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Una larga y deliciosa pausa.

– Le deseo un buen viaje, Barley -dijo ella.

La última comida con Zapadny fue un velatorio sin cadáver.

Eran catorce, todos hombres, los únicos huéspedes en el enorme restaurante del último piso de un nuevo hotel aún sin terminar. Los camareros llevaban los platos y desaparecían hacia las distantes afueras. Zapadny tenía que despachar exploradores para localizarlos. No había bebida, y muy poca conversación, a menos que Barley y Zapadny la sostuvieran entre ellos. Sonaba música enlatada de los años 50. Se oían numerosos martillazos.

– Pero te hemos preparado una gran fiesta, Barley -protestó Zapadny-. Vassily traerá sus tambores, Víctor te prestará su saxofón, un amigo mío que destila sus propios licores nos ha prometido seis botellas, habrá varios pintores y escritores extravagantes. Tiene todos los ingredientes para ser una depravada velada, y tienes el fin de semana para recuperarte. Dile a tu bastardo americano del Potomac que se vaya al infierno. No nos gusta que estés tan serio.

– Nuestros magnates son sus burócratas, Alik. Si los ignoramos es a nuestro propio riesgo. Como vosotros.

La sonrisa de Zapadny no era ni cordial ni indulgente.

– Incluso pensábamos que podrías haberte prendado de una de nuestras célebres bellezas de Moscú. ¿No puede la deliciosa Katya persuadirte para que te quedes?

– ¿Quién es Katya? -se oyó Barley responder a sí mismo, al tiempo que se preguntaba por qué no se había desplomado el techo.

Un regocijado murmullo se elevó en torno a la mesa.

– Estamos en Moscú, Barley -le recordó Zapadny, muy complacida consigo mismo-. Nada sucede sin que suceda algo. La clase intelectual es poco numerosa, todos estamos sin blanca y las llamadas telefónicas son gratis. No puedes cenar con Katya Orlova en un selecto e íntimo restaurante sin que por lo menos quince de nosotros estemos enterados de ello a la mañana siguiente.

– Fue una reunión estrictamente profesional -dijo Barley.

– Entonces, ¿por qué no te llevaste al señor Wicklow?

– Es demasiado joven -respondió Barley, y provocó otro acceso de regocijo ruso.

El tren nocturno a Leningrado sale de Moscú pocos minutos antes de la medianoche, tradicionalmente para que los innumerables burócratas rusos puedan reclamar el importe de un día más de dietas por el viaje. El compartimiento constaba de cuatro literas, y Wicklow y Barley tenían las dos de abajo hasta que una corpulenta dama rubia insistió en que Barley cambiara de lugar con ella. La cuarta litera se hallaba ocupada por un hombre de modales reposados y aspecto acomodado que hablaba un elegante inglés y tenía una expresión de tristeza en el rostro. Primero llevaba un traje oscuro de abogado; luego, un estridente pijama a rayas que le habría sentado bien a un payaso, pero su talante no se animó con su atuendo. Hubo más ajetreo cuando la dama rubia se negó a quitarse ni tan siquiera el sombrero hasta que los tres hombres hubieran salido ni pasillo. La armonía quedó restablecida cuando los llamó para que volviesen a entrar y, vestida con un chándal rosa con pompones en los hombres, les ofreció pastas de confección casera en agradecimiento a su galantería. Y cuando Barley sacó whisky, quedó tan impresionada que les invitó a comer salchichas también, insistiendo en que bebiesen a la salud de la señora Thatcher más de una vez.

– ¿De dónde es usted? -preguntó a Barley el hombre triste cuando se disponían a pasar la noche.

– De Londres -dijo Barley.

– Londres de Inglaterra. No de la luna, no de las estrellas, sino Londres de Inglaterra -confirmó el hombre triste y, a diferencia de Barley, pareció quedarse dormido enseguida. Pero un par de horas después, al detenerse el tren en una estación, reanudó la conversación-. ¿Sabe dónde estamos ahora? -preguntó, sin molestarse en comprobar si Barley estaba despierto.

– Creo que no.

