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– Eso es pura especulación. En un domingo de calor todo Moscú sale al campo -dijo Clive con aire enterado.

Esperó una reacción, pero en vano, así que volvió al tema de la carta.

– Katya no tuvo problemas con ella -objetó-. Katya no tiene ninguna sospecha. Está saltando de alegría. Si ella no receló nada, y tampoco receló Scott Blair, ¿por qué nosotros, sentados aquí, en Londres, habríamos de preocupamos en su lugar?

– Pedía la lista de compras -dijo Ned, como si oyese todavía una música distante-. Una última y exhaustiva lista de preguntas. ¿Por qué hizo eso?

Sheriton se había movido finalmente. Estaba agitando su manaza en dirección a Ned.

– Ned, Ned, Ned, Ned. ¿Vale? Es el Día Uno otra vez, así que estamos nerviosos. Vámonos a dormir un poco.

Se puso en pie. Clive y yo le imitamos. Pero Ned continuó obstinadamente sentado donde estaba, con las manos entrelazadas ante sí sobre la mesa.

Sheriton le habló. Con afecto, pero también con energía.

– Ned, óyeme, Ned, ¿de acuerdo? ¿Ned?

– No estoy sordo.

– No, pero estás cansado. Ned, si sometemos a crítica una vez más esta operación, no podrá repetirse más. Estamos yendo con tu hombre, el que nos trajiste para que nos persuadiera a nosotros. Hemos removido cielo y tierra para llegar hasta aquí. Tenemos la fuente. Tenemos la consignación. Tenemos el auditorio influyente. Estamos más cerca de cubrir lagunas en nuestro conocimiento de lo que jamás podrán llegar ninguna máquina inteligente, ningún artilugio electrónico, ni ningún jesuita del Pentágono. Si mantenemos el ánimo, y lo mantiene Barley, y lo mantiene también «Pájaro Azul», habremos obtenido un éxito como el que no hubiera soñado ni la imaginación más desbocada. Si continuamos donde estamos.

Pero Sheriton hablaba con demasiada convicción, y su rostro, pese a su rechoncha inescrutabilidad, delataba una necesidad casi desesperada.

– ¿Ned?

– Te oigo, Russell. Alto y claro.

– Ned, esto no es ya una industria de andar por casa, por amor de Dios. Hemos jugado con audacia, y debemos ahora pensar con audacia. Las decisiones presidenciales no son una invitación a dudar de nuestro propio buen juicio. Vienen a ser órdenes. Ned, creo realmente que deberías irte a dormir.

– Yo no creo que esté cansado -dijo Ned.

– Yo creo que sí. Yo creo que todos dirán que lo estás. Yo creo que tal vez digan, incluso, que Ned estaba muy entusiasmado con «Pájaro Azul» hasta que el malvado lobo americano llegó y se lo arrebató. Entonces, de pronto, el «Pájaro Azul» fue una fuente muy insegura. Creo que la gente va a decir que estás mortalmente cansado.

Miré a Clive.

Clive estaba también mirando a Ned, pero con ojos tan fríos que me helaron la sangre. Ha llegado el momento de largarte, estaban diciendo. El momento de prepararte para la caída.

Tanto Henziger como Wicklow vigilaron atentamente a Barley aquel día e informaron sobre él con frecuencia. Henziger a Cy por cualesquiera medios que utilizasen. Wicklow a Paddy por medio de un irregular. Ambos dieron testimonio de su buen humor y su talante relajado y, con distintas palabras, de su soberanía. Ambos describieron cómo había fascinado durante el desayuno a una pareja de editores finlandeses que se mostraban interesados en el proyecto del ferrocarril transiberiano.

– Estaban comiendo en su mano -dijo Wincklow, proporcionando una imagen inconscientemente cómica del desayuno, pero en el «Mezh» cualquier cosa es posible.

Ambos registraron con regocijo la decisión de Barley de servirles de guía cuando llegaron a la zona de exhibición permanente, y cómo obligó a su taxi a dejarles en el extremo de la espléndida avenida, a fin de que, como peregrinos de primera hora del mundo del capitalismo, pudiesen hacer a pie su primera aproximación.

