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Katya permanecía sentada en la cama, mirando pensativamente el teléfono, queriendo que no volviera a sonar.

¿Por qué das tu nombre cuando ninguno de nosotros damos nombres?, le preguntó mentalmente.

¿Por qué das el mío?

¿Eres Katya? ¿Cómo estás? Aquí Ígor. Sólo para decirte que no he vuelto a saber más de él, ¿de acuerdo?

Entonces, ¿por qué me llamas para no decirme nada?

La hora acostumbrada, ¿de acuerdo? El lugar acostumbrado.

No hay problema. Igual que antes.

¿Por qué repites lo que no necesita repetición, cuando ya te he dicho que estaré en el hospital a la hora convenida?

Para entonces sabrá cuál es su posición, sabrá qué avión puede coger, todo. O sea que no necesitas preocuparte, ¿de acuerdo? ¿Qué tal tu editor? ¿Se presentó?

– Ígor, no sé de qué editor estás hablando.

Y colgó antes de que él pudiera decir más.

Me estoy mostrando desagradecida, se dijo. Cuando la gente está enferma, es normal que los viejos amigos se reúnan. Y, si de la noche a la mañana pasan de la categoría de conocido casual a la de viejo amigo, y ocupan el centro de la escena cuando apenas si te han dirigido la palabra durante años, es un signo de lealtad y no hay nada siniestro en ello, aunque hace sólo seis meses Yakov declaraba a Ígor irredimible… «Ígor ha continuado por el camino que yo he dejado atrás -había observado después de un encuentro casual en la calle-. Ígor hace demasiadas preguntas.»

Sin embargo, aquí estaba Ígor actuando como el amigo más íntimo de Yakov y exponiéndose por él de formas muy valiosas y arriesgadas. Si tienes una carta para Yakov, no tienes más que dármela. He establecido una excelente línea de comunicación con el sanatorio. Conozco a alguien que hace el viaje casi todas las semanas, le había dicho en su última entrevista.

– ¿El sanatorio? -había exclamado ella excitadamente-. Entonces, ¿dónde está? ¿Dónde se halla situado el sitio?

Pero era como si Ígor no hubiera pensado aún la respuesta a la pregunta, pues había fruncido el ceño con aire molesto y había alegado secreto de Estado. Nosotros, secreto de Estado, ¡cuando estamos aireando los secretos del Estado!

Estoy siendo injusta con él, pensó. Estoy empezando a ver engaño en todas partes. En Ígor, incluso en Barley.

Barley. Frunció el ceño. Él no tenía ningún derecho a criticar la declaración de afecto de Yakov. ¿Quién se cree que es este occidental, con sus modales confianzudos y sus cínicas sospechas? ¿Intimando tan rápidamente, haciendo de Dios con Matvey y mis hijos?

Nunca confiaré en un hombre que haya sido educado sin dogmas, se dijo severamente.

Puedo amar a un creyente, puedo amar a un hereje, pero no puedo amar a un inglés.

Encendió su pequeña radio y recorrió las bandas de onda corta, después de haberse puesto primero el auricular para no molestar a los gemelos. Pero mientras escuchaba las diferentes voces que se disputaban su alma -Deutsche Welle, Voz de América, Radio Libertad, Voz de Israel, Voz de Dios sabía quién, cada una de ellas tan cálida, tan superior, tan apremiante-, se sintió invadida de una irritada confusión. ¡Yo soy rusa!, sentía deseos de gritarlas. ¡Aun en la tragedia, sueño con un mundo mejor que el vuestro!

Pero ¿qué tragedia?

Estaba sonando el teléfono. Cogió el auricular. Pero era sólo Nasayan, un hombre muy alterado últimamente, pasando revista a los planes del día siguiente.

– Escucha, estoy confirmando privadamente que realmente deseas estar mañana en la caseta de «Octubre». Sólo que debemos empezar pronto, ¿comprendes? Si tienes que llevar a los chicos a la escuela o algo así, puedo perfectamente decirle a Yelizavieta Alexeyevna que venga en tu lugar. No me cuesta nada. No tienes más que decírmelo.

