O no podía encontrar la palabra o, pensándoselo mejor, había decidido no usarla, así que Barley la dijo por ella.
– Celoso -concluyó.
Y se las arregló para hacer lo que sabía que ella estaba esperando. Sonrió. Compuso una franca y sincera sonrisa de desinteresada amistad, le apretó la mano y se puso en pie.
– Parece estar estupendamente -dijo-. Me alegro mucho por él. Por su recuperación.
Y lo decía de veras. Totalmente. Podía oír la nota auténtica de convicción que vibraba en su voz mientras sus ojos se movían rápidamente en dirección al coche rojo aparcado al otro lado del bosquecillo de abedules.
Y luego, para deleite general, Barley se lanza a la tarea de convertirse en un padre de fin de semana, papel para el que su desgarrada vida le ha preparado ampliamente. Sergey quiere que pruebe su habilidad en la pesca. Anna quiere saber por qué no se ha traído su traje de baño. Matvey se ha ido a dormir, sonriendo por efecto del whisky y de los recuerdos. Katya está metida en el agua con sus pantaloncitos cortos. A él le parece más hermosa que nunca, y más remota. Aun recogiendo piedras para construir una presa, es la mujer más hermosa que ha visto jamás.
Pero nadie trabajó nunca más intensamente que Barley aquella tarde para construir una presa, nadie tuvo una visión más clara de cómo había que mantener a raya a las aguas. Se remanga sus estúpidos pantalones grises de franela y se mete en el agua hasta la ingle. Levanta palos y piedras hasta quedar medio muerto de fatiga, mientras Anna dirige las operaciones a horcajadas sobre sus hombros. Complace a Sergey con su conducta laboriosa y decidida y a Katya con su aire romántico. Un coche blanco ha remplazado al rojo. Una pareja se halla sentada en él con las puertas abiertas, comiendo lo que estén comiendo, y por sugerencia de Barley los niños se sitúan en lo alto de la colina y les saludan agitando los brazos, pero la pareja del coche blanco no corresponde al saludo.
Cae la tarde y un intenso aroma a hogueras otoñales se extiende sobre las hojas secas de abedul. Moscú está nuevamente hecho de madera, y ardiendo. Cuando cargan las cosas en el coche, un par de gansos silvestres vuela sobre ellos, y son los dos últimos gansos del mundo.
Durante el viaje de regreso al hotel, Anna duerme sobre el regazo de Barley mientras Matvey parlotea y Sergey mira ceñudamente las páginas de Squirrel Nutkin como si fuesen el Manifiesto Comunista.
– ¿Cuándo hablarás de nuevo con él? -pregunta Barley.
– Está arreglado -responde ella, enigmáticamente.
– ¿Lo arregló Ígor?
– Ígor no arregla nada. Ígor es el mensajero.
– El nuevo mensajero -la corrige él.
– Ígor es un viejo conocido y un nuevo mensajero. ¿Por qué no?
Katya le mira y lee sus intenciones.
– No puedes venir al hospital, Barley. Es peligroso para ti.
– Tampoco es exactamente una fiesta para ti -responde.
Ella lo sabe, pensó. Lo sabe, pero no sabe que lo sabe. Tiene los síntomas, una parte de ella ha establecido el diagnóstico. Pero el resto de ella se niega a admitir que haya algo mal.
La sala de situación angloamericana no era ya un destartalado sótano de Victoria, sino el radiante ático de un elegante nuevo rascacielos en Grosvenor Square. Se autodenominaba Grupo de Conciliación Interaliado y se hallaba custodiada por turnos de marines americanos vestidos con militares trajes de paisano. Flotaba un aire de excitación mientras el ampliado equipo de atractivos jóvenes de ambos sexos se movía por entre pulcras mesas, contestaba a destellantes teléfonos, hablaba con Langley a través de líneas de seguridad, pasaba papeles, mecanografiaba en silenciosos teclados o haraganeaba en actitudes de ansiosa relajación ante las filas de monitores de televisión que habían remplazado a los relojes gemelos de la vieja Casa Rusia.
