Pronto quedó claro que Anna se interesaba muy poco por el lapta. Su ambición era despacharlo lo más alegremente posible y, luego, disponerse a almorzar y a flirtear con Barley. Pero Sergey, el soldado, era un fiel creyente, y Matvey, el marinero, un fanático. Mientras disponía las cosas para el almuerzo, Katya explicó la importancia mística del lapta para el desarrollo de la cultura occidental.
– Matvey me asegura que es el origen del béisbol americano y de vuestro críquet inglés. Él cree que fue introducido en tu país por inmigrantes rusos. Estoy segura de que también cree que fue inventado por Pedro el Grande.
– Si eso es verdad, es la muerte del Imperio -dijo gravemente Barley.
Tendido sobre la hierba, Matvey continúa hablando volublemente mientras da chupadas a su nueva pipa. Sus generosos ojos azules, volviéndose hacia su glorioso pasado de Leningrado, están llenos de una luz heroica. Pero Katya le oye como si fuese una radio que no es posible apagar. Capta el detalle curioso y es sorda para todo lo demás. Caminando a través de la hierba, sube al coche y cierra la portezuela tras de sí, para reaparecer en pantalón corto, llevando el almuerzo en una bolsa de hule, con bocadillos envueltos en papel de periódico. Ha preparado kotleti y pollo fríos y empanadillas. Tiene pepino salado y huevos duros. Ha traído botellas de cerveza Zhiguli y Barley whisky, con el que Matvey brinda fervorosamente por algún monarca ausente, quizás el propio Pedro.
Sergey, de pie en la orilla, rastrea el agua con su red. Su sueño, explica Katya, es coger un pez y guisarlo para todos los que dependen de él. Anna está dibujando. Ostentosamente, se aparta de su obra para que los otros puedan admirarla. Quiere dar un retrato suyo a Barley para que lo cuelgue en su habitación de Londres.
– Me pregunto si estás casado -dice Katya, cediendo a la insistencia de su hija.
– No, ahora no, pero siempre estoy disponible.
Anna hace otra pregunta, pero Katya se ruboriza y la reprende. Cumplidos sus reales deberes, Matvey se ha tendido de espaldas, con la gorra sobre los ojos, parloteando acerca de Dios sabe qué, salvo que, sea lo que sea, le resulta sumamente agradable.
– Pronto describirá el sitio de Leningrado -dice Katya, con cariñosa sonrisa.
Una pausa mientras mira a Barley. La mirada quiere decir: «Ahora podemos hablar.»
El camión gris se marchaba ya. Barley llevaba un rato notando su presencia con desagrado, esperando que fuese amistoso pero deseando que los dejara solos. Las ventanillas laterales de la cabina estaban oscuras de polvo. Con una sensación de agradecimiento, lo vio por fin entrar lentamente en la carretera y perderse luego, también lentamente, de su vista y sus pensamientos.
– ¡Oh!, él se encuentra muy bien -decía Katya-. Me escribió una larga carta, y todo le va de maravilla. Estuvo enfermo, pero se ha recuperado por completo, estoy segura. Tiene muchas cosas de que hablar contigo, y durante la feria hará una visita especial a Moscú para estar contigo y conocer los progresos con relación a su libro. Le gustaría ver pronto algún manuscrito preparado, aunque sea una página sólo. Mi opinión es que sería peligroso, pero él es muy impaciente. Quiere propuestas sobre el título, traducciones, incluso ilustraciones. Yo creo que se está convirtiendo en el típico escritor dictatorial. Lo confirmará todo dentro de muy poco y encontrará también un apartamento donde podáis entrevistaras. Quiere hacer todos los preparativos por sí mismo, ¿te imaginas? Creo que has sido una influencia muy beneficiosa para él.
Estaba buscando algo en su bolso. Un coche rojo había aparcado al otro lado del bosquecillo de abedules, pero ella parecía ajena a Indo lo que no fuese su propio buen humor.
