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Merv hablaba con una tonalidad inexpresiva. Merv, estaba seguro, se enorgullecía de la imparcialidad de su voz. Él era la Marcha del Tiempo. Él era el Control de Houston.

– Estoy conscientemente involucrado en una conspiración para suministrar información falsa a los Servicios de Inteligencia de Gran Bretaña y los Estados Unidos de América. Sí, estoy involucrado en ella. No, no estoy involucrado en ella.

– No.

– El móvil que me impulsa es promover la paz entre las naciones. ¿S¡ o no?

– No.

– Estoy trabajando en colusión con el Servicio Secreto soviético.

– No.

– Estoy orgulloso de mi misión en favor del comunismo mundial.

– No.

– Estoy trabajando en colusión con Niki Landau.

– No.

– Niki Landau es mi amante.

– No.

– Fue mi amante.

– No.

– Yo soy homosexual.

– No.

Una interrupción, mientras Stanley aflojaba de nuevo la presión.

– ¿Cómo se encuentra, señor Brown? ¿No tendrá demasiado dolor?

– Nunca es suficiente, muchacho. Me crezco en él.

Pero me di cuenta de que en estas interrupciones no le mirábamos a él. Mirábamos al suelo, o nos mirábamos las manos, o mirábamos a los árboles, que, zarandeados por el viento, parecían hacernos señas desde el otro lado de la ventana. Le tocaba ahora el turno a Stanley. Un tono más cálido, pero la misma inexpresividad mecánica.

– Estoy trabajando en colusión con la mujer Katya Orlova y su amante.

– No.

– Al hombre que llamo Goethe lo conozco como agente de los Servicios Secretos soviéticos.

– No.

– El material que me ha entregado ha sido preparado por los Servicios Secretos soviéticos.

– No.

– Soy víctima de una trampa sexual.

– No.

– Se me está haciendo objeto de chantaje.

– No.

– Se me está haciendo objeto de coacciones.

– Sí.

– ¿Por parte de los soviéticos?

– No.

– Se me está amenazando con la ruina financiera si no colaboro con los soviéticos.

– No.

Otra interrupción. Tercera ronda. Turno de Merv.

– Mentí cuando dije que había telefoneado a Katya Orlova desde Leningrado.

– No.

– Desde Leningrado llamé a mi control soviético y le conté mi conversación con Goethe.

– No.

– Soy el amante de Katya Orlova.

– No.

– He sido amante de Katya Orlova en algún momento.

– No.

– Se me está haciendo objeto de chantaje con respecto a mi relación con Katya Orlova.

– No.

– He dicho hasta ahora la verdad durante toda esta entrevista.

– Sí.

– Soy un enemigo de los Estados Unidos de América.

– No.

– Mi propósito es socavar la preparación militar de los Estados Unidos de América.

– ¿Le importa repetirme eso, muchacho?

– Párala -dijo Merv, y Stanley paró el funcionamiento de la máquina, mientras Merv hacía con lápiz una anotación en el papel cuadriculado-. No rompa el ritmo, por favor, señor Brown. Tenemos personas que hacen eso adrede cuando quieren zafarse de una pregunta delicada.

Cuarta ronda, y de nuevo el turno de Stanley. Continuaba el monótono zumbido de las preguntas, y estaba claro que éstas no cesarían hasta que hubieran alcanzado el nadir de su vulgaridad. Los «no» de Barley habían adquirido un ritmo mortecino y una pasividad burlona. Permanecía sentado tal y como le habían colocado. Yo nunca le había visto tanto tiempo quieto.

Volvieron a interrumpirse, pero Barley ya no se relajaba entre dos rondas. Su inmovilidad se estaba tornando insoportable. Tenía la barbilla levantada, sus ojos estaban cerrados y parecía sonreír. Sólo Dios sabía de qué. A veces, su «no» sonaba antes del final de una frase. A veces, esperaba tanto que los dos hombres se detenían y levantaban la vista, el uno de sus esferas, el otro de sus papeles, y me pareció que les asaltaba la inquietud del torturador por la posibilidad de haber presionado demasiado a su hombre. Hasta que, finalmente, volvía a sonar el «no», ni más alto ni más bajo, una carta retrasada en el correo.

