– Entonces, ¿por qué se arriesgan? -objeté-. Si no es un programa popular, ¿por qué mantenerlo?
Y, de pronto, no supe dónde meterme.
No es frecuente que el viejo Palfrey ponga fin a una conversación, haga que todas las cabezas se vuelvan con asombro hacia él. Y ciertamente, no lo había pretendido esta vez. Sin embargo, Ned y Bob y Clive me estaban mirando como si hubiera perdido la razón, y los jóvenes de Sheriton -teníamos dos de ellos, si no recuerdo mal- dejaron cada uno sus tenedores y empezaron a secarse los dedos en sus servilletas.
Sólo Sheriton parecía no haber oído. Había decidido que un poco de queso no le haría ningún daño después de todo. Había atraído hacia sí la mesita auxiliar y examinaba el surtido. Pero ninguno de nosotros imaginaba que el queso absorbiera sus pensamientos, y no había para mí ninguna duda de que estaba ganando tiempo mientras reflexionaba en si debía responder y cómo.
– Harry -empezó cuidadosamente, dirigiéndose no a mí, sino a un trozo de queso danés-. Harry, le juro que tiene usted delante a un hombre consagrado a la paz y al amor fraterno. Quiero decir con esto que mi ambición fundamental es atacar a los belicistas del Pentágono de tal modo que nunca vuelvan a decirle al Presidente de los Estados Unidos que veinte conejos hacen un tigre, o que todo pesquero a cinco kilómetros de puerto es un submarino nuclear soviético al acecho. Tampoco quiero oír más idioteces sobre hacer agujeritos en el suelo para sobrevivir a una guerra nuclear. Yo soy un glasnóstico, Harry. He realizado ciertos descubrimientos sobre mí mismo. Nací glasnóstico, mis padres son viejos glasnósticos de toda la vida. Para mí, el glasnosticismo es una forma de vida. Yo quiero que mis hijos vivan.
– No sabía que tuviese usted hijos -dijo Ned.
– En sentido figurado -respondió Sheriton.
Pero si se prescindía de la envoltura, Sheriton nos estaba presentando una versión veraz de su nueva personalidad. Ned lo notaba. Yo lo notaba. Y, si Clive no lo notaba, era sólo porque había reducido deliberadamente sus percepciones. Se trataba de una verdad que radicaba no tanto en sus palabras, que con frecuencia iban destinadas a oscurecer sus sentimientos más que a expresarlos, cuanto en una nueva e irreprimible humildad que había impregnado sus modales desde sus azarosos días en Londres. A sus cincuenta años, después de un cuarto de siglo como camorrista de la guerra fría, Russell Sheriton estaba, por utilizar la expresión de Walter, sacudiendo los barrotes de su edad madura. Nunca se me había ocurrido que pudiera llegar a tenerle simpatía, pero aquella noche estaba empezando a cobrársela.
– Brady es listo -nos advirtió Sheriton con un bostezo mientras nos retirábamos-o Brady puede oír crecer la hierba.
Y Brady, se le mirara como se le mirase, era listo como pocos.
Se le notaba en su inteligente rostro y en la serena inmovilidad de su cuerpo. Su vieja chaqueta deportiva era más vieja que él, y al verle entrar en la sala se daba uno cuenta de que se complacía en carecer por completo de espectacularidad. Su joven ayudante llevaba también una chaqueta deportiva y, como su jefe, mostraba un elegante -desaliño.
– Parece que ha hecho usted una cosa magnífica, Barley -dijo alegremente Brady con su deje meridional, al tiempo que dejaba sobre la mesa su cartera de mano-. ¿Alguien le ha dado las gracias? Yo soy Brady y soy ya demasiado viejo como para andar con nombres chuscos. Éste es Skelton. Gracias.
