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– ¿Les comunicaron la orden por radio a las madres? -dijo el teniente.

Sí, esta mañana, y a don Fabio le habían avisado de inmediato. don Julio decía siempre ese ministro está torpedeando la cosa, es mi peor enemigo, no saldrá nunca. Y era la pura verdad, ya veían, cambió el Ministerio y la orden vino volando.

– Después de tanto tiempo -dijo el sargento-. Yo hasta me había olvidado de los bandidos, gobernador.

Don Fabio Cuesta sonreía siempre: tenían que partir cuanto antes para estar de regreso antes de las lluvias, no les recomendaba las crecidas del Santiago, las palisadas y los remolinos del Santiago, ¿a cuántos cristianos se habrían cargado esas crecidas?

– Sólo tenemos cuatro hombres en el puesto y no es bastante -dijo el teniente-. Porque, además, tiene que quedarse un guardia aquí, cuidando la comisaría.

Don Fabio guiñó un ojo con picardía, pero si el nuevo ministro era amigo de don julio, amigo. Había dado todas las facilidades y no iban a ir solos sino con soldados de la guarnición de Borja. Y ellos ya habían recibido la orden, teniente. El oficial bebió un trago, ah, y asintió sin entusiasmo: bueno, ése era otro cantar. Pero no se lo explicaba, y movía perplejamente la cabeza, ese asunto ahora era como la resurrección de Lázaro, don Fabio. Así andaban las cosas en nuestra patria, teniente, qué quería él, ese ministro demoraba y demoraba creyendo perjudicar sólo a don Julio, sin darse cuenta qué terrible daño les hacía a todos. Más valía tarde que nunca ¿no?

– Pero si ya no hay denuncias contra esos ladrones, don Fabio -dijo el teniente-. Si la última fue al poco tiempo de llegar yo a Santa María de Nieva, fíjese cuánto ha pasado.

¿Y eso qué importaba, teniente? No habría denuncias por este lado, pero sí por otro, y además, esos forajidos tenían que pagar su deuda, ¿les servía más cervecita? El sargento aceptó y, nuevamente, vació su vaso de un trago: no era por eso, gobernador, sino que a lo mejor hacían un viaje de balde, qué iban a estar los rateros ahí todavía. Y si se adelantaban las lluvias, cuánto tiempo podían quedarse enterrados en el monte. Nada, nada, sargento, tenían que estar en la guarnición de Borja dentro de cuatro días, y otra cosa que el teniente debía saber: éste era un asunto que don Julio se tomaba muy a pecho. Los forajidos le habían hecho perder tiempo y paciencia, algo que él no perdonaba. ¿No decía el teniente que soñaba con salir de aquí? don Julio lo ayudaría si todo iba bien, la amistad de ese hombre valía oro, teniente, don Fabio lo sabía por experiencia.

– Ah, don Fabio -sonrió el oficial-, qué bien me conoce usted. Ya puso el dedo en la llaga.

– Y hasta el sargento saldrá beneficiado -replicó el gobernador, palmoteando feliz-. ¡Claro! ¿No les digo que don Julio y el nuevo ministro son amigos?

Estaba bien, don Fabio, harían lo que se pudiera. Pero que les convidara otra copita, para reaccionar, la noticia los había dejado medio atontados. Acabaron las cervezas y charlaron y bromearon en la fresca y olorosa penumbra, luego el gobernador los acompañó hasta la escalerilla y desde allí les hizo adiós. La bruma lo cubría todo ahora y, entre sus velos y danzas ambiguas, las cabañas y los árboles flotaban suavemente, se oscurecían y aclaraban, y había siluetas huidizas circulando por la plaza. Una voz menuda y tristona canturreaba a lo lejos.

– Primero a corretear tras las churres y ahora esto -dijo el sargento-. A mí no me hace gracia surcar el Santiago en esta época, va a ser una horrible moledera de huesos, mi teniente. ¿A quién va a dejar en el puesto?

– Al Pesado, que se cansa de todo -dijo el teniente-. Te hubiera gustado quedarte ¿no?

– Pero el Pesado tiene muchos años en la montaña -dijo el sargento-; eso da experiencia, mi teniente. ¿Por qué no el Chiquito, que es tan enclenque?

– El Pesado -dijo el teniente-. Y no pongas esa cara. A mí tampoco me gusta esta vaina, pero ya oíste al gobernador, de repente después de este viajecito cambia la suerte y salimos de aquí. Anda a llamar a Nieves y tráete a los otros a mi casa, para hacer el plan de trabajo.

El sargento quedó un momento inmóvil en la bruma, las manos en los bolsillos. Luego, cabizbajo, cruzó la plaza, pasó junto al embarcadero sumergido bajo una densa capa de vapor, se internó en la trocha y avanzó por un paisaje humoso y resbaladizo, cargado de electricidad y de graznidos. Cuando llegó frente a la cabaña del práctico, hablaba solo, sus manos estrujaban el quepí y sus polainas, su pantalón y su camisa tenían salpicaduras de barro.

– Qué milagro a estas horas, sargento -Lalita se escurría los cabellos, inclinada sobre la baranda; su rostro, sus brazos y su vestido chorreaban-. Pero pase, suba, sargento.

