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– Muerta.

– ¿Cómo murió?

– De tuberculosis. Ya estaba enferma cuando yo nací. El 20 de agosto había una proyección privada de una película de Godard en el Club de los Científicos. -Su voz se había tornado severa contra ella misma-. Las invitaciones eran para dos personas. Mi padre, después de informarse sobre el contenido moral de la película, se mostraba reacio a llevarme, pero yo insistí. Al final, decidió que yo debía acompañarle como complemento de mis estudios franceses. ¿Conoce el Club de Científicos de Leningrado?

– No puedo decir que lo conozca -r-espondió él, recostándose.

– ¿Ha visto À bout de souffle?

– Intervine en ella -dijo, y ella se echó a reír mientras Barley tomaba unos sorbos de su whisky.

– Entonces recordará que es una película muy tensa. ¿Sí?

– Sí.

– Era la película más llena de fuerza que yo había visto jamás.

Todo el mundo se sintió muy impresionado por ella, pero para mí fue una auténtica conmoción. El Club de Científicos está a orillas del río Neva. Conserva el viejo esplendor, con escalinatas de mármol y sofás muy bajos en los que es difícil sentarse con una falda ajustada. -Se encontraba de nuevo de perfil a él, con la cabeza adelantada-. Hay un bello invernadero y una sala que semeja una mezquita, con gruesas cortinas y lujosas alfombras. Mi padre me quería mucho, pero estaba muy preocupado por mí y era muy severo. Cuando terminó la película, fuimos a un comedor de paredes revestidas de madera. Era muy hermoso. Nos sentamos a las largas mesas, y allí fue donde conocí a Yakov. Nos presentó mi padre. «He aquí un nuevo genio del mundo de la física», dijo. Mi padre tenía el defecto de mostrarse sarcástico a veces con los jóvenes. Yakov era, además, guapo. Yo había oído algo acerca de él, pero nadie me había dicho lo vulnerable que era, más parecido a un artista que a un científico en ese aspecto. Le pregunté qué estaba haciendo, y mc respondió que había regresado a Leningrado para recuperar su inocencia. Me eché a reír y formulé una observación sorprendente en una muchacha de dieciséis años, Dije que me parecía extraño que precisamente un científico estuviera buscando inocencia. Él explicó que en Akademgorodok había destacado demasiado en ciertos campos y se había hecho demasiado interesante para los militares. Parece ser que en cuestiones de física la distinción entre investigación pacífica e investigación militar es a menudo muy pequeña. Le estaban ofreciendo todo -privilegios, dinero para realizar sus investigaciones-, pero él lo rechazaba porque quería conservar sus energías para medios pacíficos. Esto les enfurecía, porque acostumbran reclutar la flor y nata de nuestros científicos y no esperan ser rechazados. Así que había regresado a su vieja universidad para recuperar su inocencia, Se proponía inicialmente estudiar física teórica y estaba buscando personas influyentes que le ayudasen, pero éstas se mostraban reacias a causa de su actitud. No tenía permiso para residir en Leningrado. Hablaba muy libremente, como suelen hacer nuestros científicos. Y estaba lleno de entusiasmo por el Gorodok. Hablaba de los extranjeros que destacaban entonces, los brillantes jóvenes americanos de Stanford y el MIT, y también de los ingleses. Describía a los pintores que estaban prohibidos en Moscú pero a los que se permitía exponer en el Gorodok. Los seminarios, la intensidad de la vida, los libres intercambios de ideas… y, como yo estaba segura, de amor. «¡En qué otro país más que en Rusia van a tocar especialmente para los científicos Richter y Rostropovich, Okudzhava a cantar Voznesensky a leer sus poemas! ¡Éste es el mundo que los científicos debemos construir para los demás!» Bromeaba, y yo reía como una mujer madura. Era muy ingenioso en aquellos tiempos, pero también vulnerable, como lo sigue siendo hoy. Tiene una parte que se resiste a crecer. Es el artista que hay en él, pero es también el perfeccionista. Ya en aquellos días criticaba abiertamente la incompetencia de las autoridades. Decía que había tantos huevos y salchichas en el supermercado de Gorodok que los compradores afluían masivamente en autobús desde Novosibirsk y habían vaciado las estanterías para las diez de la mañana. ¿Por qué no podían hacer el viaje los huevos, en lugar de las personas? ¡Sería mucho mejor! Nadie recogía la basura, dijo, y la electricidad seguía cortándose. A veces, la basura llegaba hasta la altura de la rodilla en las calles. ¡Y lo llaman un paraíso científico! Yo hice otro precoz comentario. «Eso es lo malo del paraíso -dije-. Que no hay nadie para recoger la basura.» Todo el mundo se mostró muy regocijado. Fue un éxito por mi parte. Él describió a la vieja guardia tratando de asimilar las ideas de los hombres nuevos y alejándose, meneando la cabeza como campesinos que hasta han visto por primera vez un tractor. No importa, dijo. El progreso prevalecerá. Dijo que el tren blindado de la revolución que Stalin había hecho descarrilar se hallaba de nuevo en marcha y que la próxima parada sería en Marte. Fue entonces cuando mi padre le interrumpió con una de sus cínicas observaciones. Estaba encontrando a Yakov demasiado vocinglero. «Pero, Yakov Yefremovich -dijo-, no era Marte el dios de la guerra?» Yakov adoptó inmediatamente una actitud meditabunda. No imaginaba yo que un hombre pudiera cambiar tan rápidamente, audaz un momento y, al momento siguiente, tan solitario y consternado. Yo se lo reprochaba a mi padre. Estaba furiosa con él. Yakov trataba de recuperarse, pero mi padre le había sumido en la desesperación. ¿Le habló Yakov de su padre?

