procedente del piso superior.

– ¿Puede decirme dónde estamos? -preguntó cortésmente Katia.

– Es un amigo mío -respondió él-. Un pintor.

Abrió la puerta del ascensor y, luego, la verja. Dijo: «Por favor», pero ella ya ella había pasado ante él y se encontraba dentro del ascensor, mirando hacia arriba, deseosa de subir.

– Se ha ido fuera por unos días. Es sólo un lugar en que hablar -dijo Barley.

Volvió a fijarse en sus pestañas, en la humedad de sus ojos. Sintió deseos de consolarla, pero ella no estaba suficientemente triste.

– Es pintor -repitió, como si eso legitimizara a un amigo.

– ¿Oficial?

– No. Creo que no. No sé.

¿Por qué no le había dicho Wicklow qué clase de maldito pintor se suponía que era el hombre?

Se disponía a apretar el botón cuando una niña con gafas de montura de concha entró saltando tras ellos y abrazando un oso de plástico. Saludó, y a Katya se le iluminó la cara mientras contestaba al saludo. El ascensor comenzó a elevarse ruidosamente con una sacudida, y los botones producían pequeños chasquidos en cada piso. En el tercero la niña se despidió cortésmente, y Barley y Katya respondieron al unísono. En el cuarto, el ascensor se detuvo bruscamente como si hubiera chocado contra el techo, y quizás era así. Barley empujó a Katya a tierra firme y saltó tras ella. A su frente se abría un pasillo lleno de olor a niño, a muchos niños quizás. En su extremo, en lo que parecía ser una pared lisa, una flecha roja les dirigía hacia la izquierda. Llegaron a una angosta escalera ascendente de madera. En el primer peldaño, Wicklow estaba acuclillado como un duende, leyendo un grueso libro a la luz de una linterna de mecánico. No levantó la cabeza cuando pasaron ante él, pero Barley observó que Katya le miraba.

– ¿Qué ocurre? ¿Ha visto un fantasma? -le preguntó.

¿Podía ella oírle? ¿Podía él oírse a sí mismo? ¿Había hablado? Se hallaban en un alargado ático, Se veía el cielo por entre las grietas de las tejas y las vigas estaban cubiertas de excrementos de murciélagos. Sobre las uniones se había instalado un camino de tablas de andamio. Barley le cogió la mano. Katya tenía la palma ancha, fuerte y seca. Su desnudez contra la suya era como la entrega de todo su cuerpo.

Avanzó cautelosamente, percibiendo un olor a trementina y linaza y oyendo el golpeteo de un viento inesperado, Pasó por entre dos cisternas de hierro y vio una gaviota de papel de tamaño natural, con las alas desplegadas y girando al extremo del hilo que la mantenía suspendida de una viga. Tiró de Katya para que le siguiese. Más allá, sujeta a una barra de ducha, colgaba una cortina rayada. Si no hay gaviota no hay reunión, había dicho Wicklow. La ausencia de gaviota significa aborto. Ése es mi epitafio, pensó Barley. «No había ninguna gaviota, así que abortó.» Descorrió la cortina y entró en un estudio de pintor sin dejar de tirar de Katia. En el centro había un caballete y una silla tapizada para los modelos. Sobre ella reposaba un raído' gabán. Es una instalación para ser utilizada sólo una vez, había dicho Wicklow. Y yo también, Wickers, yo también. En la pendiente del tejado se abría una claraboya de fabricación casera. En su marco se veía pintada una marca roja. Los rusos no confían en las paredes, había explicado Wicklow, ella hablará mejor al aire libre.

Se abrió la claraboya, para consternación de una colonia de palomas y gorriones. Barley indicó a Katya que pasara primero, observando la flexibilidad de su esbelto cuerpo al agacharse. Él la siguió, golpeándose en la espalda y mascullando «maldita sea», exactamente como sabía que haría. Se hallaban entre dos frontis en un emplomado canalillo en el que justamente les cabían los pies. El latido del tráfico llegaba hasta ellos desde calles que no podían ver. Katya estaba de frente a él y muy cerca. Quedémonos a vivir aquí, pensó Barley. Tus ojos, yo, el cielo. Se estaba frotando la espalda, entornando los ojos a consecuencia del dolor.

– ¿Se ha hecho daño?

– Fractura de columna sólo.