Lalita se ladeó y quedó de espaldas en la hamaca que crujía al balancearse. Una claridad azul entraba a la cabaña por la puerta y las rendijas con los humores cálidos y los murmullos de la noche, pero no llegaba hasta la hamaca; éstos sí.
– Tú crees que me engañas -dijo Lalita-. Crees que soy tonta.
– Tengo preocupaciones en la cabeza -dijo Fushía-, necesito que se me olviden pero tú no me das tiempo. Soy un hombre, no un animal.
– Lo que pasa es que estás enfermo -susurró Lalita.
– Lo que pasa es que me dan asco tus granos -chilló Fushía-, lo que pasa es que te has vuelto vieja. Sólo contigo no puedo, con cualquier otra cuantas veces quiera.
– Las abrazas y las besas pero tampoco les puedes -dijo Lalita, muy despacio-. Las achuales me han contado.
– ¿Les hablas de mí, puta? -el cuerpo de Fushía contagiaba a la hamaca un ansioso y continuo temblor-. ¿A las paganas les hablas de mí? ¿Quieres que te mate?
– ¿Quieres saber adónde iba cada vez que se desaparecía de la isla? -dijo Aquilino-. A Santa María de Nieva.
– ¿A Nieva? ¿Y qué iba a hacer ahí? -dijo Fushía-. ¿Cómo sabes tú que Jum se iba a Santa María de Nieva?
– Supe hace poco -dijo Aquilino-. ¿La última vez que se escapó fue hace unos ocho meses?
– Ya casi no llevo la cuenta del tiempo, viejo -dijo Fushía-. Pero sí, hará unos ocho meses. ¿Te encontraste con Jum y él te contó?
– Ahora que estamos lejos, ya lo puedes saber -dijo Aquilino-. Lalita y Nieves están viviendo ahí. Y al poco tiempo de llegar ellos a Santa María de Nieva se les presentó Jum.
– ¿Tú sabías dónde estaban? -jadeó Fushía-. ¿Tú los ayudaste, Aquilino? ¿También tú eres un perro? ¿También tú me traicionaste, viejo?
– Por eso te da vergüenza y te escondes y no te desvistes en mi delante -dijo Lalita y la hamaca dejó de crujir-. ¿Pero acaso no huelo cómo te apestan? Las piernas se te están pudriendo, Fushía, eso es peor que mis granos.
El vaivén de la hamaca era otra vez muy activo y, de nuevo crujían las estacas, largamente, pero no era él quien ahora temblaba, sino Lalita. Fushía se había encogido, y era una forma rígida y como anonadada entre las mantas, una garganta rota tratando de hablar, y en la sombra de su rostro había dos lucecitas vivas y espantadas a la altura de los ojos.
– Tú también me insultas -balbuceó Lalita-. Y si te pasa algo yo tengo la culpa, ahora tú me llamaste y todavía te enojas. A mí también me da cólera y digo cualquier cosa.
– Son los zancudos, puta -gimió Fushía bajito y su brazo desnudo golpeó, sin fuerzas-. Me han picado y se me han infectado.
– Sí, los zancudos y es mentira que te apesten, pronto te vas a curar -sollozó Lalita-. No te pongas así, Fushía, con la cólera no se piensa, se dice cualquier cosa. ¿Te traigo agua?
– ¿Se están construyendo una casa? -dijo Fushía-. ¿Se van a quedar para siempre en Santa María de Nieva esos perros?
– A Nieves lo han contratado como práctico los guardias que hay ahí -dijo Aquilino-. Ha venido otro teniente, más joven que ese que se llamaba Cipriano. Y Lalita está esperando un hijo.
– Ojalá se le muera en la barriga, y se muera ella también-dijo Fushía-. Pero dime, viejo, ¿no fue ahí donde lo colgaron? ¿A qué iba Jum a Santa María de Nieva? ¿Quería vengarse?
– Iba por esa historia tan vieja -dijo Aquilino-. A reclamar el jebe que le quitó el señor Reátegui cuando fue a Urakusa con los soldados. No le hicieron caso, y Nieves se dio cuenta que no era la primera vez que iba a reclamar, que todas sus escapadas de la isla eran para eso.
– ¿Iba a reclamarles a los guardias mientras trabajaba conmigo? -dijo Fushía-. ¿No se daba cuenta? Pudo fregarnos a todos ese bruto, viejo.
– Más bien di cosa de loco -dijo Aquilino-. Seguir con lo mismo después de tantos años. Se estará muriendo y no se le habrá quitado de la cabeza lo que le pasó. No he conocido ningún pagano tan terco como Jum, Fushía.
– Me picaron cuando me metí a la cocha a sacar la charapa que se murió -gimió Fushía-. Los zancudos, las arañas del agua. Pero las heridas ya se están secando, bruta, ¿no ves que cuando uno se rasca se infectan? Por eso huelen.
