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Julio Reátegui se limpia la frente, mira al intérprete, le había faltado a la autoridad, eso estaba mal hecho y costaba caro: tradúcele eso. El claro de Urakusa es pequeño y triangular, el bosque lo abraza de cerca, ramas y lianas se balancean sobre las cabañas suspendidas por pilares de pona y terminadas en circunferencias abolladas como colas de pato: el intérprete ruge y acciona, Jum escucha atentamente. Hay unas veinte viviendas, idénticas: techos de yarina, tabiques de rajas de chonta unidas por bejucos, escalerillas toscamente labradas en troncos. Dos soldados conversan ante la cabaña colmada de urakusas prisioneros, otros levantan las carpas cerca del barranco, el capitán Quiroga batalla contra los zancudos y la chiquilla permanece tranquila junto al cabo Roberto Delgado, a ratos mira a Jum, tiene ojos claros y en su torso de muchacho ya se insinúan dos pequeñas corolas oscuras. Ahora habla Jum, sus labios morados disparan ruidos ásperos y escupitajos, Julio Reátegui ladea las piernas para evitar la lluvia de saliva y el intérprete cabo robando, es decir queriendo, que palo carajo, y después yéndose, fuera, nunca más, que dándole canoa, su canoa misma, de Jum, y que el práctico yéndose, no viendo, que se tiró al agua, diciendo, señor. Y el cabo Delgado da un paso hacia Jum: mentira. El capitán Quiroga lo contiene con un gesto: mentira, señor, si él se iba a ver a su familia a Bagua, ¿iba a estar perdiendo su tiempo robándoles cosas a éstos?, y qué les hubiera podido robar aun queriendo, mi capitán, ¿no veía lo miserable que era Urakusa? Y el capitán: pero entonces no era cierto que mataron al recluta. ¿Era verdad o no que se tiró al Marañón? Carajo, porque si no estaba muerto era desertor y el cabo cruza sus dedos y los besa: lo mataron, mi capitán, y lo del robo era la mentira más grande. Sólo habían registrado un poquito, pero buscando esa medicina contra los zancudos que él le había dicho y éstos lo amarraron y lo apalearon, a él, al sirviente, y al práctico lo habrían matado y lo habrían enterrado para que nadie lo descubriera, mi capitán. Julio Reátegui sonríe a la chiquilla y ésta lo mira de soslayo, ¿asustada?, ¿curiosa? Viste la pampanilla aguaruna y sus cabellos abundantes y polvorientos se agitan suavemente cuando mueve la cabeza; no lleva adornos en la cara ni en los brazos, sólo en los tobillos: dos calabazas enanas. Y Julio Reátegui: ¿por qué no había hecho comercio con Pedro Escabino?, ¿por qué no le vendió este año el jebe como otras veces? Que le tradujera eso y el intérprete gruñe y acciona, Jum escucha, los brazos cruzados y el gobernador indica a la chiquilla que se le acerque, ella le vuelve la espalda, y el intérprete, señor, nunca más, diciendo: Escabino diablo, se va, fuera, ni Urakusa, diciendo, ni Chicais, ningún pueblo aguaruna, patrón cojudeando, señor, y Julio Reátegui ¿qué iban a hacer los urakusas con el jebe que no querían venderle al patrón Escabino?, suavemente, mirando siempre a la chiquilla, ¿y qué con las pieles?, tradúcele eso. El intérprete y Jum gruñen, escupen y accionan, y ahora Reátegui los observa, un poco inclinado hacia el urakusa, y la chiquilla da un paso, mira la frente de Jum: la herida se ha hinchado pero ya no sangra, el ojo derecho del cacique está muy inflamado y Julio Reátegui ¿cooperativa? Esa palabra no existía en aguaruna, hijo, ¿le había dicho cooperativa? Y el intérprete: la había dicho en español, señor, y el capitán Quiroga sí, él la había oído. ¿Qué lío era ése, señor Reátegui? ¿Por qué ya no iban a hacer comercio con Escabino? ¿De dónde sacaron eso de ir a vender el jebe a Iquitos si éstos nunca supieron lo que era Iquitos? Julio Reátegui parece abstraído, se saca el casco, se alisa los cabellos, mira al capitán: hacía diez años que Pedro Escabino les traía telas, escopetas, cuchillos, capitán, todo lo que necesitaban para entrar al bosque a sacar goma. Después Escabino volvía, ellos le entregaban el jebe reunido, y él les completaba con telas, comida, lo que les hacía falta, y este año también recibieron adelantos, pero no quisieron venderle: ésa era la historia, capitán. Los soldados que han levantado las carpas se acercaron, uno estira la mano y toca a la chiquilla que da un salto, las calabazas danzan, ruido de sonajas y el capitán: ajá, un abuso de confianza, no estaba informado, le pegaban a un militar, estafaban a un civil, no sería raro que de veras se hubieran cargado al recluta y el gobernador