– Personalmente, yo creo que su obra no tardará en ser considerada superflua. Con las conversaciones sobre desarme avanzando tan rápidamente y con la nueva atmósfera de cooperación internacional, todas estas terribles cosas pertenecerán muy pronto al pasado. Naturalmente, los americanos recelan de nosotros. Naturalmente, también nosotros recelamos de ellos. Pero cuando hayamos unido nuestras fuerzas, podremos desarmarnos completamente e impedir juntos toda nueva perturbación en el mundo. -Era su voz didáctica, que no admitía discusión.
– ¿Cómo impediremos toda nueva perturbación en el mundo si no tenemos armas con que impedirla? -objetó Barley, y se ganó una severa mirada por su temeridad.
– Barley, creo que estás siendo occidental y negativo -replicó ella, mientras sacaba el sobre de su bolso-. Fuiste tú, no yo, quien dijo a Yakov que necesitábamos efectuar un experimento en la naturaleza humana.
Ningún sello, observó Barley. Ningún matasellos. Sólo «Katya» en caracteres cirílicos, en lo que parecía la letra de Goethe, pero ¿quién podría asegurarlo? Experimentó una súbita sensación de alarma en la cabeza y los hombros, como un veneno o una alergia que le estuviese inundando.
– ¿De qué se ha estado recuperando? -preguntó.
– ¿Estaba nervioso cuando le viste en Leningrado?
– Los dos lo estábamos. Era el tiempo -respondió Barley, todavía esperando una respuesta. Se empezaba a sentir también ligeramente embriagado. Debía de ser algo que había comido.
– Era porque estaba enfermo. Muy poco después de vuestra entrevista sufrió un grave derrumbamiento, y fue tan súbito y tan intenso que ni siquiera sus colegas sabían adónde había desaparecido. Tenían las peores sospechas. Un amigo suyo de confianza me dijo que temían que estuviese muerto.
– No sabía que tuviese otros amigos de confianza aparte de ti.
– Me ha nombrado representante suyo ante ti. Naturalmente, tiene otros amigos para otras cosas -sacó la carta, pero no se la entregó.
– No es eso exactamente lo que me dijiste la otra vez -dijo débilmente, mientras continuaba luchando contra sus crecientes síntomas de desconfianza.
Ella no se inmutó por su objeción.
– ¿Por qué habría una de contarlo todo en el primer encuentro? Una tiene que protegerse. Es normal.
– Supongo que sí -admitió él.
Anna había terminado su autorretrato y necesitaba reconocimiento inmediato. La representaba cogiendo flores en un tejado.
– ¡Soberbio! -exclamó Barley-. Dile que lo colgaré encima de mi chimenea. Sé exactamente dónde. Hay una foto de Anthea esquiando en un lado, y Hal navegando en el otro. Anna irá en medio.
– Pregunta qué edad tiene Hal -dijo Katya.
Realmente tuvo que pensárselo. Primero hubo de recodar el año de nacimiento de Hal, luego el año en que estaban y, después, restar laboriosamente uno de otro mientras pugnaba por ahuyentar la música que sonaba en sus oídos.
– ¡Ah, bueno!, Hal tiene veinticuatro años. Pero me temo que ha hecho un matrimonio bastante desacertado.
Anna quedó decepcionada. Les miró con aire de reproche mientras Katya reanudaba la conversación.
– Tan pronto como supe que había desaparecido, traté de ponerme en contacto con él por todos los medios habituales, pero no conseguí nada. Me sentía sumamente angustiada.
Le entregó por fin la carta, con los ojos brillantes de satisfacción y alivio. Al cogerla, la mano de Barley se cerró sobre la de ella, que no se resistió.
– Y luego, hace ocho días, ayer sábado hizo una semana, justo dos días después de tu llamada telefónica desde Londres. Ígor me telefoneó a casa. «Tengo una medicina para ti. Vamos a tomar un café y te la doy.» Medicina es la palabra en clave que utilizamos para referirnos a una carta. Se refería a una carta de Yakov. Me sentí sorprendida y muy feliz. Hacía años que Yakov no me enviaba una carta. ¡Y qué carta!