En el coche, ella lloró otro poco más, pero estaba ya repuesta cuando llegaron al piso. Barley le preparó una taza de té y le acarició la mano hasta que tuvo la seguridad de que ella sabía hacer frente a la situación.
– Bien hecho -dijo Paddy. Y si, al decirlo, parece un oficial del ejército indio del siglo XIX felicitando a sus hombres después de una vana carga de caballería, es sólo porque se halla impresionado y tiene la boca demasiado cerca del micrófono.
Está finalmente la pregunta de Barley, que es donde intervino Cy. Al considerarla retrospectivamente, es indudable que suena como una clara manifestación de perversas intenciones. Pero Cy no la oyó así, y tampoco Paddy. Y, de hecho, tampoco nadie en Londres, a excepción de Ned, cuya impotencia resultaba ya desalentadora. Ned estaba convirtiéndose en el paria de la sala de situación.
– ¡Oh!, sí…, esto…, ¿qué hay de la lista de compras? -dice Barley mientras se dispone a marcharse. La pregunta surge como una de varias pequeñas cuestiones administrativas, sin especial importancia-. ¿Cuándo me van a poner en la mano la lista de compras? -pregunta repetitivamente.
– ¿Por qué? -dice Cy desde las sombras.
– Bueno, no sé. ¿No debería yo estudiarla antes un poco o algo?
– No hay nada que estudiar -replica Cy-. Son preguntas escritas, con respuestas de sí o no, y es positivamente importante que usted no conozca ninguna de ellas, gracias.
– Entonces, ¿cuándo la tendré?
– Haremos la lista de compra lo más tarde posible -responde Cy.
De la propia opinión de Cy sobre Barley ha quedado registrada una auténtica perla. «Con los ingleses -se dice que comentó-, nunca sabe uno qué infiernos están pensando.»
Esa noche por lo menos, Cy tenía una cierta justicia de su parte.
– No había ninguna mala noticia -insistió Ned, mientras Brock reproducía las cintas del camión por tercera o trigésima vez.
Estábamos de nuevo en nuestra Casa Rusia. Nos habíamos refugiado allí. Era otra vez como en los viejos tiempos. Comenzaba a amanecer, pero estábamos demasiado despiertos como para acordarnos de dormir.
– No había ninguna mala noticia -repitió Ned-. Todo eran buenas noticias. «Estoy bien. Estoy sin novedad. Di una conferencia magnífica. Vaya coger el avión. Te veré el viernes. Te quiero.» Y ella se echa a llorar.
– ¡Oh!, no sé -dije, hablando en contra de mi propia inclinación-. ¿Tú no has llorado nunca de felicidad?
– Llora tanto que él tiene que llevarla por el pasillo del hospital. Llora tanto que no puede conducir. Cuando llegan a su apartamento, ella se adelanta corriendo hasta la puerta como si Barley no existiese, porque se siente muy feliz de que «Pájaro Azul» vaya a llegar puntualmente. Y él la consuela. De todas las buenas noticias que ha recibido. -La voz grabada de Barley había vuelto a sonar-. Y él está tranquilo. Completamente tranquilo. Ni una preocupación en el mundo. «Estamos justo sobre el objetivo, Paddy. Todo va perfectamente. Por eso es por lo que está llorando.» Claro que sí.
Se recostó en su asiento y cerró los ojos, mientras la fiable voz de Barley continuaba hablándole desde el magnetófono.
– Él ya no nos pertenece -dijo Ned-. Se ha ido.
Como también, en un sentido diferente, se había ido Ned. Había desencadenado una gran operación. Ahora, todo lo que podía hacer por sí mismo era ver cómo iba quedando fuera de control. Jamás en toda mi vida vi un hombre tan solo, con la posible excepción de mí mismo.
Espiar es esperar.
Espiar es preocuparse.
Espiar es ser uno mismo pero más aún.
