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– ¿Quién es ese hombre de la escalera? -preguntó ella.

– Trabaja para mí. Es mi director literario. Él se encargará de vigilar mientras hablamos.

– Estaba en el hospital anoche.

– ¿Qué hospital?

– Anoche, después de estar con usted, visité cierto hospital.

– ¿Está enferma? ¿Por qué fue al hospital? -preguntó Barley, dejando de frotarse la espalda.

– Nada importante. Él estaba allí. Parecía tener un brazo roto.

– No puede haber estado allí -dijo Barley, sin creérselo él mismo-. Estuvo conmigo todo el tiempo después de marcharse usted. Tuvimos una discusión sobre libros rusos.

Vio que la suspicacia desaparecía lentamente de sus ojos.

– Estoy cansada. Debe disculparme.

– Permítame decirle lo que he ideado, y luego puede usted decirme que no vale. Hablamos y, luego, la llevo a cenar. Si los custodios del Pueblo estuvieron escuchando anoche nuestra conversación telefónica, esperarán que sea eso lo que hagamos. El estudio es de un pintor amigo mío, un chiflado del jazz como yo. Nunca le dije su nombre porque no podía recordarlo, y quizá nunca lo he sabido. Pensé que podíamos traerle bebida y ver sus cuadros, pero él no apareció. Fuimos a cenar y hablamos de literatura y de la paz mundial. A pesar de mi reputación, no le hice proposiciones atrevidas. Me sentía demasiado intimidado por su belleza. ¿Qué tal?

– Es conveniente.

Barley se puso en cuclillas, sacó un botellín de whisky y desenroscó el tapón.

– ¿Bebe usted de esto?

– No.

– Yo tampoco.

Esperó que ella se instalara a su lado, pero continuó en pie. Sirvió un poco de licor en el tapón y dejó la botella a sus pies.

– ¿Cómo se llama? -preguntó-. El autor. Goethe. ¿Quién es?

– Eso carece de importancia.

– ¿Cuál es su unidad? ¿Empresa? ¿Apartado postal? ¿Ministerio? ¿Laboratorio? ¿Dónde trabaja? No tenemos tiempo para andamos con rodeos.

– No lo sé.

– ¿Dónde está establecido? Tampoco me dirá eso, ¿verdad?

– En muchos sitios. Depende de dónde esté trabajando.

– ¿Cómo le conoció?

– No sé. No sé qué puedo decirle.

– ¿Qué le dijo él que me dijera?

Katya vaciló, como si él la hubiera descubierto. Frunció el ceño.

– Lo que sea necesario. Debo confiar en usted. Se mostró generoso. Es su naturaleza.

– ¿Qué le retrae, entonces? -Nada-. ¿Por qué cree que estoy yo aquí? -nada-. ¿Cree que disfruto jugando a guardias y ladrones en Moscú?

– No lo sé.

– ¿Por qué me envió usted el libro si no confía en mí?

– Si se lo envié, fue por él. Yo no le elegí a usted. Lo hizo él -replicó hoscamente.

– ¿Dónde está ahora? ¿En el hospital? ¿Cómo habla con él? -levantó la vista hacia ella, esperando su respuesta-. ¿Por qué no empieza a hablar a ver cómo resulta? -sugirió-. Quién es él, quién es usted. Cómo se gana la vida.

– No lo sé.

– Quién estaba en la leñera a las tres de la madrugada en la noche del crimen. -Nada tampoco-. Dígame por qué me ha arrastrado a esto. Usted lo empezó, no yo. ¿Katya? Soy yo. Soy Barley Blair. Gasto bromas, hago ruidos de pájaros, bebo. Soy un amigo.

A él le gustaban los solemnes silencios de Katya mientras le miraba. Le encantaba su forma de escuchar con los ojos y la sensación de recuperada camaradería cada vez que hablaba.

– No ha habido ningún crimen -dijo ella-. Es mi amigo. Su nombre y su ocupación carecen de importancia.

Barley tomó un sorbo de whisky mientras pensaba en esto.

– ¿O sea que esto es lo que usted acostumbra hacer por los amigos? ¿Pasarles clandestinamente a Occidente sus manuscritos ilícitos? -ella también piensa con los ojos, pensó-. ¿Le mencionó por casualidad sobre qué trataba su manuscrito?

– Naturalmente. Él no me pondría en peligro sin mi consentimiento.

Barley captó el tono protector de su voz y se sintió molesto.