Estaba sentada en el otro lado del canalillo, frente a él, apoyada contra las tejas de la vertiente opuesta, con las largas piernas estiradas ante sí y el vestido apretado contra el cuerpo. El cielo se oscurecía tras ella y aumentaba el brillo de la luna y las estrellas.

– Me dijo que su padre murió de una sobredosis de inteligencia -respondió Barley.

– Tomó parte en un amotinamiento en el campo de concentración. Estaba desesperado. Yakov tardó muchos años en enterarse de la muerte de su padre. Un día, un viejo fue a su casa y dijo que él había matado al padre de Yakov. Estaba de guardián en el campo de concentración y se le ordenó intervenir en la ejecución de los rebeldes. Fueron ametrallados por docenas en las proximidades de la estación ferroviaria de Vorkuta. El guardián estaba llorando. Yakov tenía sólo catorce años a la sazón, pero dio al viejo su perdón y un poco de vodka.

Yo no puedo hacer eso, pensó Barley. No llego a esas alturas.

– ¿En qué año fusilaron a su padre? -preguntó. Pórtate como un hámster. Es casi lo único para lo que vales.

– Creo que fue en la primavera de 1952. Mientras Yakov guardaba silencio, todos los que estaban a la mesa empezaron a hablar vehementemente sobre Checoslovaquia -continuó ella en su perfecto inglés arqueológico-. Unos decían que la camarilla gobernante enviaría los tanques. Mi padre estaba seguro de ello. Algunos opinaban que estaría justificado el hacerla. Mi padre dijo que lo harían tanto si estuvieran justificados como si no. Los zares rojos harían exactamente lo que les diera la gana, dijo, como lo habían hecho los zares blancos. Vencería el sistema porque el sistema siempre vencía y el sistema era nuestra maldición. Ésta era la convicción de mi padre, como más tarde fue la de Yakov. Pero en aquella época Yakov estaba todavía decidido a creer en la Revolución. Deseaba que la muerte de su padre hubiera valido la pena. Escuchó atentamente lo que mi padre tenía que decir, pero luego se tornó agresivo. «¡Nunca enviarán los tanques! -dijo-. ¡La Revolución sobrevivirá!» Golpeó la mesa con el puño. ¿Ha visto sus manos? ¿Como las de un pianista, tan blancas y finas? Había estado bebiendo. También mi padre, y también mi padre se encolerizó. Quería que le dejaran en paz con su pesimismo. Como ilustre humanista, no le agradaba que le contradijese un joven científico a quien consideraba un advenedizo. Quizá mi padre estaba también celoso, porque, mientras discutían, yo me sentía completamente enamorada de Yakov.