– Eres muy amable, Grigory Tigranovich, y agradezco tu llamada. Pero, ya que me he pasado casi toda la semana ayudando a instalar las exposiciones, me gustaría estar presente en la inauguración oficial. Matvey puede arreglárselas muy bien para acompañar a los niños a la escuela.

Pensativamente, volvió a colgar el auricular. Nasayan, Dios mío…, ¿por qué nos hablamos como personajes en el escenario? ¿Quién creemos que nos está escuchando que necesita frases tan redondas? Si puedo hablarle a un desconocido inglés como si fuese mi amante, ¿por qué no puedo hablarle normalmente a un armenio que es mi colega?

Él llamó, y Katya comprendió en seguida que había esperado su llamada todo este tiempo, porque ya estaba sonriendo. A diferencia de Ígor, no dijo su nombre ni el de ella.

– Fúgate conmigo -dijo.

– ¿Esta noche?

– Los caballos están ensillados y hay comida para tres días.

– Pero, ¿estás lo bastante sereno como para fugarte?

– Sorprendentemente, lo estoy -una pausa-. No es por no intentarlo, pero nada ha ocurrido. Debe de ser la vejez.

Parecía, en efecto, sereno. Sereno y próximo.

– Pero, ¿y la feria del libro? ¿Vas a abandonarla como abandonaste la feria de material fonográfico?

– Al diablo con la feria del libro. Tenemos que hacerlo antes o nunca. Después, estaremos demasiado cansados. ¿Cómo te encuentras?

– ¡Oh!, estoy furiosa contigo. Has embrujado completamente a mi familia, y ahora sólo me preguntan cuándo volverás con más tabaco y pinturas.

Otra pausa. Él no solía ser tan reflexivo cuando bromeaba.

– Eso es lo que hago. Embrujo a las personas y luego, una vez que están bajo mi hechizo, dejo de sentir nada por ellas.

– ¡Pero eso es terrible! -exclamó ella, profundamente horrorizada-. ¿Qué me estás diciendo, Barley?

– Sólo repitiendo la sabiduría de una ex esposa, eso es todo. Decía que yo tenía impulsos, pero no sentimientos, y que no debía llevar abrigo con capucha en Londres. Cuando alguien le dice a uno algo así, uno lo cree durante todo el resto de su vida. Desde entonces, yo nunca llevo abrigo con capucha.

– Barley, esa mujer… Barley, fue totalmente cruel e irresponsable por su parte decir eso. Lo siento, pero está completamente equivocada. Estaba enfadada, estoy segura. Pero se equivoca.

– ¿Sí? Entonces, ¿qué es lo que siento? Ilústrame.

Katya se echó a reír, comprendiendo que se había metido de cabeza en su trampa.

– Eres un hombre muy malo, Barley. No quiero tener nada que ver contigo.

– ¿Porque no siento nada?

– En primer lugar, sientes protección hacia las personas. Todos lo hemos notado hoy, y nos sentimos muy agradecidos.

– Más.

– En segundo lugar, yo diría que tienes un sentido del honor. Eres decadente, claro, porque eres occidental. Eso es normal. Pero te redime el hecho de que sientas el honor.

– ¿Quedan empanadillas?

– ¿Quieres decir que también sientes hambre?

– Quiero ir a comerlas.

– ¿Ahora?

– Ahora.

– ¡Es completamente imposible! Estamos ya todos acostados y es casi medianoche.

– Mañana.

– Esto es demasiado ridículo, Barley. Estamos a punto de empezar la feria del libro, los dos tenemos una docena de invitaciones.

– ¿A qué hora?

Un hermoso silencio se abría paso entre ellos.

– Puedes venir quizás a las siete y media.

– Tal vez llegue antes.

Durante un rato, ninguno de los dos habló. Pero el silencio les unía más estrechamente de lo que hubieran podido hacer las palabras. Se convirtieron en dos cabezas sobre una misma almohada, oreja con oreja. Y cuando él colgó, no eran sus bromas y sus ironías lo que permanecía con ella, sino el tono de tranquila sinceridad -Katya diría casi de solemnidad- que parecía no poder eliminar de su voz.

Estaba cantando.

Dentro de su cabeza y fuera de ella también. En su corazón y por todo su cuerpo, Barley Blair estaba por fin cantando.