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Y en la tensión de sus ojos vi que ella también me deseaba.

– De todos modos, tengo que llevar a Giles a casa -dijo, cuando nos hubimos leído suficientemente uno a otro nuestros pensamientos.

– Mándalo en un taxi -sugerí.

Mas para entonces nos hallábamos mutuamente enfrentados una vez más, y el momento había pasado.

Capítulo XIII

Katya recogió a Barley a las diez de la mañana del domingo en el patio exterior del inmenso «Mezhdunarodnaya», que era donde Henziger había insistido en que se hospedaran. Los occidentales lo conocen familiarmente como «el Mezh». Wicklow y Henziger se hallaban sentados en el extravagante gran salón del hotel, con el propósito de presenciar su feliz reunión y su marcha.

Era un día espléndido, saturado de aromas otoñales, y Barley había empezado temprano a esperarla, paseando por el patio exterior entre las limusinas de cristales ahumados que acudían en ininterrumpido flujo a recoger y descargar a sus caudillos del Tercer Mundo. Después, apareció por fin entre ellas su «Lada» rojo como una carcajada en su funeral, con la blanca manita de Anna asomando por la ventanilla posterior como un pañuelo y Sergey, erguido como un comisario junto a ella, agarrando su red de pescar.

Era importante para Barley hacer caso primero a los niños. Había pensado en ello y se había dicho a sí mismo que eso era lo que haría, porque nada era insignificante ya, nada podía dejarse al azar. Por consiguiente, sólo cuando les hubo saludado a los dos con entusiásticos movimientos del brazo y le hubo hecho a Anna una risueña mueca a través de la ventanilla posterior, se permitió a sí mismo mirar a la parte delantera, donde tío Matvey se hallaba sólidamente instalado en el asiento de la derecha, resplandeciendo como un castaño su bruñido rostro moreno y centelleantes sus ojos de marinero bajo el borde de su gorra a cuadros. Hiciera buen o mal tiempo, Matvey se había puesto sus mejores cosas en honor del gran inglés: su chaqueta de sarga, sus mejores botas y su corbata de lazo. Prendida en la solapa, llevaba una insignia de esmalte con las banderas de la Revolución cruzadas. Matvey bajó la ventanilla de su lado, y Barley alargó el brazo a través de ella, estrechándole la mano y gritándole «hola, hola» varias veces. Sólo entonces se aventuró a mirar a Katya. Y se produjo una especie de momento en blanco, como si hubiera olvidado su papel, o simplemente lo hermosa que era, antes de que enarbolara su sonrisa.

Pero Katya no mostró tanta reserva.

Saltó del coche. Llevaba unos pantalones cómodos y mal cortados y estaba preciosa con ellos. Se precipitó hacia él, resplandeciente de felicidad y confianza. Gritó: «¡Barley!» y para cuando llegó hasta él había extendido tanto los brazos que su cuerpo quedaba alegre e irreflexivamente ofrecido a su abrazo, que, como buena chica rusa, abrevió luego decorosamente retrocediendo un paso, aunque agarrándole todavía, examinando su rostro, su pelo, su atuendo, mientras parloteaba en un torrente de espontánea jovialidad.

– Es estupendo, Barley. ¡Es estupendo verte otra vez! -exclamaba-. Bienvenido a la feria del libro, bienvenido de nuevo a Moscú. ¡Matvey no podía creerlo cuando llamaste desde Londres! «Los ingleses siempre fueron nuestros amigos -dijo-. Ellos enseñaron a Pedro a navegar, y, si no hubiera sabido navegar, no tendríamos hoy una Marina.» Hablaba de Pedro el Grande, claro. Matvey vive solamente para Leningrado. ¿No le gusta el coche de Volodya? Estoy encantada de que por fin tenga algo que amar.

Le soltó, y, como el feliz idiota que ya parecía, Barley lanzó un grito: «Santo Dios, ¡casi lo olvido!» Se refería a las bolsas. Las había dejado apoyadas contra la pared del hotel, junto a la puerta de entrada, y cuando reapareció con ellas Matvey trataba de bajar del coche para dejarle sitio delante, pero Barley no quiso ni oír hablar de ello.

– ¡No, no, no, no! ¡Estaré perfectamente bien con los gemelos! Muchas gracias, de todos modos, Matvey.