¿De dónde obtiene su estoicismo? No, no, a todo. ¿Por qué permanece ahí sentado como un hombre preparándose para las indignidades de la edad, pronunciando mansamente «no»? ¿Qué significa esta mansedumbre, no, sí, no, no, hasta la hora de comer, en que le separan de la máquina?

Pero, en otra parte de mi cabeza, yo creo que conocía la respuesta, aunque aún no podía expresarla con palabras: su realidad se había desplazado a otro lugar.

Espiar es esperar.

Esperamos tres días, y todavía se pueden contar las horas en mis cabellos grises. Nos habíamos dividido conforme a un criterio de antigüedad: Sheriton fue con Bob y Clive a Langley; Ned se quedó en la isla con su pupilo y Palfrey permaneció con ellos como apoyo, aunque constituía un misterio para mí qué era lo que yo estaba apoyando. Para entonces detestaba ya la isla, y sospechaba que Ned y Barley también, aunque no podía aproximarme a Ned más de lo que podía hacerla a Barley. Se había tornado remoto y, por el momento, taciturno. Algo le había ocurrido a su orgullo.

Así pues, esperábamos. Y jugábamos aturdidamente al ajedrez, terminando raras veces una partida. Y escuchábamos a Randy hablar de su yate. Y permanecíamos atentos al teléfono. Y escuchábamos los chillidos de las aves y el latido del mar.

Fue una temporada loca, y las extravagancias del apartado lugar con sus humeantes cielos y sus tormentas y sus retazos de idílica belleza la hicieron más loca aún. Una «niebla de mazmorra», como la llamó Randy, nos envolvió, y con ella nos invadió un insensato temor a no poder abandonar nunca la isla. La niebla despejó, pero nosotros seguíamos allí. La intimidad compartida hubiera debido aproximamos más, pero los dos hombres se habían retirado a sus dominios. Ned a su cuarto y Barley a su aire libre. Mientras la lluvia azotaba la isla como una perdigonada, yo miraba a través de la chorreante ventana y vislumbraba a Barley subiendo por el acantilado con su impermeable de hule, levantando las rodillas como si forcejeara con unos zapatos incómodos… o, una vez, jugando al criquet con Edgar, el guardián, en la playa, valiéndose de un palo arrojado hasta allí por las aguas y una pelota de tenis. En los intervalos soleados lucía una vieja gorra náutica de color azul que había desenterrado de un baúl de marinero que había en su habitación. La llevaba con una torva expresión en el semblante y los ojos fijos en las inconquistadas colonias. Un día. Edgar apareció con un viejo perro amarillento que había encontrado en alguna parte y lo hicieron correr de un lado a otro entre ellos. Otro día, se celebraba una regata frente a la costa del continente, y una multitud de blancos yates se congregaron en círculo como diminutos dientes. Barley estuvo contemplándolos interminablemente, encantado al parecer con el carnaval, mientras Edgar se mantenía a cierta distancia, observando a Barley.

Está pensando en su Hannah, pensé. Está esperando que la vida le depare el momento de elegir. Hasta mucho más tarde no se me ocurrió que algunas personas no toman sus decisiones de esa manera.

Mi última imagen de la isla tiene las apropiadas distorsiones de un sueño. Yo había hablado con Clive por teléfono sólo una o dos veces, lo que para él era virtualmente un silencio absoluto. Una vez, deseaba saber «cómo van los ánimos de tus amigos» y por lo que me dijo Ned deduje que a él ya le había hecho la misma pregunta. Y otra vez necesitaba saber las disposiciones que yo había tomado para la compensación de Barley, incluyendo las subvenciones a su compañía¡ y si el dinero saldría de nuestros propios fondos o revestiría la forma de un presupuesto complementario. Yo tenía a mano unas cuantas notas y pude aclararle la cuestión.