– ¡Señor Blair! ¡Me pareció haberle visto! ¡Qué coincidencia! ¡Suba, le llevaremos a casa!
Barley subió al coche, y Wicklow, con su agilidad de acróbata, se deslizó en el asiento posterior, donde se dedicó a retirar la grabadora de la parte inferior de la espalda de Barley.
Le llevaron al «Odessa» y le dejaron allí. Tenían trabajo que hacer. El vestíbulo semejaba la terminal de un aeropuerto envuelto en espesa niebla. En cada sofá y cada sillón, huéspedes no oficiales, que habían pagado la tarifa ordinaria, dormitaban en la oscuridad, Barley los miró afablemente, arrugando la nariz. Algunos llevaban una especie de mono. Otros iban vestidos más formalmente.
– ¿Alguien quiere un pitillo? -exclamó en voz alta.
Silencio.
– ¿Alguien quiere un trago de whisky? -preguntó, sacando su botella, llena todavía en sus dos terceras partes, del bolsillo de su impermeable. Bebió él mismo largamente a manera de ejemplo, y luego, pasó la botella a lo largo de la fila.
Y así fue como le encontró Wicklow dos horas después en el vestíbulo, sentado campechanamente entre un grupo de agradecidos noctámbulos, saboreando un último trago antes de irse a la cama.
Capítulo IX
– ¿Quién diablos son los nuevos americanos de Clive? -murmuré a Ned mientras nos congregábamos como primitivos adoradores en torno al magnetófono de Brock en la sala de situación.
El reloj de Londres dio las seis. Victoria Street no había empezado aún su gruñido matutino. El chirrido del carrete sonaba como un coro de estorninos mientras Brock enrollaba la cinta. Había llegado por correo hacía media hora, tras haber viajado por tierra hasta Helsinki en valija diplomática y, luego, en avión especial, hasta Northolt. Si Ned hubiera querido escuchar a los tentadores técnicos, podríamos habernos evitado todo este costoso proceso, pues los brujos de Langley recomendaban un nuevo aparato que transmitía la palabra hablada con absoluta garantía. Pero Ned era Ned y prefería sus propios y comprobados métodos.
Se hallaba sentado ante su mesa y firmaba un documento que tapaba con la mano. Dobló el papel, lo metió en su sobre y selló la solapa antes de entregárselo a la alta Emma, una de sus ayudantes. Para entonces yo había desistido ya de esperar una respuesta, así que su vehemencia me sobresaltó.
– Unos malditos chanchulleros -exclamó.
– De Langley?
– Dios sabe. Seguridad.
– ¿De quién? -insistí.
Meneó la cabeza, demasiado furioso para contestar. ¿Era el documento que acababa de firmar lo que le irritaba, o era la presencia de los intrusos americanos? Eran dos. Los escoltaba Johnny, llegado de su puesto de Londres. Llevaban chaquetas deportivas y el pelo muy corto, y mostraban una pulcritud mormona que yo encontraba ligeramente repulsiva. Clive se hallaba entre ellos, pero Bob se había sentado significativamente en el otro extremo de la habitación junto con Walter, que presentaba un aire desdichado, yo supuse al principio que por causa de la hora. Hasta Johnny parecía desconcertado por la presencia de los dos americanos, e inmediatamente lo estuve yo también. Aquellos rostros desconocidos e inexpresivos no tenían cabida en el centro de nuestra operación y en un momento tan crucial. Eran como una congregación anticipada de plañideras ante una muerte esperada. Pero ¿de quién? Volvía a mirar a Walter, y mi inquietud aumentó.
Miré otra vez a los nuevos americanos, tan esbeltos, tan pulcros, tan anodinos. Seguridad, había dicho Ned. Pero ¿por qué? Y ¿por qué ahora? ¿Por qué miraban a todos menos a Walter? ¿Por qué Walter miraba a todos menos a ellos? ¿Y por qué Bob se mantenía apartado de ellos y Johnny seguía mirándose las manos? Agradecí ver interrumpidos mis pensamientos.
Oímos el resonar de pisadas en una escalera de madera. Brock había puesto en marcha el magnetófono. Oímos unos chasquidos y la maldición de Barley al golpearse contra el marco de la ventana. Luego, de nuevo pisadas mientras se encaramaba al tejado.
