Así pues, emprendieron la marcha, llevando Barley un mazo de sobres blancos que ocasionalmente iba entregando a una mano elegida, mientras gritaba y se abría paso por entre las multitudes de visitantes y expositores.
– Bueno, que me aspen si no es Barley Blair -declaró una voz familiar desde el centro de una políglota exhibición de Biblias ilustradas-. Te acuerdas de mí, ¿verdad?
– Spikey. Te han dejado entrar otra vez -dijo Barley, complacido, y le entregó un sobre.
– Cuando no me dejan salir es cuando me preocupo. ¿O sea que éste es tu padre?
Barley presentó al distinguido editor Wicklow, y Spikey Morgan le otorgó una sacerdotal bendición con sus dedos manchados de nicotina.
Continuaron avanzando, sólo para tropezarse unos metros más adelante con Dan Zeppelin. Dan no hablaba. Dan conspiraba con sepulcral susurro, inclinándose sobre el mostrador con los brazos cruzados.
– Dime una cosa, Barley. ¿De acuerdo? ¿Somos pioneros o somos las jodidas hermanas Mitford? De modo que unos cuantos no libros son libros este año. De modo que unos cuantos no escritores han salido de la cárcel. Menudo negocio. Entro en mi caseta esta mañana y me encuentro con un mastuerzo que está sacando los libros de mis estantes. «¿Puedo hacerle una pregunta personal? -le digo-. ¿Qué puñetas está haciendo con, mis libros?» «Órdenes», dice. Y me confiscó seis libros. Mary G. Ambleside sobre La conciencia negra en la canción y la palabra. ¡Órdenes! Quiero decir que ¿quiénes somos, Barley? ¿Quiénes son ellos? ¿Qué creen que están reestructurando, cuando nunca hubo una estructura? ¿Cómo se reestructura un cadáver?
En «Lupus Books» fueron dirigidos hacia la sala de café, donde nuestro propio presidente, el recién nombrado caballero Sir Peter Oliphant, había eclipsado incluso a los rusos reservando una mesa.
Una nota escrita a mano en ambos idiomas confirmaba su triunfo. Las banderas de Gran Bretaña y la Unión Soviética ahuyentaban a los dubitativos. Flanqueado por intérpretes y altos funcionarios, Sir Peter se explayaba sobre las numerosas ventajas que reportaría a la Unión Soviética subvencionar las generosas compras que él les hacía.
– ¡Es el conde! -exclamó Barley, entregándole un sobre-. ¿Dónde está la corona?
Con apenas un temblor de sus oscuros párpados, el gran hombre continuó su disertación.
En la caseta israelí reinaba una paz armada. La oscura cola era ordenada pero silenciosa. Muchachos con pantalones vaqueros y zapatillas deportivas se apoyaban contra las paredes. Lev Abramovitz tenía el pelo blanco y era extraordinariamente alto. Había servido en los Guardias Irlandeses.
– Lev, ¿cómo está Sión?
– Quizás estemos ganando, quizás esté comenzando el final feliz -dijo Lev, guardándose en el bolsillo el sobre de Barley.
Y desde Israel, precedidos a paso rápido por Barley, avanzaron por entre la muchedumbre hasta el Pabellón de Paz, Progreso y Buena Voluntad, donde no podía ya quedar ninguna duda del masivo cambio histórico que estaba teniendo lugar, ni de quién lo estaba realizando.
Cada bandera y cada trozo de pared proclamaban el nuevo Evangelio. En cada puesto de cada República, los pensamientos y los escritos del ya no nuevo profeta, con su mancha borrada y su mandíbula alzada, se alineaban junto a los del maestro, Lenin. En el puesto de VAAP, donde Barley y Wicklow estrecharon unas cuantas manos y Barley dejó una nueva serie de sobres, los discursos del Jefe, envueltos en brillantes portadas y traducidos al inglés, francés, español y alemán, ejercían un atractivo perfectamente resistible.
– ¿Cuánto más de esta mierda tenemos que aguantar, Barley? -preguntó sotto voce un pálido editor moscovita mientras pasaban-. ¿Cuándo empezarán a reprimimos de nuevo para dejarnos a gusto? Si nuestro pasado es mentira, ¿quién dice que nuestro futuro no es mentira también?
Continuaron a lo largo de las casetas, Barley delante, Barley saludando, Wicklow siguiéndole.
