: se le habían asado los sesos ahí arriba, ¿qué gritaba? Piruanos, Arévalo, Julio Reátegui está apoyado de espaldas en la capirona, todo el viaje se la había pasado gritando piruanos. Y el cabo Roberto Delgado asiente, señor, no paraba de insultar a todo el mundo, al capitán, al gobernador, a él mismo, no se le bajaban los humos por nada. Julio Reátegui lanza una mirada rápida hacia arriba, ya se le bajarían, y cuando inclina la cabeza tiene los ojos mojados, un poco de paciencia, cabo, qué sol había, lo cegaba a uno. Y el intérprete: su pelo diciendo, silabario, muchacha. Señor. Cojudeando dice, y Manuel Águila: parecía borracho, así deliraban cuando estaban masateados, pero mejor iban de una vez que los estaban esperando, ¿quería que él lo acompañara donde las madres? No, a la madres no les tocaba meterse, mi teniente, ¿no veía que eran extranjeras? Pero el brujo Paredes decía que la madre Angélica -la más viejita de la misión, mi teniente, ahora que se había muerto la madre Asunción- había venido de noche a la plaza a pedir que lo bajaran, y que incluso se peleó con los soldados. Se compadecería la viejita, era la más renegona de todas, pura arruga ya, y el Oscuro: por último le quemaron las axilas con huevos calientes, el cabo ese, lo harían saltar hasta el cielo y Jum ¡carajo! ¡Piruanos! El teniente taconea de nuevo, no era la manera, caramba, y con los nudillos golpea el escritorio, se habían cometido excesos, sólo que qué iban a hacer ellos ahora, todo eso ya había pasado. ¿Qué decía ahora? Que le devolvieran nomás eso que le quitaron, teniente, y que se iría a Urakusa, y el sargento ¿no le había dicho que era terco? Ese jebe ya sería suela de zapatos, y las pieles ya serían carteras, maletas, y quién sabe dónde andaba la muchacha: se lo habían explicado cien veces, mi teniente. El oficial reflexiona, el mentón sobre el puño: siempre podía dirigirse a Lima, reclamar al Ministerio, a lo mejor la Dirección de Asuntos Indígenas lo indemnizaba, a ver, que Nieves le sugiriera eso. Se gruñen y, de pronto, Jum asiente muchas veces, ¡limagobierno!, los guardias sonríen, sólo el práctico y el teniente permanecen serios: ¡silabariolima! El sargento descruza los brazos: ¿no veía que era un salvaje, mi teniente? Cómo le iban a meter en la cabeza semejantes cosas, qué querría decir para él Lima, o Ministerio, y, sin embargo, Adrián Nieves y Jum se gruñen con vivacidad, cambian escupitajos y ademanes, el aguaruna calla a ratos y cierra los ojos, como meditando, luego, cautelosamente, pronuncia unas frases, señalando al oficiaclass="underline" ¿que lo acompañara? Hombre, vaya si le gustaría darse un paseíto a Lima, que no era posible y ahora Jum señala al sargento. No, no, ni el teniente, ni el sargento, ni los guardias, Nieves, no podían hacer nada, que buscara al Reátegui ese, volviera a Borja o lo que fuera, la comisaría no iba a estar desenterrando a los muertos ¿no?, resolviendo los líos de antaño ¿no? Él se moría de cansancio, no había dormido, sargento, que acabaran de una vez. Además, si los que lo habían fajado eran soldados de la guarnición, y autoridades de aquí, ¿quién le iba a dar la razón? Adrián Nieves interroga con los ojos al sargento, ¿qué le decía, por fin?, y al teniente: ¿todo eso? El oficial bosteza, entreabre perezosamente una boca desalentada y el sargento se inclina hacia éclass="underline" lo mejor decirle que bueno, mi teniente. Le iban a devolver el jebe, las pieles, los silabarios, la muchacha, todo lo que quisiera y el Pesado qué le pasaba, mi sargento, quién le iba a devolver si Escabino ya era difunto, y el Chiquito ¿no sería de sus sueldos, no? Y el sargento para más seguridad le darían un papelito firmado. Ya lo habían hecho alguna vez con el teniente Cipriano, mi teniente, daba resultados. Le pondrían una estampilla de a medio en el papel y listo: ahora anda a buscar con eso al señor Reátegui y al Escabinodiablo para que te devuelvan todo. Y el Oscuro ¿una cojudeada en regla, mi sargento? Pero al teniente no lo convencían esas cosas, él no podía firmar ningún papel sobre este asunto tan viejo, y, además, pero el sargento papel periódico nomás, una firmita de a mentiras y así se iría tranquilo. Éstos eran tercos pero creían lo que se les decía, se pasaría meses y años buscando al Escabino y al señor Reátegui. Bueno, y que ahora le dieran algo de comer y se fuera sin que nadie más le pusiera un dedo encima, capitán, por favor que se lo repitiera él mismo. Y el capitán con mucho gusto, don Julio, llama al cabo: ¿entendido? Se había acabado el escarmiento, ni un dedo encima, y Julio Reátegui: lo importante era que volviera a Urakusa. Nunca más pegando a soldados, nunca engañando patrón, que si los urakusas se portan bien los cristianos se portan bien, que si los urakusas se portan mal los cristianos maclass="underline" que le tradujera eso, y el sargento lanza una carcajada que alegra todo su rostro redondo: ¿qué le había dicho, mi teniente? Sí, se habían librado de él, pero al oficial no le gustaba, no estaba acostumbrado a estos procedimientos, y el Pesado: la montaña no era Lima, mi teniente, aquí había que lidiar con chunchos. El teniente se pone de pie, sargento, la cabeza le daba vueltas con este lío, que no lo despertaran aunque se cayera el mundo. ¿No quería otra cervecita antes de irse a dormir?, no, ¿que le llevaran una tinaja con agua?, más tarde. El teniente hace un saludo con la mano a los guardias y sale. La plaza de Santa María de Nieva está llena de indígenas, las mujeres que muelen sentadas en el suelo forman una gran ronda, algunas llevan criaturas prendidas a las mamas. El teniente se para en medio de la trocha y, atajando el sol con la mano, contempla un momento las capironas: robustas, altas, masculinas. Un perro flaco pasa junto a él y el oficial lo sigue con la vista y entonces ve al práctico Adrián Nieves. Viene hacia él y le muestra en su mano los pedacitos blanquinegros de papel periódico, teniente: no era tan cojudo como se creía el sargento, había hecho trizas el papel y lo había tirado en la plaza, él acababa de encontrarlo.