Era una cubierta sobre dos niveles, y Ned y Sheriton se hallaban sentados uno junto a otro en el cerrado puente, mientras bajo ellos, al otro lado del cristal a prueba de ruidos, sus desiguales equipos desarrollaban sus funciones. Brock y Emma tenían una pared. Bob, Johnny y sus cohortes, la otra pared y el pasillo central. Pero todos viajaban en la misma dirección. Todos mostraban las mismas expresiones obedientemente resueltas, situados frente a las mismas baterías de pantallas que vibraban y parpadeaban como cotizaciones de Bolsa al funcionar el descodificador automático.
– El camión ha regresado sin novedad -dijo Sheriton cuando las pantallas se despejaron bruscamente y fulguraron la palabra cifrada BLACKJACK.
El camión mismo era un milagro de penetración.
¡Nuestro propio camión! ¡En Moscú! ¡Nosotros! Una enorme operación independiente estaba detrás de su adquisición y despliegue. Era un «Kamaz», de color gris sucio y muy grande, de una flota de camiones pertenecientes a SOVTRANSAVTO, de ahí el acrónimo pintado en caracteres latinos en su mugriento costado. Había sido reclutado, juntamente con su conductor, por el enorme destacamento de la Agencia en Munich, durante una de las muchas incursiones del camión en la Alemania Occidental para adquirir artículos de lujo con destino a los escasos privilegiados de Moscú que tenían acceso a un establecimiento especial de distribución. Todo, desde zapatos occidentales hasta tampones occidentales y piezas de repuesto para coches occidentales, había sido transportado de un lado a otro en las entrañas del camión. En cuanto al conductor, era uno de los Artilleros de Larga Distancia, como se conoce en la Unión Soviética a estas desdichadas criaturas. Empleados estatales, miserablemente mal pagados, sin seguro médico ni de accidentes que les proteja contra el infortunio en Occidente, que incluso en lo más crudo del invierno se acurrucan estoicamente al abrigo de sus grandes cargamentos, masticando salchichas antes de compartir otra noche de sueño en sus incómodas cabinas, pero que se ganan, incluso en Rusia, grandes fortunas con sus oportunidades en Occidente.
Y ahora, a cambio de recompensas más inmensas aún, este concreto Artillero de Larga Distancia había accedido a «prestar» su camión a un «traficante occidental» aquí, en el corazón mismo de Moscú. Y este mismo traficante, que era miembro del propio ejército de toptuny de Cy, se lo prestó a Cy, quien, a su vez, lo equipó con toda clase de aparatos de escucha y vigilancia ingeniosamente portátiles, los cuales fueron luego retirados antes de que el camión fuese devuelto a través de los intermediarios a su conductor legal.
Jamás había sucedido nada semejante. Nuestra propia sala de seguridad móvil ¡en Moscú!
Sólo Ned encontró turbadora la idea. Los Artilleros de Larga Distancia trabajaban en parejas, como él sabía mejor que nadie. Por orden de la KGB, estas parejas eran deliberadamente incompatibles, y en muchos casos cada hombre tenía que informar acerca del otro. Pero cuando Ned preguntó si podía leer el expediente operacional, se lo denegaron al amparo de las mismas leyes de seguridad que él tanto respetaba.
Pero aún quedaba por desvelar la pieza más impresionante del arsenal de Langley, y, una vez más, Ned se vio en la imposibilidad de resistirse a ella. En lo sucesivo, las cintas grabadas en Moscú serían cifradas con claves aleatorias y transmitidas en pulsaciones digitales en la milésima parte del tiempo que tardarían en devanarse si las escuchaba uno en su cuarto de estar. Sin embargo, cuando la estación receptora reconvertía en sonido esas pulsaciones, insistían los brujos de Langley, era imposible notar que las cintas hubiesen sufrido ese proceso.
La palabra ESPERAR estaba formándose en bellas pirámides.
Espiar es esperar.
La palabra SONIDO la sustituía. Espiar es escuchar.
Ned y Sheriton se pusieron sus auriculares, mientras Clive y yo nos instalábamos en los asientos que había detrás de ellos y nos poníamos los nuestros.