– ¡Joseph! ¡Cuánto me alegra verte! Un sobre para ti. No te lo comas enseguida.
– ¡Barley! ¡Amigo mío! ¿No te dieron mi mensaje? Quizás es que no dejé ninguno.
– Yuri. ¡Cuánto me alegra verte! Un sobre para ti.
– Ven a tomar una copa esta noche, Barley. Vendrá Sasha, y también Rosa. Rudi tiene que dar un concierto mañana, así que quiere mantenerse sobrio. ¿Te has enterado de que andan soltando escritores? Escucha, es una cosa del pueblo de Potemkin. Los sueltan, les dan unas cuantas comidas, los exhiben y vuelven a mandarlos allá hasta el año próximo. Ven aquí, tengo que venderte un par de libros para fastidiar a Zapadny.
Al principio, Wicklow no se dio cuenta de que habían llegado a su destino. Vio un estandarte romano con desvaídas banderas y letras doradas cosidas sobre colgaduras rojas. Oyó a Barley gritar: «Katya, ¿dónde estás?» Pero nada indicaba a quién pertenecía el puesto, y probablemente eso era una parte de la exposición que no había llegado aún. Vio los habituales e ilegible s libros sobre desarrollo agrícola en Ucrania y las danzas tradicionales de Georgia expirando en sus estantes bajo la tensión de anteriores exposiciones. Vio la acostumbrada media docena de mujeres de anchas caderas que permanecían en pie como si esperasen un tren, y a un tipo bajito y sin afeitar que sostenía su cigarrillo ante sí como si fuese una varita mágica, y miraba frunciendo el ceño la tarjeta de identificación que Barley llevaba en la solapa.
Nasayan, leyó a su vez Wicklow. Grigory Tigranovich. Director Jefe. Ediciones Octubre.
– Creo que está usted buscando a la señorita Katya Orlova -dijo Nasayan a Barley en inglés, levantando más aún el cigarrillo como para ver mejor a su visitante.
– ¡Ya lo creo que sí! -respondió Barley con entusiasmo, y dos de las mujeres sonrieron.
Una sonrisa de cortesía se había extendido por el rostro de Nasayan. Con un floreo de su cigarrillo, se hizo a un lado, y Wicklow reconoció la espalda de Katya, que hablaba con dos asiáticos muy bajitos a los que tomó por birmanos. Luego, un instinto le hizo a ella volverse, y vio primero a Barley, luego a Wicklow, luego de nuevo a Barley, mientras una resplandeciente sonrisa iluminaba su rostro.
– Katya. Fantástico -dijo tímidamente Barley-, ¿cómo están los chicos? ¿Sobrevivieron?
– ¡Oh, gracias!, ¡están muy bien!
– Observado por Nasayan y sus damas, así como por Wicklow, Barley le entregó una invitación a la gran fiesta de glasnost que daba «Potomac & Blair».
¡Oh!, a propósito, puede que me pierda parte de la juerga esta noche -dijo Barley, mientras regresaban al pabellón occidental-. Tú y Jack y Mary Lou tendréis que arreglároslas por vuestra cuenta. Voy a cenar con una hermosa dama.
– ¿Alguien que nosotros conozcamos? -preguntó Wicklow. Se echaron a reír los dos. Era un día soleado.
Ella se encuentra perfectamente, estaba pensando Barley con satisfacción. Si está sucediendo algo. a ella no le ha afectado todavía.
¿Cuánto sabíamos o adivinábamos, cualquiera de nosotros, de los sentimientos de Barley hacia Katya? En un caso tan escrupulosamente supervisado y controlado. la cuestión del amor era objeto de pudoroso trato.
Wicklow, diligentemente promiscuo en su propia vida, se mostraba puritano con respecto a la de Barley. Por su condición de joven, quizá no podía tomarse en serio la idea de una pasión a edad madura. Para Wicklow, Barley estaba simplemente encaprichado, como, por otra parte, era habitual que estuviese. La gente de la edad de Barley no se enamoraba.
Henziger, que tenía más o menos los años de Barley, consideraba el sexo como un elemento adicional y no celebrado de la vida secreta, y daba por sentado que un tipo honrado como Barley pondría su cuerpo allá donde estaba su deber. Al igual que Wicklow, pero por razones diferentes, no encontraba nada excepcional en los tiernos sentimientos de Barley hacia Katya, y sí, en cambio, encontraba mucho en favor de ellos desde un punto de vista operacional.