– ¿Está casado? -preguntó Barley.
En su rostro se pintó una expresión irritada.
– No creo que esté casado, pero eso carece de importancia.
– ¿Tiene hijos?
– Esas preguntas son ridículas.
– Se trata de una situación bastante ridícula.
– Él dice que los seres humanos son las únicas criaturas que convierten en víctimas a sus hijos. Está decidido a no ocasionar ninguna víctima.
Excepto los tuyos, pensó Barley; pero se las arregló para no decirlo.
– De modo que siguió su carrera con interés -sugirió ásperamente, volviendo a la cuestión del acceso de Goethe.
– Desde lejos y sin detalle.
– ¿Y durante todo ese tiempo no sabía qué trabajo hacía? ¿Es eso lo que está diciendo?
– Lo que sabía lo deducía sólo de nuestras discusiones sobre problemas morales. «¿Cuánta parte de la Humanidad debemos exterminar para preservar a la Humanidad? ¿Cómo podemos hablar de esfuerzo por la paz cuando sólo planeamos guerras terribles? ¿Cómo podemos hablar de blancos selectivos cuando carecemos de la precisión necesaria para alcanzarlos?» Cuando discutimos estos asuntos, yo me doy cuenta, naturalmente, de su implicación. Cuando me dice que el mayor peligro para la Humanidad no es la realidad del poder soviético, sino la ilusión de ese poder, yo no se lo discuto. Le animo, le insto a ser consecuente y, si es preciso, valiente. Pero no le pongo en tela de juicio.
– ¿Rogov? ¿No mencionó a Rogov? ¿Profesor Arkady Rogov?
– Ya le he dicho que él no habla de sus colegas.
– ¿Quién ha dicho que Rogov es un colega?
– Lo he supuesto por sus preguntas -replicó ella acaloradamente, y de nuevo él la creyó.
– ¿Cómo se comunica con él? -preguntó Barley, recuperando su tono amable de voz.
– No tiene importancia. Cuando cierto amigo suyo recibe cierto mensaje, informa a Yakov, y Yakov me telefonea.
– ¿Sabe el cierto amigo de quién procede el cierto mensaje?
– No tiene por qué. Sabe que es una mujer. Nada más.
– ¿Tiene miedo Yakov?
– Dado lo mucho que habla de valor, supongo que sí. Suele citar a Nietzsche: «La virtud definitiva es no tener miedo.» Cita a Pasternak: «La raíz de la belleza…»
– ¿Es usted?
Ella apartó la vista. En las casas del otro lado de la calle comenzaban a iluminarse las ventanas.
– No debo pensar en mis niños, sino en todos los niños -dijo, y Barley advirtió que dos lágrimas yacían olvidadas en sus mejillas.
Tomó otro trago de whisky y tarareó unos compases de Basie. Cuando la volvió a mirar, las lágrimas habían desaparecido.
– Él habla de la gran mentira -prosiguió Katya, como si acabara de recordarlo.
– ¿Qué gran mentira?
– Todo forma parte de la misma gran mentira, hasta la más pequeña pieza de repuesto del arma más insignificante. Incluso los resultados que se envían a Moscú están sujetos a la gran mentira.
– ¿Resultados? ¿Qué resultados? ¿Resultados de qué?
– No lo sé.
– ¿De pruebas?
Pareció haber olvidado su negación.
– Creo que sí. Él dice que los resultados de las pruebas son falseados deliberadamente para satisfacer las órdenes de los generales y las exigencias de producción oficial de los burócratas. Quizás es él personalmente quien los falsea. Es muy complicado. A veces habla de sus muchos privilegios de los que ha acabado por avergonzarse.
La lista de compras, lo había llamado Walter. Con amortiguado sentido del deber, Barley prescindió de los últimos puntos.
– ¿Ha mencionado proyectos concretos?
– No.
– ¿Ha mencionado que está implicado en sistemas de mando? ¿Cómo se controla al comandante de campo?
– No.
– ¿Le ha dicho alguna vez qué medidas se adoptan para impedir lanzamientos por error?
– No.
– Ha dado a entender alguna vez que podría hallarse ocupado en asuntos de proceso de datos?