– ¿Qué le dijo que era en lo que le estaba metiendo? -preguntó

– El manuscrito describe la implicación de mi país en la preparación de antihumanitarias armas de destrucción en masa, a lo largo de muchos años. Pinta un cuadro de corrupción e incompetencia en todos los campos del complejo industrial de defensa. Y también de despilfarro criminal y deficiencias éticas.

– Lo que usted dice es algo muy importante. ¿Conoce algunos detalles más?

– No estoy al tanto de cuestiones militares.

– O sea que él es militar.

– No.

– ¿Qué es entonces?

Silencio.

– ¿Pero usted aprueba eso? ¿Pasar esas cosas a Occidente?

– No las está pasando a Occidente ni a ningún bloque. Él respeta a los ingleses, pero eso es lo de menos. Su gesto garantizará una auténtica sinceridad entre científicos de todas las naciones. Ayudará a destruir la carrera de armamentos. -Aún tenía que llegar a él. Hablaba con tono monótono e inexpresivo, como si se hubiera aprendido las palabras de memoria-. Él cree que no queda tiempo. Debemos destruir el abuso de la ciencia y los sistemas políticos responsables de ello. Cuando habla de filosofía, habla en inglés -añadió.

Y tú escuchas, pensó él. Con los ojos. En inglés. Mientras te preguntas si puedes confiar en mí.

– ¿Es científico? -preguntó.

– Sí. Es científico.

– Los detesto a todos. ¿De qué rama? ¿Es físico?

– Quizá, no lo sé.

– Su información abarca todos los campos. Precisión, puntos de mira, mando y control, motores de cohetes. ¿Es un solo hombre? ¿Quién le da el material? ¿Cómo conoce tantas cosas?

– No lo sé. Es un solo hombre. Eso es evidente. Yo no tengo tantos amigos. No es un grupo. Quizá supervisa también el trabajo de otros. No lo sé.

– ¿Está en un cargo importante? ¿Es un gran jefe? ¿Trabaja aquí, en Moscú? ¿Está en el cuartel general? ¿Qué es?

Ella fue negando con la cabeza a cada pregunta.

– No trabaja en Moscú. Por lo demás, no se lo he preguntado, y él no me lo dice.

– ¿Realiza pruebas?

– No lo sé. Va a muchos sitios, por toda la Unión Soviética. A veces se ha abrasado de calor, a veces se ha helado de frío, a veces las dos cosas. No sé.

– ¿Ha mencionado en alguna ocasión su unidad?

– No.

– ¿Números de apartados postales? ¿Los nombres de sus jefes? ¿El nombre de un colega o de un subordinado?

– No está interesado en decirme esas cosas.

Y él la creyó. Mientras estuviese con ella, creería que el Norte estaba en el Sur y que los niños nacían de los árboles.

Ella le miraba, esperando su próxima pregunta.

– ¿Se da cuenta de las consecuencias de la publicación de esto? -preguntó-. ¿Para él mismo, quiero decir? ¿Sabe con qué está jugando?

– Él dice que hay veces en que nuestros actos deben ser lo primero, y que sólo después de realizados debemos considerar sus consecuencias.

Pareció esperar que dijera algo, pero Barley estaba aprendiendo a no precipitarse.

– Si vemos con claridad un objetivo tal vez podamos avanzar un paso. Si contemplamos todos los objetivos a la vez, no avanzaremos en absoluto.

– ¿Y usted? ¿Ha pensado él en las consecuencias que pueden derivarse para usted si algo de esto sale a la luz?

– Las acepta.

– ¿Y usted también?

– Naturalmente. Fue decisión mía también. ¿Por qué si no iba a apoyarle?

– ¿Y los niños? -preguntó Barley.

– Es para ellos y para su generación -respondió ella con tono resuelto, casi colérico.

– ¿Y las consecuencias para la Madre Rusia?

– Nosotros creemos preferible la destrucción de Rusia a la destrucción de toda la Humanidad. La mayor carga es el pasado. Para todas las naciones, no sólo para Rusia. Nosotros nos consideramos los verdugos del pasado. Él dice que, si no podemos ejecutar a nuestro pasado, ¿cómo vamos a construir nuestro futuro? No edificaremos un mundo nuevo hasta que nos hayamos desembarazado de las mentalidades del viejo. Para expresar la verdad, debemos también estar dispuestos a ser los apóstoles de la negación. Él cita a Turgueniev. Un nihilista es una persona que no da nada por sentado, por mucho que se respete un principio.