Indeciso, pensativo, siempre moviendo los labios, el sargento trepó la escalerilla, en la terraza dio la mano a Lalita y, cuando se volvió, Bonifacia estaba junto a él, también empapada. Su vestido color crudo se adhería a su cuerpo, sus cabellos húmedos ceñían su rostro como una toca, y sus ojos verdes miraban al sargento contentos, sin embarazo. Lalita exprimía el ruedo de su falda, ¿había venido a visitar a su alojada, sargento?, y gotitas transparentes rodaban sobre sus pies: ahí la tenía. Habían estado pescando y se habían metido al río con esta niebla, figúrese, no veían nada pero el agua estaba tibiecita, rica, y Bonifacia se adelantó: ¿traía comida? ¿Anisado? En vez de responder, Lalita lanzó una carcajada y entró a la cabaña.

– Te has hecho ver con el Pesado esta mañana -dijo el sargento-. ¿Por qué te hiciste ver? ¿No te dije que no quería?

– La está usted celando, sargento -dijo Lalita, desde la ventana, entre risas-. Qué le importa que la vean. ¿No querrá que la pobre se pase la vida escondiéndose, no?

Bonifacia escudriñaba el rostro del sargento, muy seria, y en su actitud había algo asustado y confuso. Él dio un paso hacia ella y los ojos de Bonifacia se alarmaron, pero no se movió y el sargento alzó un brazo, la tomó del hombro, chinita, no quería que hablara con el Pesado, y tampoco con ningún cristiano, señora Lalita.

– Yo no puedo prohibirle -dijo Lalita y Aquilino, que había aparecido en la ventana, se rió-. Y usted tampoco, sargento, ¿acaso es su hermano? Sólo siendo su marido podría.

– Yo no lo vi -tartamudeó Bonifacia-. Será mentira, no me habrá visto, diría nomás.

– No te humilles, no seas tonta -dijo Lalita-. Más bien dale celos, Bonifacia.

El sargento pegó a Bonifacia contra él, que nunca la viera con el Pesado mejor, y con dos dedos le levantó la barbilla, que nunca la viera con ningún hombre, señora, y Lalita lanzó otra carcajada y junto al rostro del Aquilino habían surgido otros dos. Los tres chiquillos se comían al sargento con los ojos y con ninguno la habría de ver, Bonifacia cogió la camisa del sargento y los labios le temblaban: se lo prometía.

– Eres tonta -dijo Lalita-. Cómo se ve que no conoces a los cristianos, sobre todo a los uniformados.

– Tengo que salir de viaje -dijo el sargento, abrazando a Bonifacia-. No volveremos antes de tres semanas, quizás un mes.

– ¿Conmigo sargento? -Adrián Nieves, en calzoncillos, estaba en la escalerilla, sacudiéndose con la mano el cuerpo bruñido y huesoso-. No me diga que otra vez se escaparon las pupilas.

Y cuando volviera se casarían, chinita, y la voz se le quebró y se puso a reír como un idiota, mientras Lalita gritaba e irrumpía en la terraza, resplandeciente, los brazos abiertos y Bonifacia salía a su encuentro y se abrazaban. El práctico Nieves estrechó la mano del sargento que hablaba soltando gallos, don Adrián, es que se había emocionado un poco: quería que ellos fueran los padrinos, claro. Ya veía, señora Lalita, había caído en su trampa nomás y Lalita sabía desde el principio que el sargento era un cristiano correcto, que la dejara abrazarlo. Harían una gran fiesta, ya vería cómo lo festejarían. Bonifacia, aturdida, abrazaba al sargento, a Lalita, besaba la mano del práctico, cogía a los chiquillos en vilo, y ellos con mucho gusto serían los padrinos, sargento, que se quedara a comer esta noche. Los ojos verdes relampagueaban, y Lalita se harían su casa aquí al ladito, se entristecían, ellos los ayudarían, se alegraban y el sargento tenía que cuidársela mucho, señora, no quería que ella viera a nadie mientras él estuviera de viaje y Lalita por supuesto, ni a la puerta saldría, la amarrarían.

– ¿Y adónde vamos ahora? -dijo el práctico-. ¿Otra vez con las madrecitas?

– Ojalá fuera eso -dijo el sargento-. Nos van a sacar el alma, don Adrián. Figúrese que llegó la orden. Nos vamos al Santiago, a buscar a los fascinerosos esos.

– ¿Al Santiago? -dijo Lalita. Se había demudado, estaba rígida y boquiabierta y el práctico Nieves, apoyado en la baranda, examinaba el río, la bruma, los árboles. Los chiquillos continuaban revoloteando alrededor de Bonifacia.

– Con gente de la guarnición de Borja -dijo el sargento-. ¿Pero por qué se pusieron así? No hay peligro, vamos a ir muchos. Y a lo mejor esos rateros ya se murieron de viejos.

– Pintado vive allá abajo -dijo Adrián Nieves, señalando el río oculto por la niebla-. Conoce bien la región y es un práctico de los buenos. Hay que avisarle ahorita, a veces sale de pesca a estas horas.

– Pero cómo -dijo el sargento-. ¿Usted no quiere venir con nosotros, don Adrián? Son más de tres semanas, se sacará su buena platita.