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Barley tomó otro sorbo de whisky.

– ¿No le parece sorprendente? -preguntó ella con tono indignado, mientras su sonrisa reaparecía en su rostro-. ¿Una chica de dieciséis años con un experimentado hombre de treinta?

Barley no se sentía especialmente agudo, pero ella parecía necesitar que la tranquilizase.

– Me desconcierta, pero en general diría que ambos fueron muy afortunados -respondió.

– Cuando terminó la recepción le pedí a mi padre tres rublos para ir al café «Sever» a tomar un helado con mis compañeros. En la recepción estaban varias hijas de académicos, algunas de ellas condiscípulas mías. Formamos un grupo, y yo invité a Yakov a que viniera con nosotras. Por el camino le pregunté dónde vivía, y él me contestó que en la calle del Profesor Popov. «¿Quién era Popov?», me preguntó, y yo me eché a reír. Todo el mundo sabe quién es Popov, dije. Popov fue el gran ruso inventor de la radio, que transmitió una señal antes incluso que Marconi, expliqué. Yakov no estaba tan seguro. «Quizá Popov no existió jamás -respondió- Quizás el Partido lo inventó para satisfacer nuestra obsesión rusa de ser los primeros en inventarlo todo.» Comprendí por aquello que todavía se veía asediado por dudas acerca de lo que harían con respecto a Checoslovaquia.

Sintiéndose todo menos juicioso, Barley asintió juiciosamente con la cabeza.

– Le pregunté si su apartamento era compartido o independiente. Él respondió que era una habitación que compartía con un viejo conocido del Litmo que trabajaba en un laboratorio especial nocturno, por lo que raras veces se veían. «Entonces, enséñame dónde vives -dije-. Quiero saber que estás cómodo.» Él fue mi primer amante -añadió con sencillez-. Fue sumamente delicado, como yo había esperado, pero también apasionado.

– Bravo -dijo Barley, tan suavemente que quizás ella no le oyó.

– Me quedé con él tres horas y tomé el último metro para casa. Mi padre me estaba esperando, y yo le hablé como si fuese una extraña de visita en su casa. Al día siguiente oí las noticias en inglés de la BBC. Los tanques habían entrado en Praga. Mi padre, que lo había profetizado, estaba desesperado. Pero a mí no me preocupaba mi padre. En lugar de ir a la escuela, volví a casa de Yakov. Su compañero de habitación me dijo que le encontraría en el «Saigón», que era el nombre informal de una cafetería de la Perspectiva Nevsky, un lugar para poetas, vendedores de droga y especuladores, no para hijas de profesores. Le encontré tomando café, pero estaba borracho. Había estado bebiendo vodka desde que oyó la noticia. «Tu padre tenía razón -dijo-. El sistema vencerá siempre. Hablamos de libertad, pero somos opresores.» Tres meses después, había regresado a Novosibirsk. Se sentía irritado consigo mismo, pero fue, de todos modos. «Es una elección entre morir de oscuridad o morir de compromiso -dijo-. Puesto que se trata de una opción entre muerte y muerte, bien podemos elegir la alternativa más confortable.»

– ¿Dónde la dejó eso a usted? -preguntó Barley.

– Me sentí avergonzada de él. Le dije que él era mi ideal y que me había decepcionado. Yo había estado leyendo las novelas de Stendhal, así que le hablé como una gran heroína francesa. No obstante, consideraba que había tomado una decisión inmoral. Había dicho una cosa y hecho la contraria. En la Unión Soviética, le dije, había demasiada gente que hacía eso. Le dije que no volvería a hablarle jamás hasta que rectificase su inmoral elección. Le recordé a E.M. Forster, a quien ambos admirábamos. Le dije que debía coordinar, que sus pensamientos y sus actos debían ser una misma cosa. Naturalmente, no tardé en aplacarme, y reanudamos durante algún tiempo nuestra relación, pero ya no había romanticismo en ella, y cuando emprendió su nuevo trabajo correspondía sin calor. Me sentía avergonzada de él. Quizá también de mí misma.

– Y se casó con Volodya -dijo Barley.

– En efecto.

