Esperamos, el avión traía retraso. Clive telefoneó desde Grosvenor Square para preguntar «¿Ha llegado, Palfrey?», como si esperase que fuera a quedarse en Rusia.
Pasó otra media hora antes de que Clive telefoneara de nuevo, y esta vez fue el propio Ned quien atendió la llamada. No había hecho más que colgar el teléfono cuando se abrió la puerta y entró Wicklow, sonriendo angelicalmente pero arreglándoselas al mismo tiempo para lanzar una advertencia con los ojos.
Segundos después, entraba Barley, con el mismo aspecto de sus fotografías de vigilancia, a excepción de la palidez que le cubría el rostro.
– ¡Malditos cabrones! -exclamó antes de que Brock cerrara de golpe la puerta-. ¡Ese remilgado capitán con su acento de Surrey! Le mataré al muy cerdo.
Mientras Barley continuaba despotricando, Wicklow explicó discretamente la causa de su agitación. Su vuelo chárter desde Leningrado había sido ocupado por una delegación de jóvenes comerciantes británicos a quienes Barley había calificado arbitraria como yuppies de la peor especie, cosa que, por el ruido que hacían, eran, en efecto. Varios estaban ya borrachos cuando subieron al avión y los restantes no tardaron en estarlo. No llevaban más que unos cuantos minutos en el aire cuando el capitán, que, en opinión de Barley, fue el provocador del incidente, anunció que el avión acababa de salir del espacio aéreo soviético. Se elevó un griterío ensordecedor mientras la azafata recorría el pasillo repartiendo champaña. Luego, todos rompieron a cantar el ¡Rule, Britannia!
– A mí que me den siempre «Aeroflot» -bramó furiosamente Barley ante los congregados-. Vaya escribir a la compañía aérea. Voy a…
– Usted no va a hacer nada parecido -le interrumpió amablemente Ned-. Usted va a dejar que le demos nuestro más cálido y cordial recibimiento. Y después puede dar rienda suelta a su berrinche.
Mientras decía esto, continuó estrechando la mano de Barley hasta que éste acabó finalmente sonriendo.
– ¿Dónde está Walt? -preguntó, mirando a su alrededor.
– Me temo que ha tenido que salir a un trabajo -respondió Ned, pero Barley había perdido ya el interés. Su mano temblaba violentamente mientras bebía y lloraba un poco, cosa que Ned me aseguró era normal en los que volvían del lugar de la acción.
Capítulo XI
La pauta de los tres días siguientes, como los restos de un avión estrellado, fue minuciosamente examinada en busca de fallos técnicos, pero se encontraron muy pocos.
Tras su estallido en el aeropuerto, Barley entró en la fase radiante, sonriéndose mucho a sí mismo durante el viaje en coche, saludando con su habitual y recatado afecto los familiares puntos característicos del paisaje. También tuvo un acceso de estornudos.
Tan pronto como llegamos a la casa de Knightsbridge, donde Ned había decidido que Barley pasara la noche antes de volver a su piso, dejó caer su equipaje en el vestíbulo, abrazó a la señorita Coad y, declarándole amor eterno, le obsequió con un espléndido sombrero de piel de lince que ni Wicklow ni nadie pudieron recordar haberle visto comprar.
En este momento yo me separé de los demás. Clive me había ordenado que fuese al duodécimo piso para lo que él denominó «una discusión crucial», aunque resultó que lo que realmente quería era sonsacarme. ¿Estaba nervioso Scott Blair? ¿Se mostraba envanecido? ¿Cómo se sentía, Palfrey? Johnny estaba allí, escuchando, pero sin hablar apenas. Bob, dijo, había sido llamado a Langley para celebrar consultas. Yo les conté lo que había visto, nada más y nada menos. Los dos se sintieron desconcertados por las lágrimas de Barley.
– ¿Quieres decir que pretende volver? -preguntó Clive.
Esa misma noche, Ned cenó mano a mano con Barley. Esto no era todavía el informe de actuación. Era la toma de contacto. Las cintas revelan un Barley un tanto excitado y con voz ligeramente más agudo que de costumbre. Cuando yo me reuní con ellos para tomar café, estaba hablando Goethe, pero con artificial objetividad.
Goethe había envejecido, había perdido energía.
Goethe estaba realmente aterrorizado.