Así, pues, los dos espías profesionales pasearon satisfechos bajo el tibio sol otoñal, con la chaqueta al hombro y su hombre entre ellos, mientras Barley les obsequiaba con sus explicaciones, elogiando la arquitectura del «período Essoldo tardío» y los jardines «rococó revolucionario». Le gustaba en especial el inmenso estanque ornamental con sus peces dorados lanzando chorros de agua sobre las nalgas de quince doradas ninfas desnudas, una por cada una de las repúblicas socialistas. Insistió en que se detuvieran ante los blancos cupidos y templos de placer, cuyas portadas, señaló, estaban dedicadas, no a Venus o Baca, sino a las diosas caídas de la economía soviética…, el carbón, el acero e, incluso, la energía atómica.

– Se mostró ingenioso, pero no altivo -informó Henziger, que ya le había tomado afecto a Barley en Leningrado-. Era terriblemente divertido.

Y, desde los templos, Barley les condujo a lo largo de la triunfal avenida propiamente dicha, el paseo del Emperador, que quizás un kilómetro y dios sabe cuánto de anchura, que conmemoraba las Gestas del Pueblo al servicio de la Humanidad. Y, sin duda alguna, ninguna visión de poder popular quedó jamás representada en tan despóticas imágenes, proclamó. Sin duda, ninguna revolución había conservado tan perfectamente todo lo que se había propuesto arrasar. Pero para entonces Barley tenía ya que gritar sus irreverencias para hacerse oír por encima del estruendo de los altavoces, que durante todo el día lanzan torrentes de autocomplacientes mensajes sobre las cabezas de la aturdida multitud.

Finalmente llegaron, como tenían que llegar, a los dos pabellones que albergaban la feria.

– A mi derecha, los editores de Paz, Progreso y Buena Voluntad -anunció, a la manera del árbitro en un combate de boxeo-. A mi izquierda, los distribuidores de mentiras imperialistas fascistas, los pornógrafos, los corruptores de la verdad. Segundos fuera. Tiempo.

Enseñaron sus pases y entraron.

La caseta de exposición de la recién inaugurada y geográficamente confusa casa de «Potomac & Blair» era una pequeña pero satisfactoria sensación de la feria. El símbolo de «P. & B.», amorosamente creado por Langley, resplandecía entre los de «Astral Press» y «Purbeck Media». El diseño interior de la caseta, caracterizado por los arquitectos de Langley como severo pero de buen gusto, era un modelo de impacto instantáneo. Los objetos expuestos -muchos de ellos, como es costumbre, simulaciones de libros que aún no habían entrado en la línea de producción- estaban preparados con toda la atención al detalle que los servicios secretos dedican tradicionalmente a las falsificaciones. El único café bueno de la feria borboteaba en una ingeniosa máquina instalada en el acogedor recinto trasero. Lo servía la propia Mary Lou, de Langley. Para los privilegiados había incluso un trago de prohibido whisky escocés que les ayudase a pasar el día…, realmente prohibido por edicto especial de los organizadores, pues incluso la reconstrucción literaria debe ser obra de hombres sobrios.

Y Mary Lou, con su abierta sonrisa de colegiala y su ondulante falda de tweed, constituía un producto natural de la parte más elegante de Madison Avenue. Nadie debía sospechar que había también en ella una fibra de Langley.

Y Wicklow, con su conversación cortés y comedida, no era tampoco nada más que el avispado editor, joven y prometedor, que abunda en la actualidad.

En cuanto al honrado Jack Henziger, simbolizaba el arquetipo del instalado bucanero de la moderna industria americana del libro. No hacía ningún secreto de sus antecedentes. Oleoductos en el Oriente Medio, humanidad en Afganistán, habas rojas para tribus montañesas de Thailandia dedicadas al cultivo de opio… Henziger había vendido de todo, además de lo que hubiera vendido para Langley. Pero su corazón estaba con los libros, y aquí se hallaba él para demostrarlo.

Y Barley parecía recrearse en el artificio. Se lanzó sobre él como si fuera su realidad tanto tiempo perdida, estrechando manos, recibiendo las felicitaciones de sus competidores y colegas, hasta que, a eso de las once, se declaró impaciente y propuso a Wicklow que recorriesen las líneas para llevar consuelo a las tropas.