– Y todavía te quejas -dijo Aquilino-. Todos los cristianos sueñan con eso que tú has tenido. ¿A cuántos conoces que cambiaran así de mujer, Fushía?
– Pero eran chunchas -dijo Fushía-, chunchas, Aquilino, aguarunas, achuales, shapras, pura basura, hombre.
– Y, además, son como animalitos -dijo Lalita-, se encariñan conmigo. Más bien me dan pena del miedo que les tienen a los huambisas. Si tú fueras el patrón, serías como él, hasta me insultarías.
– ¿Acaso me conoce para que me juzgue? -dijo Nieves-. Yo no le haría eso a mi compañera. Menos si fuera usted.
– Aquí el cuerpo se les afloja rápido -dijo Fushía-. ¿Es mi culpa acaso si la Lalita envejeció? Y, además, hubiera sido tonto desperdiciar la ocasión.
– Por eso te las robabas tan chicas -dijo Aquilino-. Para que fueran duritas ¿no?
– No sólo por eso -dijo Fushía-; a mí me gustan las doncellitas como a cualquier hombre. Sólo que esos perros de los paganos no las dejan crecer sanas, a las más criaturas ya las han roto, la shapra fue la única sanita que encontré.
– Lo único que me duele es acordarme de cómo era yo, en Iquitos -dijo Lalita-. Los dientes blancos, igualitos, y ni una mancha siquiera en la cara.
– Le gusta inventarse cosas para sufrir -dijo Nieves-. ¿Por qué no deja el patrón que los huambisas se acerquen a este lado? Porque a todos se les van los ojos cuando usted pasa.
– También al Pantacha y a ti -dijo Lalita-. Pero no porque sea bonita, sino porque soy la única cristiana.
– Yo siempre he sido educado con usted -dijo Nieves-. ¿Por qué me iguala con el Pantacha?
– Tú eres mejor que el Pantacha -dijo Lalita-. Por eso he venido a visitarte. ¿Ya no tienes fiebre?
– ¿No te acuerdas que no bajé al embarcadero a recibirte? -dijo Fushía-. ¿Que tú viniste y me encontraste en la cabaña del jebe? Fue esa vez, viejo.
– Sí me acuerdo -dijo Aquilino-. Parecías durmiendo despierto. Creí que el Pantacha te había dado cocimiento.
– ¿Y no te acuerdas que me emborraché con el anisado que trajiste? -dijo Fushía.
– También me acuerdo -dijo Aquilino-. Querías quemar las cabañas de los huambisas. Parecías diablo, tuvimos que amarrarte.
– Es que traté como diez días y no le podía a esa perra -dijo Fushía-, ni a la Lalita ni a las chunchas, viejo, de volverse loco, viejo. Me ponía a llorar solo, viejo, quería matarme, cualquier cosa, diez días seguidos y no les podía, Aquilino.
– No llores, Fushía -dijo Aquilino-. ¿Por qué no me contaste lo que te pasaba? Tal vez te hubieras curado, entonces. Hubiéramos ido a Bagua, el médico te habría puesto inyecciones.
– Y las piernas se me dormían, viejo -dijo Fushía-, les pegaba y nada, les prendía fósforos y como muertas, viejo.
– Ya no te amargues con esas cosas tristes -dijo Aquilino-. Fíjate, acércate al borde, mira cuántos pececitos voladores, esos que tienen electricidad. Fíjate cómo nos siguen, qué bonitas se ven las chispitas en el aire y debajo del agua.
– Y después ronchas, viejo -dijo Fushía-, y ya no podía quitarme la ropa delante de la perra esa. Tener que disimular todo el día, toda la noche, y no tener a quién contárselo Aquilino, chuparme esa desgracia yo solito.
Y en eso rascaron el tabique y Lalita se puso de pie. Fue hasta la ventana y, la cara pegada a la tela metálica, comenzó a gruñir. Afuera alguien gruñía también, suavemente.