Katya estaba cansada.
– No.
– ¿Le ascienden de vez en cuando? ¿Medallas? ¿Grandes fiestas a mediada que va subiendo el escalafón?
– Él no habla de ascensos, salvo para decir que todo está corrompido. Ya le he dicho que quizá se ha mostrado demasiado estruendoso en sus críticas al sistema. No sé.
Se había apartado de él. Su rostro permanecía oculto tras la cortina de sus cabellos.
– Será mejor que cualesquiera nuevas preguntas que quiera hacer se las haga usted mismo -dijo Katya, con el tono de quien hace las maletas para marcharse-. Quiere reunirse con usted en Leningrado el viernes. Va a asistir a una importante conferencia en una de las instituciones científicas militares.
Primero, se tambaleó el cielo, y luego, se percató del frío nocturno. Se había desplomado sobre él como una nube helada, aunque el cielo estaba despejado y la luna, cuando finalmente se detuvo, derramaba una cálida luz.
– Ha propuesto tres lugares y tres horas -continuó ella, con el mismo tono inexpresivo-. Usted acudirá a cada cita hasta que él consiga ir. Asistirá a una de ellas si puede. Le envía sus saludos y su agradecimiento. Le aprecia.
Dictó tres direcciones y se le quedó mirando mientras las anotaba en su Diario. Luego esperó mientras él tenía un acceso de estornudos, contemplando cómo se convulsionaba y maldecía a su Hacedor.
Cenaron como amantes exhaustos en un sótano con un viejo perro gris y una gitana que cantaba melancólicas canciones acompañándose de una guitarra. Quién era el dueño del local, quién permitía que existiese o por qué, eran misterios que Barley nunca se había molestado en resolver. Todo lo que sabía era que en alguna reencarnación anterior, en alguna olvidada feria del libro, había llegado allí borracho con un grupo de chiflados editores polacos y tocado Bendice esta casa con el saxofón de alguien.
Hablaron tensamente, y mientras hablaban el abismo que se abría entre ellos fue ensanchándose hasta que le pareció a Barley que englobaba la totalidad de su insignificancia. La miró, y le pareció que no tenía nada que ofrecerle que ella no poseyera ya en cantidades diez veces mayores. De ordinario, él le habría hecho una apasionada declaración de amor. Una zambullida en absolutos habría sido esencial para su necesidad de romper el ansia de una nueva relación. Pero en presencia de Katya no podía encontrar ningún absoluto que enfrentar a los suyos. Veía su propia vida como una serie de inútiles resurrecciones, un fracaso sustituido por otro. Le aterraba pensar que pertenecía a una sociedad que existía solamente en el materialismo y que tan poca atención dispensaba a sus grandes temas. Pero no podía decirle nada de todo eso. Decirle algo suponía atacar la imagen que ella tenía de él, y él no disponía de nada que ofrecer en su lugar.
Hablaron de libros, y Barley la veía distanciarse de él por momentos. Su rostro se tornaba distraído, su voz prosaica. Él la seguía, cantaba y bailaba, pero ella se había ido. La mujer formulaba las mismas insípidas observaciones que había estado escuchando todo el día mientras esperaba el momento de reunirse con ella. Dentro de unos minutos, pensó, le estaré hablando de «Potomac Boston» y explicándole que el río y la ciudad no se unen. Yeso era exactamente lo que estaba haciendo.
No fue hasta las once, cuando el dueño apagó las luces y él la acompañaba por la desierta calle hasta la estación del Metro, cuando empezó a comprender, contra todo cálculo razonable, que podría haber causado en ella una impresión comparable en cierta modesta manera a la que ella había causado en él. Le había cogido del brazo. Sus finos dedos reposaban a lo largo de la cara interior de su antebrazo, y caminaba a grandes pasos para mantenerse a su altura. La blanca boca del ascensor se hallaba abierta para recibirla. Las arañas de cristal centelleaban sobre ellos como árboles de Navidad invertidos, mientras él le daba el ceremonioso abrazo ruso: mejilla izquierda, mejilla derecha, mejilla izquierda y buenas noches.