Es una sesión de espiritismo, pensé cuando nos llegaron sus primeras palabras. Barley y Katia nos estaban hablando desde el gran más allá. Quedaron olvidados los inmóviles desconocidos con sus rostros de verdugos.
Ned era el único de nosotros con auriculares. Constituían una importante diferencia. Lo descubrí más tarde, cuando me los puse. Se oye a las palomas de Moscú moviéndose en el alero y la rápida respiración dentro de la voz de Katya. Se oye el latido del corazón del agente a través de los micrófonos corporales.
Brock pasó toda la escena del tejado antes de que Ned ordenara una pausa. Sólo nuestros nuevos americanos parecían no sentirse afectados. Sus oscuras miradas nos rozaban a cada uno de nosotros, pero no se detenían en ninguna parte. Walter se estaba ruborizando.
Brock pasó la escena de la cena, y nadie rebulló tampoco: ni un suspiro, ni un crujido, ni una palmada, ni siquiera cuando detuvo la cinta y la rebobinó.
Ned se quitó los auriculares.
– Yakov Yefremovich, segundo apellido desconocido, treinta años en 1968, o sea nacido en 1938 -anunció, mientras cogía un impreso rosa de solicitud del montón que tenía delante y garrapateaba rápidamente en él-. Walter, ¿sugerencias?
Walter tuvo que hacer un esfuerzo. Parecía turbado, y su voz carecía de su habitual volubilidad.
– Yefrem. Científico soviético, otros apellidos desconocidos, padre de Yakov Yefremovich, fusilado en Vorkuta tras un amotinamiento en la primavera de 1952 -declaró sin mirar su libreta-. No puede haber tantos científicos Yefrem que fueran ejecutados por una sobredosis de inteligencia, ni aun en la época del amigo Stalin -añadió un tanto patéticamente.
Era absurdo, pero creí ver lágrimas en sus ojos. Quizás alguien ha muerto realmente, pensé, mirando de nuevo a nuestros dos mormones.
– ¿Johnny? -dijo Ned, escribiendo.
– Ned, creemos que tomaremos a Boris, desconocidos otros apellidos, viudo, profesor de Humanidades en la Universidad de Leningrado, casi setenta años, una hija, Yekaterina -dijo Johnny, sin dejar de mirarse las manos.
Ned cogió otro impreso, lo rellenó y lo echó en su bandeja de salida como si fuese dinero que le encantara tirar.
– Palfrey. ¿Quieres jugar?
– Apúntame para los periódicos de Leningrado, ¿quieres, Ned? -dije, tan alegremente como pude, ya que los americanos de Clive habían vuelto sobre mí sus oscuras miradas-. Quisiera conocer los participantes, ganadores y colocados de la Olimpíada de Matemáticas de 1952 -dije entre risas-. Y, para más seguridad, quizá sea mejor incluir también el 51 y el 53. Y, ya que tal, podemos añadir sus medallas académicas. «Se hizo licenciado en ciencias, doctor en ciencias. Hizo todo», ha dicho ella. ¿Podemos tener eso? Gracias.
Cuando quedaron anotadas todas las posturas, Ned miró a su alrededor para que Emma llevase los impresos al Registro. Pero eso no era suficientemente bueno para Walter, súbitamente resuelto a ser tenido en cuenta, pues, poniéndose en pie, avanzó servicialmente hacia la mesa de Ned, con las delgadas muñecas extendidas ante sí.
– Yo me encargo de todo -anunció con tono demasiado solemne, mientras cogía los rosados papeles y los apretaba contra el pecho-. Esta guerra es demasiado importante como para dejársela a nuestros generales del Registro, por irresistibles que puedan ser.
Y recuerdo haberme fijado en que nuestros mormones se le quedaron mirando todo el tiempo hasta que llegó a la puerta. Luego, se miraron uno a otro mientras le oíamos alejarse taconeando por el pasillo. Y no creo hablar con sabiduría retrospectiva cuando digo que sentí helárseme la sangre por Walter sin tener la más mínima idea de por qué.
– Un poco de aire campestre -me dijo Ned por el teléfono interior una hora después, cuando no había hecho más que sentarme de nuevo a mi mesa en la sede central. Dile a Clive que te necesito.