– ¿Se le habría destrozado el corazón si los soviéticos hubiesen empleado métodos menos enérgicos?
– Supongo que no. Yo creo que habría sido un hombre feliz hasta su muerte.
Sheriton se secó las palmas de las manos en el pañuelo y, como un Oliver Twist crecidito, llevó de nuevo su taza de café al aparador, sujetándola con las dos manos, y allí desenroscó la capa del termo y miró tristemente su interior antes de servirse otra taza.
– Bellotas -se lamentó-. Recogen bellotas, las exprimen y sacan café de ellas. Eso es lo que hacen aquí. -Había una silla vacía junto a Bob. Sheriton se sentó en ella y suspiró-. ¿Me permite que se lo explique un poco, señor Brown? Ya no hay lugar en la vida para valorar por sus propios méritos a cada humilde miembro de la familia humana, ¿de acuerdo? Así que todo el mundo que es alguien tiene un historial. Aquí está el suyo. Su padre era un simpatizante comunista que acabó sintiéndose desilusionado. En los ocho años transcurridos desde su muerte, usted ha realizado no menos de seis visitas a la Unión Soviética. Ha vendido a los soviéticos exactamente cuatro piojosos libros de su propia lista y publicado exactamente tres de ellos. Dos horribles novelas modernas que no produjeron ningún beneficio y una bazofia sobre acupuntura de la que se vendieron dieciocho ejemplares. Está usted al borde de la bancarrota, no obstante lo cual calculamos que en estos viajes se ha gastado doce mil libras y ha obtenido unos ingresos de mil novecientos. Es usted divorciado, individualista y fruto típico del sistema educativo británico. Bebe como si estuviera regando usted solo el desierto y elige amigos del círculo de jazz con unos pasados que hacen que Benedict Arnold parezca Shirley Temple. Visto desde Washington, es usted desenfrenado. Visto desde aquí, es muy comedido, pero ¿cómo se lo explico yo a los fanáticos miembros del próximo subcomité del Congreso a quienes se les ha metido en la cabeza poner en la picota el material de Goethe porque pone en peligro la Fortaleza América?
– ¡Por qué la pone en peligro? -preguntó Barley.
Creo que todos nos sentimos sorprendidos por su calma. Sheriton, ciertamente, lo estaba. Hasta entonces se hallaba mirando a Barley por encima del hombro, afectando una postura de consternación mientras explicaba su dilema. Ahora se irguió y miró de frente a Barley con expresión burlona.
– ¿Perdón, señor Brown?
– ¿Por qué les asusta el material de Goethe? Si los rusos no pueden disparar derecho, la Fortaleza América debería estar saltando de alegría.
– ¡Oh!, y lo estamos, señor Brown, lo estamos. Estamos embelesados. No importa que todo el poderío militar americano esté invertido partiendo de la creencia de que el material soviético es de una precisión absoluta. No importa que la percepción de la precisión soviética lo sea todo en este juego. Que con precisión pueda uno abalanzarse contra el enemigo cuando menos se lo espera, coger desprevenidos a sus proyectiles balísticas intercontinentales y dejarle en la imposibilidad de responder adecuadamente. Mientras que sin precisión, más le vale a uno no intentarlo porque es entonces cuando el enemigo se revuelve y arrebata a uno sus veinte ciudades favoritas. No importa que se hayan destinado millones y millones de dólares y cantidades ingentes de retórica política a cultivar la pesadilla de un primer golpe soviético y el escaparate americano de vulnerabilidad. No importa que todavía hoy la idea de la supremacía soviética sea el principal argumento en favor de la guerra de las galaxias y el principal juego estratégico en las fiestas de sociedad de Washington. -Para mi asombro, Sheriton cambió bruscamente de tono y habló con el acento de un campesino del Profundo Sur, arrastrando las sílabas-. Tenemos tiempo de hacer saltar por los aires a esos tipos antes de que ellos hagan lo mismo con nosotros. Este viejo planeta no es lo bastante grande para dos superpotencias, señor Brown. ¿A favor de cuál está usted, señor Brown, cuando llegue el momento?
Luego hizo una pausa, mientras su fláccido rostro reanudaba su contemplación de las numerosas injusticias de la vida.
