– Entonces será mejor que vayas, ¿no? -dijo Clive, ocupado todavía con sus mormones.
Habíamos tomado un «Ford» rápido en el parque móvil. Mientras conducía, Ned hizo caso omiso de mis escasos intentos de entablar una conversación y me entregó el expediente para que leyera en lugar de hablar. Llegamos a la campiña de Berkshire, pero él continuó en silencio. Y cuando Brock llamó por el teléfono del coche para darle alguna elíptica confirmación que necesitaba, se limitó a gruñir: «Entonces díselo», y tornó a sus meditaciones.
Estábamos a setenta kilómetros de Londres, en el planeta más sucio descubierto por el hombre. Eran los suburbios de la ciencia moderna, donde la hierba siempre está bien cortada. Los viejos pilares que flanqueaban la puerta estaban coronados por erosionados leones de piedra arenisca. Un cortés individuo vestido con una chaqueta deportiva de color marrón abrió la portezuela del lado de Ned. Su colega pasó un detector por debajo del chasis. Cortésmente, nos cachearon a los dos.
– ¿Podemos coger la cartera, caballeros?
– Sí -dijo Ned.
– ¿Le importa abrirla, señor?
– No.
– ¿Podemos meterla en la caja, caballeros? Supongo que no habrá ningún rollo de película virgen, ¿verdad, señor?
– Por favor -dije yo-. Métala en la caja.
Nos quedamos mirando mientras introducían la cartera en lo que parecía una carbonera verde y la volvían a sacar.
– Gracias -dije, cogiéndola de nuevo.
– Ha sido un placer, señor.
La furgoneta azul decía SÍGAME. Un perro alsaciano nos miraba ceñudo por entre los barrotes de la ventanilla posterior. Las puertas se abrieron electrónicamente, y más allá de ellas se veían montones de hierba cortada que semejaban montículos levantados sobre fosas comunes. Oliváceas colinas se extendían hacia el ocaso. Una nube con forma de hongo habría parecido completamente natural. Entramos en el aparcamiento. Un par de dardabasíes describían círculos en el cielo despejado. Una alta alambrada rodeaba los campos de heno. Edificios de ladrillo de los que no salía nada de humo se acurrucaban en valles artificiales. Un cartel apremiaba a la utilización de ropas protectoras en la zonas D a K. Una calavera y unas tibias decían «Está usted avisado». La furgoneta que marchaba delante de nosotros avanzaba a paso de funeral. Doblamos lentamente un recodo y vimos pistas de tenis vacías y torres de aluminio. Un tubo de color oscuro corría junto a nosotros, guiándonos hasta un grupo de cobertizos verdes. En su centro, sobre una pequeña eminencia del terreno, se alzaba el último vestigio de la era prenuclear, una casita de campo construida en piedra y ladrillo, con la palabra «Administrador» pintada sobre la cancela. Un hombre corpulento avanzó con paso ligero por el sendero irregularmente pavimentado para recibimos. Llevaba chaqueta deportiva y una corbata con doradas paletas de squash, y un pañuelo metido en el puño de la manga.
– Son ustedes de la Firma. Bien hecho. Yo soy O'Mara. ¿Quién de ustedes es quién? Le he dicho que se espere en el laboratorio hasta que le llamemos.
– Estupendo -dijo Ned.
O'Mara tenía el pelo rubio grisáceo, y una voz brusca y directa, enronquecida por el alcohol. Su cuello era grueso y sus dedos de atleta eran caoba manchada de nicotina. «O'Mara mantiene a raya a los científicos de pelo largo -me había dicho Ned en uno de los escasos momentos en que hablamos durante el viaje-. Es medio de personal, medio de seguridad.»
La sala tenía aspecto de estar atendida por prisioneros de guerra napoleónicos. Hasta los ladrillos de la chimenea habían sido abrillantados y pintadas de vivo color blanco las líneas de argamasa que había entre ellos. Nos sentamos en unos sillones tapizados en rosa, bebiendo ginebra con tónica y montones de hielo. En las relucientes vigas negras brillaban adornos de metal dorado.
– Acabo de volver de los Estados Unidos -recordó O'Mara, como si justificara nuestra reciente separación. Levantó su vaso y bajó la cabeza, encontrándolo a mitad de camino-. ¿Van ustedes mucho por allá?
– Ocasionalmente -dijo Ned.
– De vez en cuando -dije yo-. Cuando el deber lo exige.
