– Le preguntado sí o no.
Prométale cualquier cosa que pida dentro de lo razonable, había dicho Paddy. Pero, ¿qué era razonable?
– Está bien -respondió-. Sí.
Goethe devolvió a Barley el librito en rústica, y Barley, aturdido, se lo volvió a guardar en el bolsillo. Se abrazaron, y Barley olió a sudor y a humo de tabaco rancio y sintió de nuevo la desesperada fuerza de su despedida en Peredelkino. Goethe le soltó ahora tan bruscamente como le había agarrado y, con otra nerviosa mirada a su alrededor, echó a andar con pasos rápidos en dirección a la parada del trolebús. Y, mientras le miraba, Barley advirtió que el viejo matrimonio del café observaba también su marcha, desde la sombra de los árboles oscuros y azulados.
Barley estornudó, luego empezó a estornudar seriamente. Luego, estornudó de veras. Regresó al parque, con el rostro sepultado en el pañuelo mientras sacudía los hombros y estornudaba y volvía a estremecerse.
– ¡Hombre, Scott! -exclamó J. P. Henziger, con el desbordante entusiasmo de un hombre de gran actividad obligado a esperar, mientras abría la puerta de la habitación más grande del hotel «Europa»-. Scott, hoy es el día en que descubrimos quiénes son nuestros amigos. Pase, por favor. ¿Qué le ha retenido? Salude a Maisie.
Era un hombre de cuarenta y tantos años, musculoso y prensil, pero poseía la clase de rostro feo y amistoso al que normalmente Barley habría reaccionado al instante. Llevaba un pelo de elefante alrededor de una muñeca y una cadenilla de eslabones de oro alrededor de la otra. Medias lunas de sudor oscurecían sus axilas. Tras él apareció Wicklow, que cerró rápidamente la puerta.
Dos camas gemelas, cubiertas por colchas de color aceitunado, ocupaban el centro de la habitación. En una de ellas languidecía la señora Henziger, una gatita de treinta y cinco años sin maquillar y con las deshechas trenzas extendidas trágicamente sobre los pecosos hombros. Un hombre de traje negro permanecía con aire inquieto junto a ella. Llevaba gafas de montura amarilla. Un maletín de médico yacía abierto sobre la cama. Henziger continuó improvisando para los micrófonos.
– Scott, quiero que conozca al doctor Peter Bernstorf del Consulado General aquí, en Leningrado, un médico excelente. Le estamos muy agradecidos. Maisie va mejorando rápidamente. También le estamos agradecidos al señor Wicklow. Leonard se encargó del hotel, de la agencia de viajes, de la farmacia. ¿Qué tal le ha ido el día?
– Aguantando mecha -exclamó Barley, y por un momento el guión previsto amenazó irse al diablo.
Barley echó la bolsa sobre la cama y con ella el libro rechazado que llevaba en el bolsillo de la chaqueta. Con manos temblorosas, se quitó la chaqueta, soltó la correa del micrófono y lo echó con la bolsa y el libro. Se llevó la mano a la parte posterior de la cintura y, rechazando el ofrecimiento de ayuda por parte de Wicklow, se sacó de debajo del cinturón la pequeña grabadora y la echó también sobre la cama, de tal modo que Maisie dejó escapar un sofocado «mierda» y movió rápidamente las piernas a un lado. Dirigiéndose al lavabo, vació su botellín de whisky en un vaso de plástico, apretándose el pecho con el otro brazo como si le hubieran pegado un tiro. Luego, bebió y siguió bebiendo, indiferente a los movimientos, perfectamente organizados, que se desarrollaban a su alrededor.
Henziger, ágil como un gato pese a su corpulencia, cogió la bolsa, sacó el cuaderno y se lo echó a Bernstorf, que lo metió en su maletín, entre los frascos e instrumentos, donde desapareció misteriosamente. Henziger le pasó el libro, que se desvaneció también. Wicklow recogió la grabadora y la correa. Ambas fueron a parar también al maletín, que Bernstorf cerró mientras impartía sus últimas instrucciones a la paciente: nada de sólidos en cuarenta y ocho horas, señora Henziger, té, un trozo de pan moreno en todo caso, no deje de tomar todos los antibióticos, se sienta o no mejor. No había terminado cuando intervino Henziger.
