– Junto al mostrador, los que están brindando. No lo reconoces porque ha enflaquecido mucho. Entre el arpista y los León, ése del terno que brilla.
Rígida, prendida del pasamanos, la Selvática tenía la cara medio oculta por los cabellos, y una respiración ansiosa y silbante hinchaba su pecho. Josefino la cogió del brazo, se sumergieron entre las parejas abrazadas, y fue como si bucearan en aguas fangosas o debieran abrirse paso a través de una asfixiante muralla de carne transpirada, pestilencias y ruidos irreconocibles. El tambor y los platillos de Bolas tocaban un corrido y a ratos intervenía la guitarra del joven Alejandro y la música se animaba, pero cuando callaban las cuerdas, volvía a ser destemplada y de una lúgubre marcialidad. Emergieron de la pista de baile, frente al bar. Josefino soltó a la Selvática, la Chunga se enderezó en su mecedora, cuatro cabezas se volvieron a mirarlos y ellos se detuvieron. Los León parecían muy alegres y don Anselmo estaba despeinado y con los anteojos caídos, y la boca de Lituma, llena de espuma, se torcía, su mano buscaba el mostrador para dejar el vaso, sus ojillos no se apartaban de la Selvática, su otra mano había comenzado a alisar sus cabellos, a asentarlos, presurosa y mecánicamente. De pronto encontró el mostrador, su mano libre alejó al Mono y todo su cuerpo se adelantó, pero sólo dio un paso y quedó tambaleándose como un trompo sin fuerzas en el sitio, los ojillos atolondrados, los León lo sujetaron cuando ya caía. Su rostro no se inmutó, seguía mirando a la Selvática, respiró hondo y sólo mientras avanzaba hacia ellos, lentísimo, con un babero de espuma y de saliva, sostenido por los León, algo terco, forzado y doloroso, un simulacro de sonrisa se desplegó en sus labios y su barbilla tembló. Gusto de verte, chinita, y la mueca ganó todo su rostro, sus ojillos mostraban ahora un malestar insoportable, gusto de verte, Lituma, dijo la Selvática, y él gusto de verte, chinita, bamboleándose. Los León y Josefino lo rodeaban, bruscamente en los ojillos hubo un destello, una especie de liberación y Lituma se ladeó, se arrimó a Josefino, hola, colega querido, cayó en sus brazos, qué gusto de verte hermano. Permaneció abrazado a Josefino, profiriendo frases incomprensibles y, a ratos, un sordo mugido, pero cuando se separó parecía más sereno, había cesado esa nerviosa danza interior en sus ojillos y también la mueca, y sonreía de veras. La Selvática estaba quieta, las manos cogidas ante la falda, el rostro emboscado tras los mechones negros y brillantes.
– Chinita, nos encontramos -dijo Lituma, tartamudeando apenas, la sonrisa cada vez más ancha-. Ven por aquí, brindemos, hay que festejar mi regreso, yo soy el inconquistable número cuatro.
La Selvática dio un paso hacia él, su cabeza se movió, sus cabellos se apartaron, dos llamitas verdes relumbraban suavemente en sus ojos. Lituma estiró una mano, tomó a la Selvática de los hombros, la llevó así hasta el mostrador y allí estaban los ojos abúlicos e impertinentes de la Chunga. Don Anselmo se había acomodado los anteojos, sus manos buscaban en el aire, cuando encontraron a Lituma y a la Selvática los palmotearon cariñosamente, así me gusta, muchachos, paternalmente.
– La noche de los encuentros, viejo querido -dijo Lituma-. Ya ve usted cómo me porté bien. Llena los vasos Chunga Chunguita, y tú también llénate uno.
Apuró su vaso de un trago y quedó acezando, el rostro húmedo de cerveza, de saliva que goteaba hasta en las solapas inmundas del saco.
– Qué corazón, primo -dijo el Mono-. ¡Como un sol de grande!
– Alma, corazón y vida -dijo Lituma-. Quiero oír ese vals, don Anselmo. Sea bueno, déme gusto.
– Sí, no descuide la orquesta -dijo la Chunga-. Ahí en el fondo están protestando, lo reclaman.
– Déjalo un rato con nosotros, Chunguita -dijo la voz de José, pegajosa, dulzona, derretida-. Que se tome unas copitas con nosotros este gran artista.