– Si Ana Karenina estuviera viajando con nosotros esta noche y mirase a su alrededor, éste sería el lugar en que abandonaría al insatisfactorio Vronsky.

– Maravilloso -dijo Barley, completamente desconcertado. Se le había terminado el whisky, pero el hombre triste tenía coñac georgiano.

– Si quiere estudiar la enfermedad rusa, debe vivir en la ciénaga rusa.

Estaba hablando de Leningrado.

Capítulo X

Un cielo bajo y algodonoso permanecía suspendido sobre los palacios importados, confiriéndoles un aire adusto en su disfraz. Sonaba una música de verano en los parques, pero el verano colgaba tras de las nubes, dejando una blanquecina niebla nórdica que temblaba engañosamente sobre los venecianos canales. Barley caminaba y, como siempre que estaba en Leningrado, tenía la sensación de ir paseando por otras ciudades, ahora Praga, ahora Viena, ahora un trozo de París o un rincón de Regent's Park. Ninguna otra ciudad que él conociera ocultaba su pudor detrás de tantas fachadas hermosas ni hacía preguntas tan terribles con su sonrisa. ¿Quién rezaba en estas iglesias cerradas, irreal es? ¿Y al Dios de quién? ¿Cuántos cuerpos habían ahogado estos bellos canales o llevado flotando, helados, hasta el mar? ¿En qué otro lugar de la Tierra se ha construido a sí misma la barbarie monumentos tan bellos? Hasta las personas que pasaban por la calle, tan educadas, tan correctas, tan reservadas, parecían unidas entre sí por su monstruoso fingimiento. Y Barley, mientras vagaba y miraba a todas partes como cualquier turista -y contaba los minutos como cualquier espía-, sentía que él también formaba parte de su doblez.

Había estrechado la mano a un magnate americano que no era un magnate y compadecido con él a su esposa enferma, que no estaba enferma ni, probablemente, era su esposa.

Había dado instrucciones a un subordinado que no era subordinado suyo para que prestara auxilio en una emergencia que no existía.

Se estaba dirigiendo a una cita con un escritor que no era escritor pero que buscaba el martirio en una ciudad en la que podía encontrarse el martirio con toda facilidad aunque no lo anduviera uno buscando.

Estaba muerto de miedo y tenía una resaca que le duraba ya cuatro días.

Por fin era ciudadano de Leningrado.

Encontrándose en la Perspectiva Nevsky, se dio cuenta de que estaba buscando la cafetería habitualmente conocida como el «Saigón», un lugar para poetas, traficantes de drogas y especuladores, no para hijas de profesores. «Tu padre tiene razón -la oyó decir-. Siempre vencerá el sistema.»

Tenía su propio plano de la ciudad, cortesía de Paddy, una edición alemana con texto en varios idiomas. Cy le había dado un ejemplar de Crimen y Castigo, una manoseada edición en rústica de Penguin con una traducción que le resultaba desesperante. Había puesto las dos cosas en una bolsa de plástico. Wicklow había insistido. No cualquier bolsa, sino esta bolsa, que anuncia algún horrible cigarrillo americano y puede ser reconocida a quinientos metros de distancia. Ahora, su única misión en la vida era seguir a Raskolnikov en su fatídico viaje para asesinar a la vieja dama, y por eso era por lo que estaba buscando un patio que diera al canal Grivoyedev. Se entraba por unas puertas de hierro, y un frondoso árbol daba sombra. Se internó lentamente en él, mirando su Penguin y luego, cautelosamente, a las sucias ventanas, como si esperase ver rezumar la sangre de la vieja usurera por la pintura amarillenta. Sólo ocasionalmente dejaba vagar su mirada a esa desenfocada distancia media que es coto privado de las clases altas británicas y que comprende objetos tan extraños como gente que pasa, o que no pasa pero no hace nada; o la puerta que conducía a la calle Plejanova, que, decía Paddy, sólo muy pocas personas conocían en la ciudad, como los científicos que habían estudiado de jóvenes en el Litmo, a la vuelta de la esquina, pero que, por lo que Barley podía ver en su indolente búsqueda de accesos, no daban señales de volver.