– Dos.
– Manténlos ocupados hasta que llegue yo ahí. ¿Te ha visto?
– No.
– Que no te vea. ¿Qué hayal otro lado de la calle?
– Una lavandería.
– ¿Está abierta?
– No.
– Espérame delante de ella. -Se volvió hacia Mary, que todavía estaba sonriendo-. Hay dos teléfonos en el «Arco de Noé», King's Cross -dijo, hablando muy despacio-. Inutilízalos ahora. Si la dirección tiene su propia línea, inutilízala también. Ahora. No me importa la escasez de personal técnico, inutilízalos ahora. Si hay cabinas telefónicas afuera, en la calle, inutilízalas todas, ahora.
Abandonamos el coche del Servicio y llamamos un taxi. Brock estaba esperando a la puerta de la lavandería, tal como se le había ordenado. Ben Lugg tenía el coche aparcado junto al bordillo. En la puerta se despachaban los billetes de entrada a 5,95. Ned caminó por delante de mí, pasó de largo junto a la mesa de los vigilantes sin dedicarles ni una mirada y avanzó hasta la parte delantera.
Nadie bailaba. La banda se estaba tomando un descanso. Barley se hallaba en el centro del escenario, delante de una silla dorada, tocando con el suave acompañamiento del contrabajo y los tambores. Un arco de ladrillo formaba una cámara de resonancia sobre él. Llevaba todavía su traje de editor y parecía haberse olvidado de quitarse la chaqueta. Luces de colores giratorias vagaban sobre él y se posaban ocasionalmente sobre su rostro, cubierto de sudor. Tenía una expresión yerta y remota. Mantenía sostenidas las notas largas, y comprendí que eran un réquiem por Andy y por cualquier otra persona que ocupara su atormentada mente. Un par de chicas se habían sentado en las sillas de la banda y le miraban sin pestañear. Una hilera de cervezas esperaba también su atención. En pie junto a él, se hallaba el inmenso Noé, con los brazos cruzados sobre el pecho, escuchando con la cabeza baja. Concluyó la pieza. Lenta y amorosamente, como si le vendara una herida a un amigo, Barley limpió su saxo y lo depositó en su estuche. Noé no permitió aplausos, pero se elevó en la sala un rumoroso sonido mientras todo el mundo hacía chasquear los dedos y se oían voces de «otra», pero Barley no hizo ningún caso. Bebió un par de cervezas, agitó la mano en señal de despedida y, abriéndose paso delicadamente por entre la multitud, se dirigió hacia la puerta. Fuimos tras él, y, cuando salimos a la calle, Ben Lugg se acercó en el coche con la bandera levantada.
– A «Mo's» -ordenó Barley, mientras se dejaba caer en el asiento trasero. Había sacado de alguna parte otro frasco de whisky y estaba desenroscando el tapón-. Hola, Harry. ¿Qué tal el amor a distancia?
– Estupendo, gracias. Lo recomiendo.
– ¿Dónde diablos está «Mo's»? -preguntó Ned, mientras se instalaba junto a él y yo tomaba asiento en el traspuntín.
– En Tufnell Park. Debajo del «Falmouth Arms».
– ¿Buen sonido? -preguntó Ned.
– El mejor.
Pero no era la falsa alegría de Barley lo que me alarmaba. Era su aire de lejanía, el apagado brillo de sus ojos, la forma en que se mantenía encerrado dentro de la inexpugnable fortaleza de la cortesía británica.
Mo era una rubia de cincuenta y tantos años, que se pasó un rato besando a Barley antes de dejar que nos sentásemos a su mesa. Barley tocó unos blues y Mo quería que se quedase, yo creo que a pasar la noche, pero Barley no podía permanecer mucho tiempo en ninguna parte, así que fuimos a una pizzería con orquestina de Islington donde tocó otro solo, y Ben Lugg entró con nosotros a tomarse una taza de té y escuchar. Ben había sido boxeador en sus tiempos y todavía hablaba de este deporte. Desde Islington cruzamos el río hasta el «Elephant» para oír a un grupo negro que tocaba soul en un garaje de autobuses. Eran las cuatro y cuarto, pero Barley no mostraba señales de tener sueño; prefirió quedarse con el grupo bebiendo combinaciones de cacao y licores, en jarras de porcelana de medio litro. Cuando por fin conseguimos llevarle suavemente hacia el taxi de Ben, las dos chicas del local de Noé reaparecieron como salidas de la nada y se sentaron una a cada lado de él en el asiento trasero.