Goethe parecía haber dejado de beber. Estaba encontrando ánimos en algo distinto. «Debería haberle visto las manos, Harry, temblándole sobre aquel plano.
Deberías haber visto las tuyas, pensé, cuando bebías champaña en el aeropuerto.
De Katya habló solamente una vez esa noche, también de forma deliberadamente desprovista de emoción. Yo creo que estaba decidido a que supiéramos que no tenía sentimientos que controlar distintos de los nuestros. No se trataba de una argucia por parte de Barley. Con excepción de lo que nosotros le habíamos enseñado, sería incapaz de ello. Era su mismo temor a dónde podrían acabar sus sentimientos si no los mantenía unidos a nosotros.
Katya estaba más asustada por sus hijos que por ella misma, dijo, de nuevo con estudiada indiferencia. Suponía que eso les pasaba a la mayoría de las madres. Por otra parte, sus hijos eran los símbolos del mundo que deseaba salvar. Así que, en cierto sentido, lo que estaba haciendo era una especie de versión absoluta del amor materno, ¿no le parece, Nedsky?
Ned asintió. Nada más difícil que experimentar con los propios hijos, Barley, dijo.
Pero una chica maravillosa, insistió Barley, ahora con aire de protectora condescendencia. Quizá demasiado bravía también para el gusto actual de Barley, pero si a uno le gustaba que las mujeres tuviesen la fibra moral de Juana de Arco, entonces Katya era la indicada. Y era guapa. Sin discusión. Algo demasiado tosca para ser clásica, si entendíamos lo que quería decir, pero innegablemente impresionante.
No podíamos decirle que durante toda la semana habíamos estado admirando fotografías de ella, así que aceptamos su palabra.
A las once, quejándose de la diferencia horaria, Barley se derrumbó. Nos quedamos en el vestíbulo, viendo cómo se arrastraba escaleras arriba para irse a la cama.
– De todos modos, es buen material, ¿no? -preguntó, mientras se aferraba a la barandilla y nos miraba sonriente a través de sus gafitas redondas-. El nuevo cuaderno que nos ha dado. ¿Ya le han echado un vistazo?
– Los especialistas se están quemando las pestañas sobre él ahora -respondió Ned. No podía decirle que se lo estaban disputando como perros y gatos.
– Los expertos son adictos -dijo Barley, con otra sonrisa.
Pero permaneció en la escalera, balanceándose, mientras parecía buscar una línea de salida.
– Alguien debería hacer algo con estos micrófonos corporales, Nedsky. Tengo toda la maldita espalda llena de rozaduras. El próximo tipo que manden allá será mejor que tenga la piel más dura. A propósito, ¿dónde está tío Bob?
– Le manda recuerdos -dijo Ned-. Hay mucho trabajo últimamente. Espera reunirse pronto con usted.
– ¿Está de caza con Walt?
– Si lo supiese, no se lo diría -respondió Ned, y todos nos echamos a reír.
Recuerdo que esa noche recibí una llamada telefónica particularmente irrelevante de Margaret, mi mujer, sobre una multa por aparcamiento prohibido que le habían puesto en Basingstoke…, a su juicio, injustamente.
– Era mí sitio. Yo había puesto mi indicador, cuando aquel maldito hombrecillo con un «Jaguar» último modelo, uno blanco, de pelo negro y liso…
Me eché a reír imprudentemente y le sugerí que los «Jaguar» de pelo negro y liso no gozaban de trato especial en los parquímetros. El humor nunca fue el punto fuerte de Margaret.
A la mañana del día siguiente, domingo. Clive requirió de nuevo mi presencia, primero para sonsacarme acerca de la noche anterior y, luego, para oírme hablar clara y directamente con Johnny sobre asuntos tan esotéricos como si Barley podía legalmente ser nombrado empleado de nuestro Servicio y si, en caso afirmativo, el hecho de recibir nuestro dinero implicaba que había renunciado a ciertos derechos…, su derecho a representación legal en el supuesto de un litigio con nosotros, por ejemplo. Yo respondí en términos délficos, lo cual les fastidió, pero básicamente dije que la respuesta era «sí». Sí, había renunciado a esos derechos. O más exactamente, si, podíamos hacerle creer que lo había hecho, fuera legalmente cierto o no.