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– ¿Eso fue todo?

– Sólo un sombrero. Uno nada más.

– ¿Cuánto tiempo tardó?

– Tuve que hacer cola.

– ¿Cuánto tardó?

– No lo sé.

– ¿Qué más hizo?

– Nada. Compré un sombrero.

– Está mintiendo, Barley. No gravemente, pero, sin duda alguna, está mintiendo. ¿Qué más hizo?

– La telefoneé.

– ¿A la señorita Coad?

– A Katya.

– ¿Desde dónde?

– Desde una oficina de Correos.

– ¿Cuál?

Ned se había puesto una mano sobre la frente como para protegerse los ojos del sol. Pero la tormenta había comenzado ya, y al otro lado de la ventana el cielo y el mar se habían ennegrecido.

– No sé. Un sitio grande. Cabinas telefónicas bajo una especie de voladizo de hierro.

– ¿La llamó a su oficina o a su casa?

– A la oficina. Eran horas de oficina. A su oficina.

– ¿Por qué no le oímos hacerlo en las cintas?

– Las desconecté.

– ¿Cuál era el objeto de la llamada?

– Quería asegurarme de que se encontraba bien.

– ¿Cómo lo hizo?

– Dije hola. Ella dijo hola. Yo dije que estaba en Leningrado, que me había reunido con mi contacto y que todo iba bien. Cualquiera que escuchase pensaría que estaba hablando de Henziger. Katya sabría que estaba hablando de Goethe.

– Me parece razonable -dijo Brady con indulgente sonrisa.

– Dije que adiós otra vez hasta la feria del libro de Moscú y que se cuidase. Ella dijo que lo haría. Cuidarse, me refiero. Adiós.

– ¿Algo más?

– Le dije que destruyese los Jane Austen que le había dado. Que no eran la edición buena. Que le traería otros nuevos.

– ¿Por qué había de hacer eso?

– Los Jane Austen llevaban impresos en el texto preguntas dirigidas a Goethe. Eran duplicados de las preguntas que figuraban en el libro en rústica que él no quiso coger. Por si le hablaba ella, y no yo. Constituían un peligro para ella. Como, de todas formas, él no las iba a contestar, no quería que ella las tuviese en su casa.

Reinaba un silencio y una quietud absoluta en la sala. Sólo se oía el viento marino que hacía crujir las contraventanas.

– ¿Cuánto duró su conversación telefónica con Katya, Barley?

– No sé.

– ¿Cuánto dinero le costó?

– No sé. Pagué en el mostrador. Dos rublos y pico. Hablé mucho sobre la feria del libro. Y ella también. Yo quería escucharla.

Esta vez le correspondió a Brady guardar silencio.

– Tenía la impresión de que, mientras estuviese hablando, la vida era normal. Que ella se encontraba bien.

Brady tardó unos momentos en hablar y, luego, para sorpresa nuestra, puso fin a su actuación.

– O sea que fue una conversación intrascendente -sugirió, mientras empezaba a meter sus cosas en su vieja cartera de mano.

– Sí -asintió Barley-. Una charla.

– Como entre conocidos -prosiguió Brady, cerrando su cartera-. Gracias, Barley. Le admiro.

Barley salió, y continuamos sentados en la amplia sala de estar, con Brady en el centro.

– Deshágase de él, Clive -aconsejó Brady, con voz todavía impregnada de cortesía-. Es escamoso, es un riesgo y piensa demasiado. «Pájaro Azul» está levantando una marejada que usted no se imagina. Los distintos sectores están soliviantados, los generales de Aviación están frenéticos, Defensa dice que es un agente saboteador, el Pentágono acusa a la Agencia de promocionar mercancía falsificada. Su única esperanza es prescindir de este hombre y poner un profesional, uno de los nuestros.

– «Pájaro Azul» no tratará con un profesional -dijo Ned, y percibí la furia que hervía en su voz y comprendí que estaba a punto de estallar.

Skelton también tenía una sugerencia que hacer. Era la primera vez que le oía hablar, y tuve que alargar la cabeza para captar su cultivada voz de universitario.