– La verdad es que solemos enviar allá a algunos de nuestros muchachos. Oklahoma, Nevada, Utah. A la mayoría de ellos les gusta. A unos pocos les da la depresión y se vuelven a casa zumbando. -Bebió y se tomó unos momentos para tragar-. Visité su laboratorio de armas de Livermore, en California. Un sitio muy majo. Buen alojamiento. Dinero a porrillo. Se nos pidió que asistiéramos a un seminario sobre la muerte. Condenadamente macabro, si se piensa en ello, pero los tipos parecían creer que le vendría bien a todo el mundo, y los vinos eran extraordinarios. Supongo que cuando uno planea arrojar a las llamas a grandes sectores de la Humanidad debe saber cómo funciona la cosa.
Volvió a beber, tomándose todo el tiempo del mundo. La cima de la colina era a aquella hora un lugar muy tranquilo.
– Lo que era sorprendente es que muchas personas no habían pensado gran cosa en el asunto. Especialmente los jóvenes. Los mayores eran poco más escrupulosos, podían recordar la edad de la inocencia, si es que alguna vez existió. Si te mueres en el acto, eres una baja rápida, y si lo haces lentamente eres una baja demorada. Nunca me había percatado. Supongo que da un nuevo significado al valor de estar en el centro de las cosas. Pero estamos ya en la cuarta generación yeso lo suaviza todo. ¿Juegan ustedes al golf?
– No -respondió Ned.
– Me temo que no -dije yo-. Antes tomaba lecciones, pero el caso es que nunca me sirvieron de gran cosa.
– nos campos maravillosos, pero nos hacían alquilar los malditos carros «Noddy». Ni loco me encontrarán a mí en uno de esos cacharros. -Volvió a beber, con el mismo lento ritual-. Wintle es un tipo raro -explicó cuando hubo tragado-. Todos lo son, pero yo creo que Wintle más que la mayoría. Ha hecho socialismo, ha hecho cristianismo. Ahora está metido en rollos de contemplación y Tai Chi. Casado, gracias a Dios. Escuela secundaria, pero habla muy bien. Le quedan tres años.
– ¿Cuánto le ha dicho? -preguntó Ned.
– Siempre piensan que están bajo sospecha. Le he dicho que él no, y que mantenga cerrada su estúpida boca cuando la cosa haya terminado.
– ¿Y cree que lo hará? -pregunté. O'Mara meneó la cabeza.
– Nunca se sabe lo que hará la mayoría de ellos, cualquiera que sea la forma en que los tratemos.
Sonaron unos golpecitos en la puerta, y entró Wintle, un eterno estudiante de cincuenta y siete años. Era alto pero encorvado, con cabeza de pelo gris y rizado inclinada a un lado y un aire de vivacidad casi extinguida. Llevaba un jersey «Fair Isle» sin mangas, pantalones «Oxford» y mocasines. Se sentó con las rodillas juntas, manteniendo apartado su vaso de jerez como si fuese una retorta química que no le inspirase mucha confianza.
Ned había adoptado su aire profesional. Dejó a un lado sus arranques de mal humor.
– Estamos siguiendo el rastro a los científicos soviéticos -dijo, con tono inexpresivo-. Observando los elementos y características de su organización defensiva. Nada muy excitante, me temo.
– O sea que son ustedes de Inteligencia -dijo Wintle-. Me lo imaginaba, aunque no he dicho nada.
Se me ocurrió que era un hombre muy solitario.
– Ocúpese de sus jodidos asuntos, cualesquiera que sean -le aconsejó afablemente O'Mara-. Son ingleses y tienen un trabajo que hacer, igual que usted.
Ned sacó de una carpeta un par de hojas mecanografiadas y se las entregó a Wintle, que dejó el vaso sobre la mesa para cogerlas. Sus manos tenían abultados nudillos y sus dedos se encorvaban tensos, como los de un hombre suplicando ser liberado.
– Estamos tratando de maximizar parte de nuestro viejo material ya olvidado -dijo Ned, recurriendo a una jerga que en otra situación habría evitado-. Esto es una transcripción del informe verbal que usted presentó a su regreso de una visita a Akademgorodok en agosto de 1963. ¿Se acuerda de un tal comandante Vauxhall? No es precisamente una obra maestra literaria, pero menciona usted los nombres de dos o tres científicos soviéticos con los que nos agradaría tomar contacto si todavía existen y usted los recuerda.