Pero don Anselmo había dado media vuelta y dócilmente regresaba hacia el rincón de los músicos, tanteando en la pared, arrastrando los pies, y Lituma, siempre abrazado a la Selvática, bebía sin mirarla.
– Cantemos el himno -dijo el Mono-. ¡Un corazón como un sol, primo!
La Chunga también se había puesto a beber. Indolentes y opacos, semimuertos, sus ojos observaban a unos y a otros, a los inconquistables y a la Selvática, a la masa oscura de hombres y habitantas que oscilaba entre murmullos y risas en la pista de baile, a las parejas que subían la escalera, y a los grupos difuminados de los rincones. Josefino, acodado en el mostrador, no bebía, miraba de soslayo a los León que chocaban sus vasos. Y entonces sonaron el arpa, la guitarra, el tambor, los platillos, un estremecimiento recorrió la pista de baile. Los ojillos de Lituma se entusiasmaron:
– Alma, corazón y vida. Ah, esos valses que traen recuerdos. Vamos a bailar, chinita.
Arrastró a la Selvática sin mirarla, los dos se perdieron entre cuerpos aglomerados y sombras, y los León llevaban el compás con las manos y cantaban. Quieta y desagradable, la mirada de la Chunga permanecía ahora fija en Josefino, como si quisiera contagiarle su infinita pereza.
– Qué milagro, Chunguita -dijo Josefino-. Estás tomando.
– Tienes más miedo -dijo la Chunga y, un instante, una lumbre burlona apareció en sus ojos-. Cómo te has asustado, inconquistable.
– No hay motivo para asustarse -dijo Josefino-. Y ya ves cómo cumplo, no hubo ningún lío.
– Un miedo que no te cabe -rió sin ganas la Chunga-, que te hace temblar la voz, Josefino.
Las piernas desnudas del sargento colgaban de la escalerilla del puesto y alrededor todo ondulaba, las colinas boscosas, las capironas de la plaza de Santa María de Nieva, hasta las cabañas se balanceaban como tumbos al paso del viento tibio y silbante. El pueblo estaba puras tinieblas y los guardias roncaban, desnudos bajo los mosquiteros. El sargento encendió un cigarrillo y daba las últimas pitadas cuando, de improviso, tras el bosquecillo de juncos, silenciosa, traída por las aguas del Nieva, apareció la lancha, su choza cónica en la popa, unas siluetas evolucionando por cubierta. No había bruma y desde el puesto el embarcadero se divisaba claramente a la luz de la luna. Una figurilla saltó de la lancha, corrió esquivando las estacas de la playita, desapareció en las sombras de la plaza y, un momento después, ya muy cerca del puesto, reapareció y ahora el sargento podía reconocer el rostro de Lalita, su andar resuelto, su cabellera, sus fornidos brazos remando en torno a sus macizas caderas. Se incorporó a medias y esperó que ella llegara al pie de la escalerilla:
– Buenas noches, sargento -dijo Lalita-. Suerte que lo encontré despierto.
– Estoy de guardia, señora -dijo él-. Muy buenas. Le pido disculpas.
– ¿Por lo que está en calzoncillos? -rió Lalita-. No se preocupe, ¿acaso los chunchos no andan peor?
– Con este calor, tienen razón de andar calatos -el sargento, casi de perfil, se escudaba en la baranda-. Pero los bichos se banquetean con uno, todo el cuerpo me arde ya.
Lalita tenía la cabeza echada hacia atrás y la luz de la lamparilla del puesto alumbraba su rostro de granitos innumerables y resecos, y sus cabellos sueltos que ondulaban también, a sus espaldas, como un manto yagua de finísimas hebras.
– Estamos yendo a Pato Huachana -dijo Lalita-. Hay un cumpleaños y los festejos comienzan de mañanita. No pudimos salir antes.
– Qué más quieren, señora -dijo el sargento-. Tómense unas copitas a mi salud.
– También nos llevamos a los hijos -dijo Lalita-. Pero Bonifacia no quiso venir. No se le quita el miedo a la gente, sargento.
– Qué muchacha tan sonsa -dijo el sargento-. Perderse una oportunidad así, con lo raras que son las fiestecitas aquí.
– Estaremos allá hasta el miércoles -dijo Lalita-. Si la pobre necesita algo, ¿quisiera ayudarla?