Las fórmulas del extinto Walter y del viviente Ned resonaban en los oídos de Barley. El aprendiz se había convertido en heredero dclass="underline" los hechizos de sus maestros, pero su magia era ahora más potente de lo que jamás había sido la de ellos.
Se encontraba en un altiplano al que ninguno de ellos había ascendido. Tenía el objetivo, tenía los medios para alcanzarlo y tenía lo que Clive habría llamado la motivación, que en bocas mejores era resolución. Todo lo que le habían enseñado estado dando frutos mientras se dirigía sosegadamente a la batalla para engañarlos. Pero él no era su burlador.
Sus banderas no eran nada para él. Podían ondear en cualquier viento. Pero él no era su traidor. Él no era su propia causa. Él conocía la batalla que tenía que ganar y por quién tenía que ganarla. Él conocía el sacrificio que estaba dispuesto a hacer. Él no era su traidor. Él era completo.
Él no necesitaba sus asustados rótulos y sus débiles sistemas. Él era un hombre solo, pero era más grande que la suma de los que habían creído lograr su control. Él los conocía como la peor de todas las armas dañinas, porque su existencia justificaba sus objetivos.
De una forma suave que no lo era tanto, había descubierto la ira. Podía oler sus primeras llamas y oír el chisporroteo de sus astillas.
Sólo existía el ahora. Goethe tenía razón. No existía el mañana porque el mañana era la excusa. Existía el ahora o no existía ningún lugar, y Goethe, incluso en ningún lugar, seguía teniendo razón. Debemos eliminar a los hombres grises de nuestro propio interior, debemos quemar nuestros trajes grises y liberar nuestros buenos corazones, que es el sueño de toda persona decente e incluso -se crea o no- de ciertos hombres grises también. Pero, ¿cómo? ¿Con qué?
Goethe tenía razón, y no era culpa suya ni de Barley que cada uno de ellos hubiese puesto al otro en movimiento por accidente. Con el radiante espíritu que estaba alzándose en su interior, la sensación de parentesco con su inverosímil amigo que experimentaba resultaba irresistible. Rebosaba de fidelidad al frenético sueño de Goethe de liberar las fuerzas de la cordura y abrir las puertas de las habitaciones sucias.
Pero Barley no se demoró mucho tiempo en la agonía de Goethe. Goethe estaba en el infierno, y, muy probablemente, Barley no tardaría en seguirle. Le lloraré cuando tenga tiempo, pensó. Hasta entonces su tarea estaba con los vivos a quienes Goethe había puesto tan vergonzosamente en peligro y, en un último y valeroso gesto, había intentado preservar.
Para su tarea inmediata, Barley debía utilizar las tretas de los hombres grises. Debía ser él mismo, pero más de lo que lo había sido antes. Debía esperar. Debía preocuparse. Debía ser un hombre vuelto del revés, interiormente reconciliado, exteriormente irrealizado. Debía vivir secretamente de puntillas, arquearse como un gato dentro de su cabeza mientras representa el papel del Barley Blair que ellos quieren ver, de la creación totalmente suya.
Mientras tanto, el jugador de ajedrez que hay en él calcula sus movimientos. El adormecido negociador se está tornando imperceptiblemente despierto. El editor consigue lo que nunca antes ha conseguido, se está convirtiendo en el frío y sereno mediador entre la necesidad y la previsión.
Katya sabe, razonar. Sabe que han cogido a Goethe.
Pero ellos no saben que sabe, porque ella no reveló su conocimiento por el teléfono.
Y ellos no saben que yo sé que Katya sabe.
En el mundo entero yo soy la única persona, aparte de Katya y
Goethe, que sabe que Katya sabe.
Katya está libre todavía. ¿Por qué?
No le han quitado los hijos, registrado el piso, metido a Matvey en el manicomio ni manifestado ninguna de las delicadezas tradicionalmente reservadas a las damas rusas que sirven de correo a físicos de la defensa soviética que han decidido confiar los secretos de su nación a un negligente editor occidental.