– El Aquilino está enfermito -dijo Lalita-. Vomita todo lo que come el pobre. Voy a verlo. Si mañana no ha vuelto todavía, vendré a hacerte la comida.
– ojalá que no hayan vuelto -dijo Nieves-. No necesito que me cocine, me basta con que venga a verme.
– Si yo te digo tú, puedes decirme tú -dijo Lalita-. Al menos cuando no haya nadie.
– Los podría coger a montones si tuviera una red, Fushía -dijo Aquilino-. ¿Quieres que te ayude a levantarte para que los veas?
– Y después los pies -dijo Fushía-. Caminar cojeando, viejo, y en eso a pelarme como las serpientes, pero a ellas les sale otra piel y a mí no, viejo, yo punta llaga, Aquilino, no es justo, no es justo.
– Ya sé que no es justo -dijo Aquilino-. Pero ven, hombre, mira qué lindos los pececitos eléctricos.
Todos los días, Juana Baura y Antonia salían de la Gallinacera a la misma hora, hacían siempre el mismo recorrido. Dos cuadras rectas, polvorientas, y era el Mercado: las placeras comenzaban a tender sus mantas al pie de los algarrobos, a ordenar sus mercancías. A la altura de la tienda Las Maravillas -peines, perfumes, blusas, polleras, cintas y pendientes- doblaban a la izquierda y, doscientos metros adelante, aparecía la plaza de Armas, una ceñida ronda de palmeras y de tamarindos. La abordaban por la bocacalle opuesta a La Estrella del Norte. Durante el trayecto, una de las manos de Juana Baura hacía adiós a los conocidos, la otra iba en el brazo de Antonia. Al llegar a la plaza, Juana observaba las bancas de varillas y elegía la más sombreada para la joven. Si la muchacha permanecía impasible, la lavandera regresaba a su casa trotando suavemente, desataba su piajeno, reunía la ropa por lavar y emprendía la marcha hacia el río. Si, por el contrario, las manos de Antonia asían las suyas con ansiedad, Juana tomaba asiento a su lado y la calmaba con mimos. Repetía su silenciosa interrogación hasta que la muchacha la dejaba partir. Volvía a buscarla a mediodía, la ropa ya fregada y, a veces, Antonia retornaba a la Gallinacera subida en el asno. No era raro que Juana Baura encontrase a la joven dando vueltas en torno a la glorieta con una vecina cariñosa, no era raro que un lustrabotas, un mendigo o jacinto le dijeran: la llevaron donde fulano, a la iglesia, al Malecón. Entonces Juana Baura volvía sola a la Gallinacera y Antonia aparecía al atardecer, de la mano de una sirvienta, de un principal caritativo.
Ese día salieron más temprano, Juana Baura debía llevar al Cuartel Grau un uniforme de parada. El Mercado estaba desierto, unos gallinazos dormitaban sobre el tejado de Las Maravillas. No habían pasado aún los barrenderos y los desperdicios y charcos despedían mal olor. En la solitaria plaza de Armas corría una brisa tímida y el sol asomaba en un cielo sin nubes. Ya no caía arena. Juana Baura limpió la banca con su pollera, halló las manos de la muchacha sosegadas, le dio una palmada en la mejilla y partió. En el camino de regreso, encontró a la mujer de Hermógenes Leandro, el del camal, y juntas continuaron andando mientras el sol crecía en el cielo, ya alanceaba los techos altos de la ciudad. Juana iba encorvada, frotándose de rato en rato la cintura y su amiga estás enferma y ella tengo calambres desde hace tiempo, sobre todo en las mañanas. Hablaron de enfermedades y remedios, de la vejez, de lo atareada que es la vida. Luego Juana se despidió, entró en su casa, salió jalando al piajeno cargado de ropa sucia y, bajo el brazo, el uniforme envuelto en números viejos de Ecos y Noticias. Fue al Cuartel Grau bordeando el arenal y la tierra estaba caliente, rápidas iguanas corrían de