Un sendero de gravilla discurría junto al banco. Barley se lanzó por él, estudiando las lnformationen que figuraban al dorso del plano doblado. Sobre el terreno, había dicho Ned, en una sesión consagrada a la macabra etiqueta de la profesión, la fuente es la estrella y la estrella decide si realizar el encuentro o abandonar.
Cincuenta metros separaban a Barley de su estrella, pero el sendero les unía como una línea prescrita. ¿Estaba andando demasiado de prisa o demasiado despacio? Un momento estaba casi tropezando con la pareja que iba delante de él, y al momento siguiente le estaban empujando a un lado desde atrás. Si no le hace caso, espere cinco minutos y vuelva a pasar entonces, había dicho Paddy. Mirando de soslayo por encima del plano, Barley vio a Goethe levantar la cara como si hubiera olido su proximidad. Vio la palidez de sus mejillas y las apagadas cuencas de sus ojos; luego, la blancura del periódico mientras lo doblaba como si fuese la manta de un campista. Vio que había algo anguloso y un tanto espasmódico en sus movimientos, de tal modo que a la mente desbocada de Barley se le presentaba como la figura disciplinada de un aparato de relojería en una ciudad suiza; ahora levanto mi blanca cara, ahora doy las doce con mi bandera blanca, ahora me enderezo y me alejo. Una vez doblado el periódico, Goethe se lo guardó en el bolsillo y dirigió una pedagógica mirada a su reloj de pulsera. Luego, con el mismo aire mecánico de ser invento de otro, ocupó su puesto en el ejército de transeúntes y caminó entre ellos en dirección al río.
El paso de Barley quedó ahora fijado, pues era el de Goethe. Éste recorría el sendero que conducía a una fila de coches aparcados. Con los ojos y el cerebro despejados, Barley caminó tras él y, al llegar a los coches, le vio parado, recortándose su figura sobre las rápidas aguas del Neva y con la chaqueta hinchada por la brisa que soplaba del río. Pasó un barco de recreo, pero sus pasajeros no daban ninguna muestra de estar recreándose. Una lancha carbonera, moteada de minio, se deslizó lentamente ante ellos, y el sucio humo que brotaba de su chimenea resultaba hermoso a la saltarina luz del río. Goethe se inclinó sobre la balaustrada y contempló fijamente la corriente como si calculase su velocidad. Barley se dirigió hacia él, arrastrando con lentitud los pies mientras se orientaba por su plano con creciente diligencia. Aunque oyó que le llamaban, en el inmaculado inglés que le había despertado en Peredelkino, no respondió inmediatamente.
– ¿Señor? Disculpe, señor. Creo que nos conocemos.
Pero Barley rehusó oír al principio. La voz era demasiado nerviosa, demasiado vacilante. Continuó mirando fijamente sus lnformationen. Debe de ser otro tipo que me quiere vender algo, se estaba diciendo a sí mismo. Otro de esos traficantes de drogas o alcahuetes.
– ¿Señor? -repitió Goethe, como si él mismo se sintiera ahora inseguro.
Sólo ahora, vencido por la insistencia del desconocido, accedió Barley de mala gana a levantar la cabeza.
– Creo que usted es el señor Scott Blair, señor, el prestigioso editor inglés.
Ante lo cual, Barley se resolvió finalmente a reconocer al hombre que le dirigía la palabra, primero con duda, luego con sincero pero mudo placer, al tiempo que le tendía la mano.
– Vaya, que me ahorquen -dijo en voz baja-. Santo Dios. El gran Goethe en persona. Nos conocimos en aquella ignominiosa fiesta literaria. Nosotros dos éramos los únicos serenos. ¿Cómo está usted?
– ¡Oh!, muy bien -respondió Goethe, mientras su tensa voz se iba afianzando. Pero su mano estaba resbaladiza de sudor cuando Barley se la estrechó. No sé cómo podría estar mejor en este momento. Bienvenido a Leningrado, señor Barley. Qué pena que yo tenga un compromiso para esta tarde. ¿Puede usted pasear un rato conmigo? ¿Podemos intercambiar ideas? -bajó ligeramente la voz y explicó-: Es más seguro mantenerse en movimiento.
