– Mañana lloverá -dijo el viejo, husmeando el aire-. Malo para el negocio.
– Ya deben estar en la isla -dijo Lalita más tarde, mientras comían-. Partieron hace más de diez días. ¿Le ha contado Adrián?
– Don Aquilino los encontró por el camino -dijo el práctico Nieves-. Además de los guardias, iban algunos soldados de Borja. Era cierto lo que dijo el sargento.
Bonifacia vio que el viejo la miraba a ella de reojo, sin dejar de masticar, como intranquilo. Pero, un momento después, sonreía de nuevo y contaba anécdotas de sus viajes.
La primera vez que salieron en expedición, regresaron a los quince días. Ella estaba en el barranco, el sol enrojecía la cocha y, de repente, aparecieron a la salida del caño: una, dos, tres canoas. Lalita se paró de un salto, hay que esconderse, pero los reconoció: en la primera Fushía, en la segunda Pantacha, en la tercera huambisas. ¿Por qué volvieron tan pronto si él dijo un mes? Bajó corriendo al embarcadero y Fushía ¿llegó Aquilino, Lalita?, ella no todavía y él la puta que lo parió al viejo. Sólo traían unas cuantas pieles de lagarto, Fushía estaba furioso, vamos a morirnos de hambre, Lalita. Los huambisas reían mientras descargaban, sus mujeres revoloteaban entre ellos, locuaces, gruñonas, y Fushía míralos qué contentos, esos perros, llegamos al pueblo y los shapras no estaban, éstos lo quemaron todo, le cortaron la cabeza a un perro, nada, pura pérdida, viaje de balde, ni una bola de jebe, sólo esos cueros que no valen nada y éstos felices. Pantacha estaba en calzoncillos, rascándose las axilas, hay que ir más adentro, patrón, la selva es grande y está llena de riquezas y Fushía bruto, para ir más lejos necesitamos un práctico. Fueron hacia la cabaña, comieron plátanos y yucas fritas. Fushía hablaba todo el tiempo de don Aquilino, qué le habrá pasado al viejo, nunca me falló hasta ahora, y Lalita ha llovido mucho estos días, se habrá guarecido en algún sitio para que no se moje lo que le encargamos. Pantacha, tumbado en la hamaca, se rascaba la cabeza, las piernas, el pecho, ¿y si se le hundió la lancha en los pongos, patrón?, y Fushía entonces estamos fregados, no sé qué haremos. Y Lalita no te asustes tanto, los huambisas han sembrado por toda la isla, hasta hicieron corralitos y Fushía pura mierda, eso no dará hasta cuándo y los chunchos pueden vivir de yuca pero no un cristiano, esperaremos dos días y si no llega Aquilino tendré que hacer algo. Y un rato después Pantacha cerró los ojos, comenzó a roncar y Fushía lo sacudió, que los huambisas tendieran las pieles antes de que se emborrachen, y Pantacha primero una siestecita, patrón, ando molido de tanto remar y Fushía bruto, ¿no entiendes?, déjame solo con mi hembra. Pantacha, la boca abierta, quién como usted que tiene una mujer de veras, patrón, los ojos desconsolados, hace años que no sé lo que es una blanca y Fushía largo, anda vete. Pantacha se fue lloriqueando y Fushía ya está, se va a soñar, desnúdate pronto Lalita, qué esperas, ella estoy sangrando y él qué importa. Y al atardecer, cuando Fushía despertó, fueron al pueblo que olía a masato, los huambisas se caían de borrachos y Pantacha no estaba por ninguna parte. Lo encontraron al otro extremo de la isla, se había llevado su barbacoa a la orilla de la cocha y Fushía qué te dije, está soñando a su gusto. Hablaba entre dientes, la cara oculta en las manos, el fogón seguía ardiendo bajo la ollita repleta de