pronto entre sus pies. Un soldado vino a su encuentro, el teniente se iba a enojar, por qué no había traído el uniforme más temprano. Le arrebató el paquete, le pagó y ella se dirigió entonces al río. No hasta el Viejo Puente, donde solía lavar, sino hacia una playita redonda, más arriba del camal, donde encontró a otras dos lavanderas. Y las tres estuvieron toda la mañana, arrodilladas en el agua, fregando y conversando. Juana terminó primero, partió, y ahora las calles, deslumbrantes bajo un sol vertical, se hallaban repletas de vecinos y forasteros. No estaba en la plaza, ni los mendigos ni Jacinto la habían visto y Juana Baura regresó a la Gallinacera; sus manos alternativamente golpeaban al animal y frotaban su cintura. Comenzó a tender la ropa, a medio trabajo fue a echarse en su colchón de paja. Cuando abrió los ojos, ya caía arena. Refunfuñando, trotó al solar: algunas prendas se habían ensuciado. Corrió el toldo que protegía los cordeles, acabó de colgar la ropa, volvió a su cuarto, rebuscó bajo el colchón hasta encontrar la medicina. Empapó un trapo con el líquido, se levantó la pollera, vigorosamente se frotó las caderas y el vientre. La medicina olía a meados y a vómitos, Juana esperó tapándose la nariz que la piel se secara. Se preparó unas menestras y, cuando estaba comiendo, tocaron a la puerta. No era Antonia, sino una sirvienta con una canasta de ropa. De pie en el umbral, conversaron. Llovía suave, los granitos de arena no se veían, se los sentía en la cara y en los brazos como patitas de araña. Juana hablaba de calambres, de las malas medicinas y la sirvienta protesta, que te dé otra o te devuelva tu plata. Luego se fue, pegada al muro, bajo los aleros. Sola, sentada en su colchón, Juana seguía iré el domingo a tu rancho, ¿crees que porque soy vieja me vas a engañar?, con tu medicina me tiembla la cintura, ladrón. Luego se tendió y, al despertar, había oscurecido. Encendió una vela, Antonia no había llegado. Salió al solar, el asno enderezó las orejas, rebuznó. Juana cogió una manta, se la echó sobre los hombros ya en la calle: estaba negro, por las ventanas de la Gallinacera se veían candeleros, lámparas, fogones. Caminaba muy rápido, tenía revueltos los cabellos y, cerca del Mercado, desde un pórtico, alguien dijo una aparecida. Ella trotaba, me das otra medicina para el sueño que me viene a cada rato o me devuelves la plata. Había poca gente en la plaza. Se acercó a todos y nadie sabía. La arena bajaba ahora densa, visible y Juana se cubrió la boca y la nariz. Recorrió muchas calles, tocó muchas puertas, repitió veinte veces la misma pregunta y, cuando regresó a la plaza de Armas, corría trabajosamente, se apoyaba en las paredes. Dos hombres, con sombrero de paja, conversaban en una banca. Ella dijo dónde está Antonia, y el doctor Pedro Zevallos buenas noches, doña Juana, ¿qué hace en la calle a estas horas? Y el otro, con voz de forastero, hay tanta arena que nos va a partir el cráneo. El doctor Zevallos se quitó el sombrero, se lo alcanzó a Juana y ella se lo puso; era grande, le tapaba las orejas. El doctor dijo la fatiga no la. deja hablar, siéntese un rato, doña Juana, cuéntenos y ella dónde está Antonia. Los dos hombres se miraron y el otro dijo sería bueno llevarla a su casa y el doctor sí, yo conozco, es por la Gallinacera. La tomaron de los brazos, la llevaban casi en el aire y, bajo el sombrero, Juana Baura rugía: esa que es ciega, ¿la han visto?, y el doctor Zevallos tranquilícese, doña Juana, ahora que lleguemos nos cuenta, y el otro qué huele tanto y el doctor Zevallos a remedio de curandero, pobre vieja.