– Y yo creo en Goethe -continuó, con tono de sobresalto-. Yo estoy completamente a favor de Goethe desde el día mismo en que hizo su aparición. Goethe es para mí una fuente generosa cuyo momento ha llegado. ¿Y sabe qué me indica eso? Me indica que debo creer también en el señor Brown y que el señor Brown debe ser muy sincero conmigo, o estoy perdido. -Se llevó reverentemente una mano a la parte izquierda del pecho-. Yo creo en el señor Brown, creo en Goethe, creo en el material. Y estoy asustado.
Algunas personas cambian de ideas, estaba pensando yo. Algunas personas cambian de planes. Pero se necesita ser Russell Sheriton para anunciar que ha visto la luz en el camino de Damasco. Ned le estaba mirando con incredulidad. Clive había optado por admirar las taqueras. Pero Sheriton permanecía mirando con expresión consternada su café, reflexionando en su mala suerte. De sus jóvenes, uno tenía la barbilla apoyada en la mano mientras se contemplaba la puntera de su zapato Harvard. Otro estaba escrutando el mar a través de la ventana como si la verdad pudiera tal vez encontrarse allá fuera.
Pero nadie miraba a Barley. Nadie parecía tener valor para ello. Permanecía sentado, inmóvil y con aspecto juvenil. Nosotros le habíamos dicho un poco, pero nada como esto. Y mucho menos le habíamos dicho que el material de «Pájaro Azul» había enfrentado violentamente a las facciones industriales y militares y provocado rugidos de ultraje en algunos de los más sórdidos grupos de presión de Washington.
El viejo Palfrey habló por primera vez. Al hacerla, experimenté la impresión de estar desempeñando un papel en el teatro del absurdo. Era como si el mundo real huyera de debajo de nuestros pies.
– Lo que Haggarty está preguntando -dije-, es lo siguiente. ¿Va a someterse voluntariamente al interrogatorio de los americanos, a fin de que éstos puedan formarse una idea definitiva de la fuente? Puede responder negativamente. La elección es suya. ¿No es así, Clive?
Esto no le gustó ni pizca a Clive, pero asintió de mala gana antes de volver a zambullirse bajo el horizonte.
Los rostros del círculo se habían vuelto hacia Barley como flores al sol.
– ¿Qué responde? -le pregunté.
Durante un rato permaneció en silencio. Se estiró, se pasó el dorso de la muñeca por la boca, apareció vagamente azorado. Se encogió de hombros. Miró hacia Ned, pero no pudo encontrar sus ojos, así que volvió la vista hacia mí con cierta turbación. ¿Qué estaba pensando, si es que pensaba en algo? ¿Que decir «no» sería apartarse para siempre de Goethe? ¿De Katya? ¿Había llegado siquiera a prever esa posibilidad? Hoy es el día en que aún no lo sé. Sonrió, aparentemente aturdido.
– ¿Qué opina usted, Harry? ¿Vaya ello? ¿Qué dice mi abogado?
– Es más bien cuestión de qué dice el cliente -respondí con suavidad, correspondiendo a su sonrisa.
– Nunca lo sabremos si no probamos, ¿verdad?
– Supongo que no -respondí.
Lo cual parece ser lo más cerca que estuvo jamás de decir: «Lo haré.»
– Yale tiene esa clase de sociedades secretas, ¿sabes, Harry? -me estaba explicando Bob-. Bueno, la verdad es que está lleno de ellas. Si has oído hablar de Tibias y Calavera, Rollo y Llave, sólo has oído la punta del iceberg. Y estas sociedades hacen hincapié en el equipo. Harvard… bueno, Harvard sigue la dirección contraria y apuesta por el talento individual. Y así también la Agencia, cuando pone a proa a esas aguas en busca de reclutas, suele elegir sus hombres de equipo en Yale y sus grandes figuras en Harvard. No llegaré hasta el extremo de decir que todo hombre de Harvard es una prima donna o que todo hombre de Yale rinde obediencia ciega a la causa, pero ésa es en líneas generales la tradición. ¿Es usted un hombre de Yale, señor Quinn?