– Venga de ahí, muchachas -dijo Ben, mientras Ned y yo esperábamos en la acera-. Largo.
– Quedaos donde estáis -les aconsejó Barley.
– No es vuestro taxi, queridas. Es de ese tipo -señalando a Ned-, así que largaos como buenas chicas.
Barley lanzó un puñetazo contra la cabeza de Ben, que se hallaba adornada con un sombrero flexible. Ben paró el golpe como un hombre que aparta una telaraña y, con el mismo movimiento, sacó cuidadosamente del coche a Barley y se lo entregó a Ned, quien, con el mismo cuidado, le sujetó, inmovilizándole los brazos.
Todavía con el sombrero puesto, Ben desapareció en la trasera del coche y reapareció con una chica agarrada de cada mano.
– ¿Por qué no vamos todos a tomar un poco el aire? -sugirió Ned, mientras Ben daba a cada una de las chicas un billete de diez libras para que se esfumaran.
– Buena idea -dijo Barley.
Así pues, cruzamos el río en lenta procesión, con los vigilantes de Brock cerrando la marcha y el coche de Ben Lugg siguiéndonos lentamente. Un alba gris comenzaba a clarear sobre los muelles.
– Lo siento -dijo Barley al cabo de un rato-. No ha pasado nada, ¿eh, Nedsky?
– No que yo sepa -dijo Ned.
– Hay que estar alerta -advirtió Barley-. Tu país te necesita alerta. ¿Verdad, Nedsky? Es sólo que me entraron ganas de tocar un poco de música -me explicó-. ¿Le gusta la música, Harry? Un amigo mío solía tocarle piezas por teléfono a su chica. Sólo piano, no saxo, pero decía que resultaba eficaz. Podría usted probarlo con su parienta.
– Mañana nos vamos a América -dijo Ned.
Barley no dio mayor trascendencia a la noticia.
– Les sentará muy bien. Es una buena época del año. Yo diría que es cuando más bonito está el país.
– En realidad, también le sentará bien a usted -dijo Ned-. Pensábamos llevarle con nosotros.
– Trajes de calle, ¿no? -preguntó Barley-. ¿O es mejor que meta un smoking en la maleta por si acaso?
Capítulo XII
Volamos a la isla en un pequeño avión y llegamos al atardecer. El avión pertenecía a una gran corporación americana. Nadie dijo a quien pertenecía la isla. Era estrecha y boscosa, su parte central descendía hacia el mar y sus extremos se erguían en dos picos cónicos, de tal modo que la impresión que me dio al contemplarla desde el aire fue la de una tienda beduina desplomándose en el Atlántico. Calculé que tendría unos tres kilómetros de longitud. Vimos en un extremo la mansión, construida al estilo de Nueva Inglaterra, con sus terrenos adyacentes en un lado, y en el otro el pequeño embarcadero blanco, aunque más tarde supe que llamaban a la mansión casa de verano porque nadie iba allí en invierno. Había sido edificada a principios de siglo por un rico bostoniano, en los tiempos en que estas gentes se llamaban a sí mismas veraneantes. Notamos que las alas se balanceaban y percibimos el olor salobre del mar a través de las retemblantes ventanillas de la cabina. Veíamos manchas de sol moviéndose sobre las olas como reflectores danzantes, y cuervos marinos luchando en el viento. Un faro se alzaba en el continente, al Oeste. Habíamos estado siguiendo la costa de Maine durante 58 minutos de mi reloj. Los árboles ascendieron por ambos lados en torno a nosotros, se desvaneció el cielo, y de pronto estuvimos rebotando y balanceándonos por una avenida de hierba a cuyo extremo esperaban Randy y sus muchachos con un jeep. Randy era fuerte y sano como sólo los americanos privilegiados pueden serlo. Llevaba un grueso chaquetón y lucía también corbata. Me dio la impresión de que conocía a su madre.
– Soy su anfitrión aquí, caballeros, durante todo el tiempo que quieran quedarse, y sean bienvenidos a nuestra isla. -Estrechó primero la mano de Barley. Debían de haberle enseñado fotografías-. Señor Brown, señor, es un verdadero honor. ¿Ned? ¿Harry?