– Al carajo con «Pájaro Azul» -dijo-. Es un traidor y un loco acosado por un sentimiento de culpabilidad y quién sabe qué más cosas es. Manténgale donde está. Díganle que si deja de producir le entregaremos a su propia gente, y a la chica con él.

– Si Goethe es buen chico recibirá su premio, de eso me encargo yo -prometió Brady-. Un millón no es problema. Diez millones, mejor. Si se le asusta y se le paga lo suficiente, quizá los neandertales crean que es sincero y veraz. Russell, mis saludos. Clive, ha sido un placer. Harry, Ned.

Con Skelton al lado, empezó a avanzar hacia la puerta.

Pero Ned no le estaba diciendo adiós. No levantó la voz ni dio un puñetazo sobre la mesa, pero tampoco reprimió el oscuro fulgor de sus ojos ni el filo acerado de sus palabras.

– ¡Brady!

– ¿Alguna idea, Ned?

– «Pájaro Azul» no se dejará amedrentar. Ni por ellos, ni por ustedes. El chantaje puede parecer muy bien en la sala de planificación, pero no dará resultado sobre el terreno. Escuche las cintas si no me cree. «Pájaro Azul» está buscando el martirio. A los mártires no se les amenaza.

– ¿Qué se hace con ellos entonces, Ned?

– ¿Le ha mentido Barley?

– No excesivamente.

– Él es sincero y directo. Mientras ustedes se andan con rodeos, «Pájaro Azul» va en línea recta a su objetivo. Y ha elegido a Barley como compañero. Barley es la única posibilidad que tenemos.

– Está enamorado de la chica -dijo Brady-. Es un tipo complicado. Es un peligro.

– Está enamorado de cientos de chicas. Se declara a cada chica que conoce. Él es así. No es Barley quien piensa demasiado, sino los hombres de ustedes.

Brady estaba interesado. No en su propia convicción, si es que tenía alguna, sino en la de Ned.

– Yo he tenido casos de todas clases -prosiguió Ned-. Y también usted. Algunos nunca son claros y directos, ni siquiera cuando han terminado. Éste lo fue desde el primer día, y si alguien lo está torciendo somos nosotros.

Nunca le había oído hablar con tanta vehemencia. Ni tampoco Sheriton, pues estaba paralizado, y quizá fue por eso podo que Clive se sintió obligado a intervenir con unos cuantos tópicos que permitiesen una salida momentánea.

– Sí, bueno, yo creo que tenemos ahí materia abundante de reflexión, Brady. Russell, tenemos que hablar con calma de esto. Quizás haya una vía intermedia. Es muy posible. ¿Por qué no realizamos sondeos? Explorar un poco la cuestión. Repasarla una vez más.

Pero nadie se había marchado. Brady, pese a las trivialidades dichas por Clive para que se fuera, había permanecido exactamente donde estaba, y observé en su rostro una especie de inusitada expresión de bondad que era como el hombre real bajo la máscara.

– Nadie nos contrató para que practicáramos el amor fraterno, Ned. Lo sabíamos cuando nos alistamos -sonrió-. Supongo que si se tratara de una cuestión de pura decencia, estaría usted dirigiendo la función en lugar de, aquí, el agente Clive.

Clive no se sintió complacido por la sugerencia, pero ello no le impidió escoltar a Brady hasta su jeep.

Por un momento pensé que estaba solo con Ned y Sheriton, hasta que vi a nuestro anfitrión, Randy, en el umbral de la puerta, con una expresión de absoluta incredulidad en el rostro.

– ¿Ése era el Brady -preguntó, sin aliento-. ¿El Brady al que le gustaba todo?

– Era Greta Garbo -respondió Sheriton-. Vete, Randy, por favor.

Debería seguir narrando cómo los jóvenes de Sheriton se llevan de nuevo a Barley y pasean con él parla playa y bromean con él y le muestran el plano de Leningrado y, trabajosamente, localizan la tienda en que fue comprado el sombrero de piel de lince de la señorita Coad, y cómo lo pagó y dónde podía tener el recibo si es que existía y si Barley había declarado el sombrero en la aduana de Gatwick y la oficina de Correos desde la que debía de haber hecho su llamada telefónica.