– No huelen, no huelen -dijo Lalita-, si era cosa de la cólera, Fushía. Antes tú querías todo el tiempo y yo tenía que inventarme cosas, estoy sangrando, no puedo. ¿Por qué has cambiado, Fushía?
– Te has ablandado, estás vieja, a un hombre sólo lo arrechan las mujeres duras -chilló Fushía y la hamaca comenzó a brincar-, eso no tiene que ver con las picaduras de los zancudos, perra.
– Si ya no hablo de los zancudos -susurró Lalita-, si ya sé que te estás curando. Pero el cuerpo me duele en las noches. ¿Para qué me llamas entonces, si soy como dices? No me hagas sufrir, Fushía, no me hagas venir a tu hamaca si no puedes.
– Sí puedo -chilló él-, cuando quiero puedo, pero contigo no quiero. Sal de aquí, háblame de los zancudos y ahí donde tanto te duele te meto un balazo. Fuera, sal de aquí.
Siguió chillando hasta que ella apartó el mosquitero, se levantó y fue a echarse en la otra hamaca. Entonces, Fushía calló, pero las estacas seguían crujiendo cada cierto tiempo, con violentos sacudones, como atacadas de fiebres, y sólo mucho rato más tarde quedó apaciguada la cabaña, envuelta en las murmuraciones nocturnas del bosque. Tendida de espaldas, los ojos abiertos, Lalita acariciaba con sus manos las cuerdas de chambira de la hamaca. Uno de sus pies escapó del mosquitero y enemigos minúsculos y alados lo atacaron por docenas, vorazmente se posaron en sus uñas y en sus dedos. Hurgaban la piel con sus armas finas, largas y zumbantes. Lalita golpeó el pie contra la estaca y ellos huyeron, atolondrados. Pero unos segundos después habían vuelto.
– Entonces el perro de Jum sabía dónde estaban -dijo Fushía-. Y él tampoco me dijo nada. Todos se habían puesto contra mí, Aquilino, hasta Pantacha sabría a lo mejor.
– Quiere decir que no se ha acostumbrado y que todo lo que hace es para volver a Urakusa -dijo Aquilino-. Debe extrañar mucho su pueblo, debe tenerle cariño. ¿De veras que cuando iba contigo les discurseaba a los paganos?
– Los convencía que me dieran el jebe sin pelea -dijo Fushía-. Echaba chispas y siempre les contaba la historia de los dos cristianos esos. ¿Tú los conociste, viejo? ¿Cuál era su negocio? Nunca he podido saber.
– ¿Los que se fueron a vivir a Urakusa? -dijo Aquilino-. Una vez oí al señor Reátegui hablar de eso. Eran extranjeros que venían a levantar a los chunchos, a aconsejarlos que mataran a todos los cristianos de acá. Por hacerles caso es que le vino la mala a Jum.
– Yo no sé si los odiaba o les tenía cariño -dijo Fushía-. A veces decía Bonino y Teófilo como si quisiera matarlos, y otras como si hubieran sido sus amigos.
– Adrián Nieves decía lo mismo -dijo Aquilino-. Que Jum cambiaba de opinión todo el tiempo sobre esos cristianos, y que no se decidía, un día eran buenos y al siguiente malos, diablos malditos.
Lalita cruzó la cabaña de puntillas y salió y afuera el aire estaba cargado de un vapor que humedecía la piel y, al entrar por la boca y las narices, aturdía. Los huambisas habían apagado las fogatas, sus cabañas eran unas bolsas negras, muy espesas, quietas sobre la isla. Un perro vino a frotarse en sus pies. En el cobertizo, junto al corral, las tres achuales dormían bajo una misma manta, sus rostros brillantes de resina. Cuando Lalita llegó frente a la cabaña de Pantacha y espió, su itípak mojada de sudor se pegaba a su cuerpo: una pierna musculosa emergía de las sombras, entre los muslos lisos y sin vello de la shapra. Estuvo observando, la respiración anhelante, la boca entreabierta, una mano en el pecho. Luego, corrió hacia la cabaña vecina y empujó la puerta de bejucos. En el oscuro rincón donde estaba el camastro de Adrián Nieves hubo un ruido. El práctico debía haberse despertado ya, estaría reconociendo su silueta recortada contra la noche en el umbral, los dos ríos de cabellos que encuadraban su cuerpo hasta la cintura. Después crujieron las tablas y un triángulo blanco avanzó hacia ella, buenas noches, un contorno de hombre, ¿qué había pasado?, una voz soñolienta y sorprendida. Lalita no decía nada, sólo jadeaba y esperaba, exhausta, como al final de una larga carrera. Faltaban muchas horas para que trinos y rumores alegres reemplazaran a los graznidos nocturnos y, sobre la isla, revolotearan pájaros, mariposas de colores, y la luz clara del amanecer iluminase los troncos leprosos de las lupunas. Era todavía la hora de las luciérnagas.