Había cogido del brazo a Barley y le estaba llevando rápidamente a lo largo de la orilla. Su premura había ahuyentado de la mente de Barley todo pensamiento táctico. Barley miró a la oscilante figura que caminaba a su lado, la palidez de sus demacradas mejillas, las líneas de dolor, o de miedo, o de preocupación que las surcaban. Vio los asustados ojos posarse nerviosamente en cada rostro que pasaba. Y su único impulso fue protegerle: por el propio Goethe y por Katya.
– Si pudiéramos seguir caminando durante media hora, veríamos el acorazado Aurora, que disparó el cañonazo que desencadenó la Revolución. Pero la próxima revolución empezará con unas cuantas frases melodiosas de Bach. ¿Está de acuerdo?
– Y sin director -dijo Barley, con una sonrisa.
– O quizás un poco de ese jazz que usted toca tan espléndidamente. ¡Sí, sí! ¡Ya lo tengo! Usted anunciará nuestra revolución tocando a Lester Young al saxofón. ¿Ha leído la nueva novela de Rybakov? Veinte años prohibida y, por lo tanto, una gran obra maestra rusa. Yo creo que es un robo de tiempo.
– No se ha publicado en inglés todavía.
– ¿Ha leído la mía? -la delgada mano se había tensado sobre su brazo. La excitada voz se había convertido en un murmullo.
– Lo que he podido entender, sí. ¿Qué le parece?
– Es valiente.
– ¿Nada más que eso?
– s sensacional. Lo que he podido entender. Soberbio.
– Aquella noche nos reconocimos el uno al otro. Fue algo mágico. ¿Conoce nuestro refrán ruso: «Un pescador siempre ve a otro desde lejos»? Nosotros somos pescadores. Alimentamos a los miles de personas con nuestra verdad.
– Tal vez -dijo dubitativamente Barley, y notó que la delgada cabeza se volvía hacia él-. Debo hablar de ello con usted, Goethe. Tenemos uno o dos problemas.
– Por eso es por lo que ha venido usted. Y también yo. Gracias por venir a Leningrado. ¿Cuándo lo publicará? Tiene que ser pronto. Aquí los escritores esperan para publicar tres o cinco años, aunque no sean Rybakov. Yo no puedo hacer eso. Rusia no tiene tiempo y yo tampoco.
Pasó una fila de remolcadores, mientras un pequeño bote de dos plazas se bamboleaba en su estela. Dos enamorados se abrazaban en la barandilla. Y en la sombra de la catedral, una joven balanceaba un cochecito mientras leía el libro que sostenía con la mano libre.
– Al no acudir yo a la feria fonográfica de Moscú, Katya le dio su manuscrito a un colega mío -dijo cautelosamente Barley.
– Lo sé. Tuvo que correr el riesgo.
– Lo que usted no sabe es que el colega no pudo encontrarme a su regreso a Inglaterra. Así que se lo entregó a las autoridades. Personas discretas. Expertos.
Goethe se volvió bruscamente hacia Barley con súbita alarma, y su rostro adquirió una expresión consternada.
– No me gustan los expertos -dijo-. Son nuestros carceleros. Desprecio a los expertos más Que a nadie sobre la tierra.
– Usted mismo lo es, ¿no?
– ¡Por eso lo sé! Los expertos son adictos. ¡No resuelven nada! Son servidores del sistema que les contrate, cualquiera que sea. Ellos lo perpetúan. Cuando seamos torturados, seremos torturados por expertos. Cuando seamos ahorcados, nos ahorcarán expertos. ¿No ha leído lo que escribí? Cuando el mundo sea destruido, lo será no por sus locos, sino por la cordura de sus expertos y la superior ignorancia de sus burócratas. Usted me ha traicionado.
– Nadie le ha traicionado -replicó airadamente Barley-. El manuscrito se extravió, eso es todo. Nuestros burócratas no son sus burócratas. Lo han leído, lo admiran, pero necesitan saber más acerca de usted. No pueden creer el mensaje a menos que puedan creer en la fuente.
– ¿Pero quieren publicarlo?
– Ante todo, necesitan cerciorarse de que usted no es un fraude, y la mejor forma que tienen para ello es hablar con usted.
Goethe estaba caminando a zancadas grandes y demasiado rápidas, arrastrando a Barley consigo. Miraba fijamente ante sí y le corría el sudor por las sienes.