yerbas. Unos escarabajos caminaban por sus piernas y Lalita ni los siente. Fushía apagó el fuego, de un patadón tiró al agua la ollita, a ver si lo despertamos, y entre los dos lo remecieron, lo pellizcaron, lo cachetearon y él, entre dientes, era cusqueño de casualidad, su alma nació en el Ucayali, patrón, y Fushía ¿lo oyes?, ella lo oigo, parece loco, y Pantacha su corazón era triste. Fushía lo sacudía, lo pateaba, serrano de porquería, no es hora de sueños, hay que estar despierto, vamos a morirnos de hambre y Lalita no te oye, está en otro mundo, Fushía. Y él, entre dientes, veinte años en el Ucayali, patrón, se contagió de los paiches, tenía el cuerpo duro como la chonta, los jejenes no entran. Él esperaba los globitos, ya salen los paiches a tomar aire, pásame el arpón, Andrés, duro, fuerza, ensártalo, yo lo amarro, patrón, él dormía a los paiches al primer palazo y la canoa se les volcó en el Tamaya, él salió y el Andrés no salió, te ahogaste hermano, las sirenas te arrastraron al fondo, ahora serás su marido, por qué te moriste, charapita Andrés. Se sentaron a esperar que despertara del todo y Fushía tiene para rato, no me conviene perder a este cholo, soñador pero me sirve, y Lalita por qué siempre con los cociditos y Fushía para no sentirse solo. Cucarachas y escarabajos se paseaban por la barbacoa y por su cuerpo y él por qué se habría hecho matero, patrón, mala vida la del monte, preferible el agua y los paiches, yo sé lo que son las tercianas, Pantacha, esa tembladera, te vienes conmigo, yo te pago más, ten cigarrillos, te invito un trago, eres mi hombre, llévame donde haya cedros, palo de rosa, consígueme habilitados, madera balsa, y él se iba con ellos, patrón, cuánto me adelantas, y quería tener una casa, una mujer, hijos, vivir en Iquitos como los cristianos. Y, de repente, Fushía, Pantachita, ¿qué pasó en el Aguaytía?, cuéntame que soy tu amigo. Y Pantacha abrió los ojos y los cerró, los tenía colorados como trasero de mono y, entre dientes, ese río llevaba sangre, patrón, y Fushía ¿sangre de quién, cholo?, y él caliente, espesa como jebecito chorreando de la shiringa, y también los caños, cochas de por ahí, una pura herida, patrón, créame si quiere, y Fushía claro que te creo, cholo, pero ¿de qué tanta sangre caliente?, y Lalita déjalo Fushía, no le preguntes, está sufriendo, y Fushía calla puta, anda Pantachita, quién sangraba, y él, entre dientes, el tramposo Bákovic, ese yugoslavo que los engañó, peor que diablo, patrón, y Fushía, ¿por qué lo mataste, Pantacha?, y cómo, cholo, con qué, y él no quería pagarles, no hay bastante cedro, vamos más adentro y sacaba el winchester y también le pegó a un cargador que le robó una botella. Y Fushía ¿le pegaste un tiro, cholo? y él con mi machete, patrón, se le había dormido el brazo de darle y comenzó a patalear y a llorar y Lalita fíjate cómo se ha puesto, Fushía, se ha enfurecido y Fushía le saqué un secreto, ahora ya sé de qué andaba escapando cuando lo encontró Aquilino. Volvieron a sentarse junto a la barbacoa, esperaron, él se calmó y acabó por despertar. Se levantó trastabilleando, rascándose con furia, patrón, no te enojes, y Fushía los cociditos te volverán loco y un día lo echaba a patadas y Pantacha no tenía a nadie, su vida era triste, patrón, usted tiene su mujer, y los huambisas también y hasta los animales pero él estaba solo, que no se enojara, patrón, usted tampoco, patrona.
