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En el viaje de regreso, con la identificación de «Pájaro Azul» confirmada y telefoneada ya en mensaje cifrado a la Sección Rusa, Ned se mantuvo reservado y taciturno. Sin embargo, cuando llegamos a Victoria Street decidió súbitamente no dejarme marchar.

– Quédate -me ordenó, y me hizo bajar delante de él por la escalera del sótano.

A primera vista, la escena en la sala de situación era de la más pura alegría. El elemento central era Walter, plantado como un artista ante una pizarra tan grande como él y escribiendo en ella con rotuladores de colores los detalles de la vida de Savelyev. Si hubiera llevado blusa y sombrero de ala ancha, no habría tenido un aspecto más desenfadado. Sólo al cabo de unos instantes recordé la extraña aprensión que había experimentado por la mañana.

A su alrededor -lo que significaba detrás de él, pues la pizarra estaba apoyada contra la pared, debajo de los relojes- estaban Brock y Bob, y Jack, nuestro especialista en claves, y Emma, la ayudante de Ned, y una veterana empleada llamada Pat que era uno de los puntales del Registro Soviético. Tenían copas de champaña en la mano y todos sonreían, cada uno a su manera, aunque la sonrisa de Bob más parecía una mueca de dolor contenido.

– Un solitario tomador de decisiones -declamó enfáticamente Walter. Se inmovilizó un instante al oímos, pero no volvió la cabeza-. Un triunfador de cincuenta años sacudiendo los barrotes de su vida adulta, contemplando la mortalidad y una vida desperdiciada. Bueno, ¿no lo somos todos?

Retrocedió un paso. Luego, volvió a adelantarse y escribió una fecha. Después, tomó un trago de champaña. Y percibí en él algo macabro y aterrador, como si estuviera maquillando a un muerto.

– Viviendo toda su vida adulta en su centro secreto -continuó alegremente-. Pero manteniendo cerrada la boca. Tomando sus propias decisiones, por sí mismo, en la oscuridad, así Dios le bendiga. Siéndole indiferente que la historia le crucifique, cosa que probablemente hará. -Otra fecha, y la palabra OLIMPÍADA-. Se encuentra en el momento crítico. Más joven, le harían un lavado de cerebro. Más viejo, estaría buscando una sinecura que le asegurase una vida acomodada.

Bebió, todavía vuelto de espaldas a nosotros. Miré a Bob en busca de una explicación, pero él tenía la vista obstinadamente fija en el suelo. Miré a Ned. Sus ojos estaban posadas sobre Walter, pero su semblante carecía de expresión. Volví a mirar a Walter y vi que estaba respirando con una especie de desafiantes jadeos.

– Yo le inventé, estoy seguro -declaro Walter, indiferente, al parecer, al ambiente de consternación que le rodeaba-. Le he estado prediciendo durante años. -Escribió las palabras PADRE EJECUTADO-. Aun después de que lo reclutaran, el pobrecillo se esforzó en ser bueno. Él no era rastrero. No abrigaba resentimientos. Tenía sus dudas, pero, como suele ocurrir con los científicos, era un buen soldado. Hasta que un día…, ¡bingo! Se despierta y descubre que todo es un montón de basura y que ha desperdiciado su genio con una pandilla de gángsters incompetentes y, entretanto, ha llevado al mundo al borde de la destrucción. -Mientras le corría el sudor por las sienes, estaba escribiendo con violentos trazos: TRABAJANDO A LAS ÓRDENES DE ROGOV EN LA BASE DE PRUEBAS 109 EN KAZAJSTÁN-. Él no lo sabe, pero se ha sumado a la gran revolución menopáusica masculina rusa de los años 80. Ha pasado todas las mentiras, ha pasado Stalin, la rendija de luz de Kruschov y la larga noche de Brezhnev. Pero aún le queda un último impulso, una última posibilidad menopáusica de hacerse presente en el mundo. Y resuenan en sus oídos las nuevas consignas: revolución desde arriba, apertura, paz, cambio, valor, reconstrucción. Incluso está siendo alentado a rebelarse.

Jadeante o no, estaba escribiendo más rápidamente que nunca: TELEMETRÍA, PRECISIÓN.

