Bonifacia esperó al sargento al pie de la cabaña. El viento alzaba sus cabellos como una cresta, y también parecían de gallito su actitud satisfecha, la postura de sus piernas plantadas en la arena y su potito firme y saliente. El sargento sonrió, acarició el brazo desnudo de Bonifacia, palabra, lo había emocionado verla desde lejos, y los ojos verdes se dilataron un poco, el sol se reflejaba como una vibración de dardos minúsculos en cada pupila.
– Te has lustrado las botas -dijo Bonifacia-. Tu uniforme parece nuevo.
Una sonrisa complacida redondeó la cara del sargento y casi borró sus ojos:
– Lo lavó la señora Paredes -dijo-. Tenía miedo que lloviera pero qué suerte, ni una nubecita. Parece día piurano.
– Ni cuenta te has dado -dijo Bonifacia-. ¿No te gusta mi vestido? Es nuevo.
– De veras, no me había fijado -dijo el sargento-. Te queda bien, el color amarillo les cae justo a las morenitas.
Era un vestido sin mangas, con escote cuadrado y ruedo amplio. El sargento examinaba a Bonifacia risueño, su mano le acariciaba siempre el brazo y ella permanecía inmóvil, sus ojos en los del sargento. Lalita le había prestado zapatos blancos, se los probó anoche y le hacían doler, pero se los pondría para la iglesia, y el sargento miró los pies de Bonifacia, desnudos, ahogados en la arena: no le gustaba que andara patacala. Aquí no importaba, chinita, pero cuando se fueran, tendría que andar siempre con zapatos.