agárrenla, que no se escape. Tres soldados corretean tras la chiquilla, que es ágil, escurridiza. La atrapan en el centro del claro, la llevan hacia el gobernador, éste le pasa la mano por la cara: tenía una mirada despierta, y algo gracioso en sus maneras, ¿no le parecía, capitán?, era una lástima que la pobre creciera aquí y el oficiaclass="underline" efectivamente, don Julio, y sus ojos eran verdecitos. ¿Era su hija?, que le preguntara eso y el capitán: tampoco tenía la barriguita hinchada, porque eso era tremendo en estos niños, la cantidad de parásitos que tragaban y el cabo Roberto Delgado: chiquita y bien servida, buena para mascota de la compañía, mi capitán, y los soldados ríen. ¿Era su hija?, y el intérprete no siendo, señor, tampoco urakusa, pero sí aguaruna, naciendo en Pato Huachana, señor, diciendo y Julio Reátegui llama a dos soldados: que se la llevaran a las carpas y cuidadito con dárselas de vivos con ella. Un soldado toma a la chiquilla del brazo y ella se deja llevar sin resistir. Julio Reátegui se vuelve hacia el capitán que lucha de nuevo contra invisibles, tal vez imaginarios enemigos aéreos: por aquí habían estado unos que se decían maestros, capitán. Se metieron a las tribus con el cuento de enseñar el español a los paganos y ya veía el resultado, le daban una paliza a un cabo, arruinaban el negocio de Pedro Escabino. ¿Se figuraba el capitán lo que ocurriría si todos los paganos decidían ensartar a los patrones que les habían hecho adelantos? El capitán se rasca la barbilla, gravemente: ¿una catástrofe económica? El gobernador asiente: los que venían de fuera traían los líos, capitán. La vez pasada habían sido unos extranjeros, unos ingleses, con el cuento de la botánica; se habían metido al monte y se llevaron semillas del árbol del caucho y un día el mundo se llenó de jebe salido de las colonias inglesas, más barato que el peruano y el brasileño, ésa había sido la ruina de la Amazonía, capitán, y éclass="underline" ¿de veras señor Reátegui que venían óperas a Iquitos y que los caucheros encendían sus puros con billetes? Julio Reátegui sonríe, su padre tenía un cocinero para sus perros, imagínese, y el capitán ríe, los soldados ríen, pero Jum sigue serio, los brazos cruzados, a ratos espía la cabaña atestada de urakusas prisioneros y Julio Reátegui suspira: entonces se trabajaba poco y se ganaba mucho, ahora había que sudar sangre para recibir una miserias, y todavía tener que lidiar con esta gente, resolver problemas tan tontos. El capitán está serio ahora, don julio, ya lo creía, la vida era dura para los hombres de la Amazonía, y Reátegui, la voz bruscamente severa, al intérprete: el aguaruna no podía vender en Iquitos, que tenía que cumplir sus compromisos, que esos que vinieron los habían engañado, que nada de cooperativas ni de cojudeces. Patrón Escabino volvería y que harían comercio como siempre, traduciendo eso pero el intérprete muy rápido señor, repitiendo mejorcito y el capitán te habló despacio, nada de bromas. Julio Reátegui no tenía apuro, capitán, le iba a dar gusto. El intérprete gruñe y acciona, Jum escucha, corre una brisa ligera sobre Urakusa y el ramaje del bosque ronronea débilmente, se oye una risa: la chiquilla y el soldado están jugando ante las carpas. El capitán pierde la paciencia, ¿hasta cuándo?, sacude el hombro de Jum, ¿tampoco había entendido esta vez?, ¿les tomaba el pelo? Jum alza la cabeza, su ojo sano examina al gobernador, su mano lo señala, su boca gruñe, y Julio Reátegui ¿qué había dicho?, y el intérprete: insultando, señor, tú diablo siendo, diciendo, señor.

No había nadie en el pasillo, sólo la bulla del salón, la lámpara colgada del techo tenía celofán azul y una luz de amanecer bañaba el desvaído papel de las paredes y las puertas mellizas. Josefino se acercó a la primera y escuchó, a la segunda, en la tercera alguien jadeaba, crujía un catre levemente, Josefino tocó con los nudillos y la voz de la Selvática ¿qué hay?, y una desconocida voz masculina ¿qué hay? Corrió hasta el fondo del pasillo y allí no era el amanecer sino el crepúsculo. Permaneció inmóvil, escondido en la discreta penumbra y luego chirrió una cerradura, una cabellera negra invadió la luz azul, una mano la recogió como un visillo, brillaron unos ojos verdes. Josefino se mostró, hizo una señal. Minutos después salió un hombre en mangas de camisa, que se hundió canturreando en la boca de la escalera. Josefino atravesó el pasillo y entró al cuarto: la Selvática se abotonaba una blusa amarilla.