– ¿Dónde caerán? -preguntaba retóricamente con respiración entrecortada-. ¿Cuánto de cerca llegarán cuántos a cuántos objetivos cuándo? ¿Cuál es la dilatación y temperatura de la piel? ¿Cuál es el efecto de la gravedad? Preguntas cruciales, y «Pájaro Azul» conoce las respuestas. Las conoce porque está encargado de hacer hablar a los misiles durante su vuelo… sin que lo oigan los americanos, que es su habilidad. Porque él ideó los sistemas de cifrado que burlan a los superespías americanos a la escucha en Turquía y China continental. Él ve todas las respuestas tal como son antes de que el Hermano Rogov las embrolle para sus dueños y señores de Moscú. Lo que, según «Pájaro Azul», es la especialidad de Rogov. «El profesor Vitaly Rogov es un maldito adulador», nos dice en el cuaderno número dos. Un juicio acertado. Eso es lo que es Vitaly Rogov. Un demostrable, plenamente pagado, servil y maldito adulador, cumpliendo sus normas y ganándose sus medallas y sus privilegios. ¿A quién nos recuerda eso? A nadie. Ciertamente, no a nuestro querido Clive. Así que «Pájaro Azul» no puede soportar más y confiesa su angustia a Katya, y Katya dice: «No lloriquees, haz algo.» Y ya lo creo que lo hace. Nos entrega toda maldita cosa a la que puede echar el guante. Las joyas de la Corona dobladas y redobladas. Textos cifrados, descifrados. Telemetría en claro. Claves retrospectivas para ayudarnos a comprobar. La verdad pura e incontaminada antes de que sea aderezada para consumo de Moscú. De acuerdo, es un tipo insignificante. ¿Quién no lo es, quién sirve de algo? -Tomó un último trago de su vaso, y vi que el centro de su rostro era una masa carmesí de dolor y turbación e indignación-. La vida es una chapuza -explicó, mientras me ponía el vaso en la mano.

Lo siguiente que supe fue que había pasado por delante de nosotros, escaleras arriba, y oímos las puertas de acero abrirse y cerrarse sucesivamente con estrépito tras él hasta que llegó a la calle.

– Walter era un riesgo -me explicó sucintamente Clive a la mañana siguiente, cuando le hablé del asunto-. Para nosotros, era simplemente excéntrico quizá. Pero para otros… -era lo más cerca de reconocer la existencia del sexo que le había visto jamás. Se reprimió rápidamente-. Le he cedido al Departamento de Instrucción -continuó, volviendo a su talante más gélido-. Provocaba demasiados enarcamientos de cejas en el otro lado.

Se refería al otro lado del Atlántico.

Así que Walter, maravilloso Walter, desapareció, y yo tenía razón, nunca volvimos a ver a los mormones y Clive no habló de ellos ni una sola vez. ¿Eran simples mensajeros de Langley, o habían formado su veredicto e impuesto su castigo? ¿Eran siquiera de Langley, o pertenecían a uno de los extraordinariamente abundantes grupos de iniciados a los que tantas objeciones había presentado Ned cuando se quejó a Clive de la lista de distribución de «Pájaro Azul»? ¿O eran lo que constituía objeto predilecto de los odios de Ned…, psiquiatras privados?

Fueran lo que fuesen, su efecto se dejó sentir en toda la Casa Rusia, y la ausencia de Walter se nos hacía patente como un boquete causado por los cañones de nuestro mejor aliado. Bob lo notaba y estaba avergonzado. Hasta el insensible Johnny se sentía confuso.

– Quiero que estés más cerca de la operación -me dijo Ned.

Parecía un pobre consuelo por la desaparición de Walter.

– Estás nervioso otra vez -dijo Hannah mientras caminábamos.

Era la hora de comer. Su oficina estaba cerca de Regent's Park. A veces, en días cálidos, nos tomábamos un sándwich juntos. A veces incluso nos dábamos una vuelta por el zoo. A veces, ella dejaba en paz al Instituto del Cáncer y acabábamos en la cama.

Le pregunté por su marido, Derek. Era uno de los pocos temas que teníamos en común. ¿Había vuelto a enfurecerse Derek? ¿La había pegado? A veces, en los tiempos en que éramos amantes a tiempo completo, yo solía pensar que era Derek quien nos mantenía unidos. Pero ahora ella no quería hablar de Derek. Quería saber por qué estaba yo nervioso.

– Han despedido a un hombre que apreciaba -dije-. Bueno, despedido, no, pero lo han arrojado al montón de basura.