Luego, acomodó trabajosamente su largo cuerpo en el asiento posterior como si estuviese aparcando un camión articulado mientras repartía sus paquetes y los gemelos le dirigían intimidadas sonrisas: este gigante occidental que nos ha traído chocolatinas inglesas, y lápices suizos, y cuadernos de dibujo, uno a cada uno, y las obras de Beatrix Potter en inglés para los dos, y una preciosa pipa nueva para tío Matvey, que Katya está diciendo que le hará más feliz de cuanto es posible imaginar, con una bolsita de tabaco inglés para fumar.

Y para Katya todo cuanto podría desear durante el resto de su vida…, lápices de labios y un jersey y perfumes y un pañuelo de seda francés demasiado bonito para llevarlo puesto.

Para entonces, Katya había salido con el coche del patio del «Mezh» y tomado por una carretera llena de baches, charlando sobre la feria del libro que se inauguraba al día siguiente y tratando de sortear los inundados hoyos.

Se dirigían hacia el Este. El suave y dorado sol de septiembre pendía ante ellos en el firmamento, haciendo que incluso los suburbios de Moscú parecieran hermosos. Entraron en la melancólica llanura de las afueras de Moscú, con sus campos sin dueño, sus desoladas iglesias y sus transformadores vallados. Grupos de viejas dachas se desparramaban como antiguas casetas de playa a lo largo de la carretera, y sus esculpidos frontis y sus cercados jardines le recordaban a Barley las estaciones ferroviarias rurales inglesas de su juventud. Desde su asiento delantero, Matvey los estaba envenenando a todos con su nueva pipa y proclamando su éxtasis por entre las nubes de humo. Pero Katya se hallaba demasiado ocupada señalando puntos interesantes del paisaje como para prestarle mucha atención.

– En aquella colina está la fundición tal y tal, Barley. El edificio de cemento de tu izquierda es una granja colectiva.

– ¡Magnífico! -exclamó Barley-. ¡Fascinante! ¡Pero menudo día!

Anna había volcado sus lápices sobre su regazo descubriendo que si lamía las puntas dejaban regueros húmedos de pintura. Sergey la urgía a volver a guardarlos en su bote y Barley trataba de mantener la paz dibujándole animales para que ella los colorease, pero las superficies de las carreteras de Moscú no son consideradas con los artistas.

– Verde no, zoquete -le dijo-. ¿Cuándo se ha visto una vaca verde? Por amor de Dios, Katya, tu hija cree que las vacas son verdes.

– ¡Oh, Anna carece por completo de sentido práctico! -exclamó Katya, riendo, y, hablando por encima del hombro, le dijo algo a Anna, que miró a Barley y rió entre dientes.

Y todo esto tenía que ser oído por encima del continuado monólogo de Matvey y la inmensa hilaridad de Anna y las enojadas interjecciones de Sergey, por no mencionar el atormentado tronar del pequeño motor, hasta que nadie pudo oír nada más que a sí mismo. De pronto, el coche se salió de la carretera y empezó a avanzar por un campo de hierba y a remontar luego una colina sin tan siquiera una pista que los guiase, con grandes carcajadas de los niños y también de Katya, mientras Matvey se agarraba la gorra con una mano y la pipa con la otra.

– ¿Lo ves? -le preguntó Katya a Barley por encima del alboroto, como si hubiera demostrado una cuestión largamente discutida entre enamorados-. En Rusia podemos ir exactamente por donde se nos antoje, siempre que no invadamos las fincas de nuestros millonarios o nuestros funcionarios gubernamentales.

Coronaron la colina entre nuevas y tumultuosas risas y se hundieron en una depresión herbosa. Volvieron a elevarse luego como un barco sobre las olas, para acabar enfilando un camino rural que discurría junto a un arroyo. El arroyo se internaba en un bosquecillo de abedules, hasta el que también llevaba el camino. Katya detuvo el coche, accionando el freno de mano como si estuviese reduciendo la velocidad de un trineo. Estaban solos en el paraíso, con el arroyo en el que construir una presa, y una ribera en la que hacer su comida campestre y espacio para jugar al lapta con el palo y la pelota de Sergey, que estaban en el maletero del coche, y que requería que todos se situasen en círculo y uno lanzase la pelota y otro la golpease.