– ¿Y continuó viéndose en secreto ton Yakov? -sugirió él, como si fuese la cosa más normal del mundo.

Ella enrojeció y frunció el ceño a la vez.

– Durante algún tiempo, sí, Yakov y yo mantuvimos una relación clandestina. No con frecuencia, sino de vez en cuando. Él decía que éramos una novela que no había sido terminada. Cada uno de nosotros buscaba al otro para completar su destino. Tenía razón, pero yo no había comprendido la fuerza de su influencia sobre mí ni de la mía sobre él. Yo pensaba que si nos veíamos más a menudo podríamos acabar liberándonos el uno del otro. Cuando me di cuenta de que no era así, dejé de verle. Le quería, pero me negaba a verle. Además, estaba embarazada de Volodya.

– ¿Cuándo volvieron a reunirse?

– Después de la última feria del libro de Moscú. Usted fue el catalizador. Él había estado de vacaciones y bebiendo abundantemente. Había escrito muchos documentos internos y registrado muchas denuncias oficiales. Ninguna de ellas había producido ningún efecto en el sistema, aunque yo creo que había conseguido irritar a las autoridades. Usted le había hablado al corazón. Había expresado con palabras sus pensamientos, en un momento crucial de su vida, y había relacionado palabras y actos, cosa que a Yakov no le resulta fácil. Al día siguiente, me telefoneó a mi oficina con un pretexto. Había tomado prestado el apartamento de un amigo. Mi relación con Volodya estaba ya desintegrándose para entonces, aunque continuábamos viviendo juntos todavía porque Volodya tenía que esperar a que le concedieran un apartamento. Mientras nos hallábamos sentados en la habitación de su amigo, Yakov habló mucho de usted. Usted había hecho que todo se le apareciese claro. Ésa fue la expresión que utilizó: «El inglés me ha dado la solución. A partir de ahora, sólo hay acción, sólo hay sacrificio -dijo-. Las palabras son la maldición de nuestra sociedad rusa. Son el sustitutivo de los hechos.» Yakov sabía que yo tenía contactos con editores occidentales, así que me dijo que buscara su nombre entre nuestras listas de visitantes extranjeros. Inmediatamente su puso a trabajar en la preparación de un manuscrito. Yo debía entregárselo a usted. Él estaba bebiendo mucho. Sentí miedo por él. «¿Cómo puedes escribir si estás borracho?» Respondió que bebía para sobrevivir.

Barley tomó otro trago de whisky.

– ¿Habló usted a Volodya acerca de Yakov?

– No.

– ¿Averiguó algo Volodya?

– No.

– ¿Quién lo sabe, entonces?

Parecía haberse estado haciendo también la misma pregunta, pues respondió con gran prontitud.

– Yakov no cuenta nada a sus amigos. Lo sé. Si soy yo la que pide prestado el apartamento, digo sólo que es para un asunto privado. En Rusia tenemos secreto y soledad, pero no tenemos palabra para la intimidad.

– ¿Y sus amigas? ¿No les ha insinuado nada?

– No somos ángeles. Si les pido ciertos favores, hacen ciertas suposiciones. A veces soy yo quien hace los favores. Eso es todo.

– ¿Y nadie ayudó a Yakov a compilar su manuscrito?

– No.

– ¿Ninguno de los amigos con los que bebe?

– No.

– ¿Cómo puede estar segura?

– Porque estoy segura de que en sus pensamientos está solo.

– ¿Es usted feliz con él?

– ¿Perdón?

– ¿Le gusta… además de quererle? ¿Le hace reír?

– Yo creo que Yakov es un hombre grande y vulnerable que no puede sobrevivir sin mí. Ser perfeccionista es ser niño. Es también ser poco práctico. Yo creo que se derrumbaría sin mí.

– ¿Cree que está derrumbado ahora?

– ¿Quién está en su sano juicio?, diría Yakov. ¿El que planea el exterminio de la Humanidad, o el que adopta medidas para impedirlo?

– ¿Y el que hace ambas cosas?

No respondió. Ella estaba provocando, y Katya lo sabía. Estaba celoso y quería erosionar las aristas de su fe.