De nuevo la sala de billar, pero sin la mesa y las sillas de respaldo recto de Quinn. En su lugar, nos hallábamos cómodamente retrepados en mullidos cojines. Se estaba fraguando una tormenta. Las vestales de Randy habían cerrado las contraventanas y encendido las luces. Cuando se levantó el viento, la mansión entera empezó a resonar como una hilera de botellas en un estante. Brady abrió su cartera, una joya de los tiempos en que sabían hacerlas. Como el profesor universitario que ocasionalmente era, llevaba una corbata azul de punto.
– Barley, ¿he leído en alguna parte, o estoy soñando, que en otro tiempo tocó usted el saxo en la banda del gran Ray Noble?
– En aquellos tiempos era un chico imberbe, Brady.
– ¿No era Ray el hombre más bondadoso que jamás ha conocido? ¿No hacía la mejor música que haya oído nunca? -preguntó Brady como sólo los meridionales pueden hacer.
– Ray era el más grande -Barley tarareó unos compases de Cherokee.
– Lástima lo de su política -dijo Brady, sonriendo-. Todos intentamos disuadirle de aquella estupidez, pero Ray no se avino a razones. ¿Ha jugado alguna vez con él al ajedrez?
– Sí, en efecto.
– ¿Quién ganó?
– Yo, creo. No estoy seguro. Sí, yo.
Brady sonrió.
– Yo también.
Skelton sonrió igualmente, a su vez.
Hablaron de Londres y de en qué parte de Hampstead vivía Barley: «Me encanta esa zona, Barley. Hampstead es mi idea de la civilización.» Hablaron de las bandas en que Barley había tocado. «¡Dios mío, no me diga que él anda todavía por ahí! ¡A su edad yo ni siquiera compraría plátanos verdes!» Hablaron de política británica, y Brady simplemente tenía que saber cómo era que Barley tenía tan mala opinión de la señora T.
Barley pareció verse obligado a reflexionar sobre eso y al principio guardó silencio. Quizás había captado la mirada de advertencia de Ned.
– Qué diablos, Barley, no es culpa suya si no tiene ningún adversario de categoría, ¿no?
– La mujer es una maldita comunista -gruñó Barley, para secreta alarma del bando británico.
Brady no se rió. Se limitó a enarcar las cejas y esperar, como hicimos todos.
– Dictadura electiva -continuó Barley, haciendo acopio de energías-. Mil piernas buenas, dos piernas piojosas. Dios bendiga a la corporación y maldiga al individuo.
Pareció disponerse a desarrollar esta tesis y luego cambió de idea y, para alivio nuestro, dejó las cosas como estaban.
Fue, sin embargo, un comienzo bastante intrascendente, y al cabo de diez minutos Barley debía de sentirse cómodo. Hasta que, con sus lánguidos modales, Brady llegó a «esta cosa actual en que usted se ha metido, Barley» y propuso que Barley hiciera de nuevo todo el recorrido con sus propias palabras, «pero centrándose en aquella histórica entrevista que ustedes dos tuvieron en Leningrado».
Barley accedió a los deseos de Brady, y, aunque quiero pensar que escuché tan atentamente como él, no oí en el relato de Barley nada que me pareciese contradictorio o particularmente revelador más allá de lo que ya figuraba registrado.
Y a primera vista, tampoco Brady pareció oír nada sorprendente, pues, cuando Barley hubo terminado, le dirigió una tranquilizadora sonrisa y dijo, con tono de aparente aprobación:
– Bueno, gracias, Barley. -Sus delgados dedos rebuscaron entre sus papeles-. Siempre digo que lo peor de espiar es el tener que andar haraganeando. Debe de parecerse a ser piloto de combate -dijo, seleccionando una hoja y observándola atentamente-. Un momento está en su casa cenando y al momento siguiente está zumbando a mil doscientos kilómetros por hora. Y luego, de vuelta otra vez en casa a tiempo para lavar los platos. -Al parecer, había encontrado lo que buscaba-. ¿Es eso lo que sintió usted, Barley, allá en Moscú?