Esperaron dos días más, Aquilino no llegaba, los huambisas fueron hasta el Santiago a averiguar y volvieron sin noticias. Entonces buscaron un lugar para la pileta y Pantacha al otro lado del embarcadero, patrón, es más caído el barranco y así el agua de las lupunas le chorreará encima, y las cabezas de los huambisas que sí y Fushía, bueno, hagámosla ahí. Los hombres tumbaron los árboles, las mujeres desherbaban y, cuando quedó un claro, los huambisas hicieron estacas, les sacaron filo y las clavaron en círculo. La tierra era negra en la superficie, adentro roja y las mujeres la recogían en sus itípak, la echaban a la cocha mientras los hombres cavaban el pozo. Luego llovió y en pocos días la pileta estuvo llena, lista para las charapas. Salieron al amanecer, el caño andaba crecido, las raíces y lianas les salían al encuentro para rasguñarlos, y en el Santiago Lalita se puso a temblar, tuvo fiebres. Viajaron dos días, Fushía hasta cuándo y los huambisas señalaban adelante con sus dedos. Por fin un banco de arena y Fushía dicen que ahí, ojalá, y atracaron, se escondieron entre los árboles, y Fushía no te muevas, no respires, si te sienten no vendrán, y Lalita tengo mareos, creo que estoy preñada, Fushía, y él carajo, cállate. Los huambisas se habían convertido en plantas, inmóviles entre las ramas brillaban sus ojos y así oscureció, comenzaron a cantar los grillos, a roncar las ranas y un hualo gordísimo se subió al pie de Lalita, qué ganas de machucarlo, sus lagañas, su panza blancuzca y él no te muevas, ya salió la luna y ella no puedo seguir como muerta, Fushía, tengo ganas de llorar a gritos. La noche estaba clara, tibia, corría una brisa ligera y Fushía nos cojudearon, no se ve ni una, estos perros, y Pantacha cállese, patrón, ¿no las ve?, ya salen. Con las olitas del río llegaban como redondelas, oscuras, grandes, quedaban varadas y, de pronto, se movían, avanzaban despacito y sus conchas se encendían con luces doradas, dos, cuatro, seis, acercándose, arrastrándose sobre la arena, las cabezotas afuera, rugosas, meneándose, ¿nos estarán viendo, oliendo?, y algunas ya escarbaban para hacer sus nidos, otras salían del agua. Y, entonces, silenciosamente, surgieron de entre los árboles rápidas siluetas cobrizas, y Fushía vamos, corre, Lalita, y cuando llegaron a la playa, Pantacha fíjese patrón, muerden, casi me sacan un dedo, las hembras son las más feroces. Los huambisas habían volteado a muchas y se gruñían, contentos. Tumbadas, la cabeza hundida, las charapas movían sus patas y Fushía cuéntalas, ella hay ocho y los hombres les abrían huecos en las conchas, las ensartaban en bejucos y Pantacha comámonos una, patrón, la espera le había dado hambre. Allí durmieron y al día siguiente viajaron de nuevo y en la noche otra playita, cinco charapas, otro collar, y durmieron, viajaron y Fushía menos mal que es época de desove y Pantacha ¿lo que hacemos está prohibido, patrón? y Fushía se pasaba la vida haciendo cosas prohibidas, cholo. El regreso fue muy lento, las canoas iban de surcada remolcando los collares y las charapas resistían, los frenaban y Fushía qué hacen, perros, no las apaleen, las van a matar y Lalita ¿me has oído?, hazme caso, tengo vómitos, Fushía, estoy esperando un hijo y él se te ocurren siempre las peores cosas. En el caño, las charapas se enganchaban a las raíces del fondo y a cada momento debían parar, los huambisas saltaban al agua, las charapas los mordían y ellos trepaban a la canoa rugiendo. Al entrar a la cocha vieron la lancha y a don Aquilino, en el embarcadero, saludándolos con su pañuelo. Traía conservas, ollas, machetes, anisado y Fushía viejo querido, creí que te habías ahogado y él se había topado con una lancha llena de soldados y los acompañó para disimular. Y Fushía ¿soldados?, y Aquilino hubo un lío en Urakusa, los aguarunas le habían pegado a un cabo, parecía, y matado a un práctico, el gobernador de Santa María de Nieva iba con ellos a pedirles cuentas, les sacarían el alma si no se escapaban. Los huambisas subieron las charapas a la pileta, les dieron de comer hojas, cáscaras, hormigas, y Fushía ¿así que el perro de Reátegui anda por aquí?, y Aquilino los soldados querían que les vendiera las conservas, tuve que engañarlos, y Fushía ¿no decían que el perro ese de Reátegui se volvía a Iquitos y dejaba la Gobernación?, y Aquilino sí, dice que después de arreglar este lío se va, y Lalita menos mal que llegó, don Aquilino, no me gustaba eso de comer tortuga todito el invierno.