– Y, doctor, si alguna vez va a Boston y necesita cualquier cosa, insisto, cualquier cosa, aquí tiene mi tarjeta y mi promesa y mi…
Con el vaso en la mano, Barley permaneció ante el lavabo, mirando con expresión ceñuda al espejo, mientras el maletín del Buen Samaritano avanzaba hacia la puerta.
De todas sus noches en Rusia y, pensándolo bien, de todas sus noches en cualquier lugar del mundo, ésta fue la peor de Barley.
Henziger había oído que acababa de abrirse en Leningrado un restaurante en régimen de cooperativa, siendo éste el eufemismo a la sazón utilizado para designar un negocio privado. Wicklow lo había localizado y había informado que estaba completo, pero las negativas constituían un desafío para Henziger. A fuerza de abundantes llamadas telefónicas y de propinas aún más abundantes, se les acabó colocando una mesa especial, a un metro de la peor y más estruendosa ópera gitana que Barley esperaba oír jamás.
Y allí se hallaban ahora sentados, celebrando la milagrosa recuperación de la señora Henziger. El maullido de los cantantes era amplificado por altavoces electrónicos. No había descansos entre los números.
Y en torno a ellos se sentaba la Rusia que Barley siempre había odiado pero que nunca había visto: los no tan secretos zares del capitalismo, los advenedizos industriales y consumidores ostentosos, los ricachones y especuladores del Partido, sus enjoyadas mujeres que apestaban a perfumes occidentales y a desodorante ruso, los camareros congregados alrededor de las mesas más ricas. Se elevaban las horribles voces de los cantantes, la música se elevaba para ahogarlas, se elevaban de nuevo las voces y la voz de Henziger se elevaba sobre todas ellas.
– Quiero que sepa algo, Scott -rugió, inclinándose excitadamente sobre la mesa en dirección a Barley-. Este pequeño país está en marcha. Huelo esperanza aquí, huelo cambios, huelo comercio. Y nosotros, en Potomac, estamos adquiriendo una parte de ello. Me siento orgulloso. -Pero su voz le había sido arrebatada por la banda-. Orgulloso -repitieron inaudiblemente sus labios frente a un millón de decibelios gitanos.
Y lo malo consistía en que Henziger era una buena persona y Maisie no lo era menos, lo que empeoraba las cosas. A medida que el tormento se prolongaba, Barley entró en el bienaventurado estado de la sordera. Dentro de la cacofonía descubrió su propia cámara de seguridad. Desde sus ventanas saeteras, su yo secreto miraba la noche blanca de Leningrado. ¿Adónde has ido, Goethe?, preguntó. ¿Quién la sustituye cuando ella no está aquí? ¿Quién remienda tus negros calcetines y te prepara tu aguada sopa mientras la arrastras del pelo a lo largo de tu noble y altruista camino a la autodestrucción?
De alguna manera, sin ser consciente de ello, debían de haber vuelto al hotel, pues despertó para encontrarse apoyado en el brazo de Wicklow entre los alcohólicos finlandeses que daban tumbos por el vestíbulo.
– Una gran fiesta -dijo a quien quisiera oírle-. La banda, espléndida. Gracias por venir a Leningrado.
Pero mientras Wicklow le remolcaba pacientemente para llevarle a la cama, la parte serena de Barley miró por encima de su hombro a lo largo de la amplia escalera. Y, en la oscuridad, junto a la puerta de entrada, vio a Katya, sentada con las piernas cruzadas y el bolso sobre el regazo. Vestía una chaqueta negra de pinzas. Llevaba un pañuelo blanco de seda anudado bajo la barbilla, y su rostro estaba vuelto hacia él con esa tensa sonrisa suya, triste y esperanzada, abierta al amor.
Sin embargo, al aclarársele la vista, la vio decirle alguna procacidad al portero y se dio cuenta de que se trataba, simplemente, de otra fulana de Leningrado en busca de clientes.
Y al día siguiente, a los sones de las más discretas de las trompetas británicas, nuestro héroe volvió a casa.
Ned no quería ceremonias, nada de americanos y, desde luego, tampoco Clive, pero estaba decidido a realizar algún gesto de bienvenida, así que nos fuimos en coche a Gatwick y, tras situar a Brock en la barrera de Llegadas con una tarjeta que decía «Potomac», nos instalamos en una sala de espera que el Servicio compartía de mala gana con el Foreign Office, entre una interminable discusión sobre quién se había bebido la ginebra.