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Los León y Josefino se habían instalado en el bar y gritaban y brincaban, muy disforzados: te queremos Chunga Chunguita, eres nuestra reina, nuestra mamita, Chunga Chunguita.

– Déjense de cojudeces y consuman, o se mandan mudar -dijo la Chunga. Se volvió a la orquesta-: ¿Por qué no tocan?

– No podíamos -dijo el Bolas-. Los inconquistables hacían una bulla salvaje. Se los notaba contentísimos.

– Es que esa noche estaban forrados de billetes -dijo la Chunga.

– Mira, mira -el Mono le mostraba un abanico de libras y se chupaba los labios-. ¿Cuánto calculas?

– Qué angurrienta eres, Chunga, qué ojos has puesto -dijo Josefino.

– Seguro que es robado -repuso la Chunga-. ¿Qué les sirvo?

– Estarían tomados -dijo la Selvática-. Siempre les da por hacer chistes y cantar.

Atraídas por el ruido, tres habitantas aparecieron en la escalera: Sandra, Rita, Maribel. Pero, al ver a los inconquistables, parecieron defraudadas, abandonaron sus gestos orondos y se oyó la gigantesca carcajada de la Sandra, eran ellos, qué ensarte, pero el Mono les abrió los brazos, que vinieran, que pidieran cualquier cosa, y les mostró los billetes.

También sírveles algo a los músicos, Chunga -dijo Josefino.

– Muchachos amables -sonrió el arpista-. Siempre andan convidándonos. Yo conocí al padre de Josefino, muchacha. Era lanchero y cruzaba las reses que venían de Catacaos. Carlos Rojas, tipo muy simpático.

La Selvática llenó de nuevo la taza del arpista y le echó azúcar. Los inconquistables se sentaron en una mesa con la Sandra, la Rita y la Maribel y recordaban una partida de póquer que acababan de disputar en el Reina. El Joven Alejandro bebía su café con aire lánguido: eran los inconquistables, no sabían trabajar, sólo chupar, sólo timbear, eran los inconquistables y ahora iban a culear.

– Les ganamos limpiamente, Sandra, te juro. Nos ayudaba la suerte.

– Escalera real tres veces seguidas, ¿alguien ha visto cosa igual?

– Les enseñaban la letra a las muchachas -dijo el arpista, con voz risueña y benévola-. Y después se vinieron donde nosotros, para que les tocáramos su himno. Por mí lo haría, pero pídanle permiso primero a la Chunga.

– Y tú nos hiciste señas que sí, Chunga -dijo el Bolas.

– Estaban consumiendo como nunca -explicó la Chunga a la Selvática-. Por qué no les iba a dar gusto.

– Así comienzan a veces las desgracias -dijo el joven, con un gesto melancólico-. Por una canción.

– Canten, para pescar la música -dijo el arpista-. A ver, Joven, Bolas, abran bien las orejas.

Mientras los inconquistables coreaban el himno, la Chunga se balanceaba en su mecedora como una apacible ama de casa, y los músicos seguían el compás con el pie y repetían la letra entre dientes. Después, todos cantaron a voz en cuello, con acompañamiento de guitarra, arpa y platillos.

– Se acabó -dijo Seminario-. Basta de cantitos y de groserías.

– Hasta entonces no había hecho caso de la bulla y estuvo muy pacífico, conversando con su amigo -dijo el Bolas.

– Yo lo vi pararse -dijo el Joven-. Como una furia, creí que se nos echaba encima.

– No tenía voz de borracho -dijo el arpista-. Le hicimos caso, nos callamos, pero él no se calmaba. ¿Desde qué hora estaba aquí, Chunga?

– Desde temprano. Se vino de frente de su hacienda, con botas, pantalón de montar y pistola.

– Un toro de hombre ese Seminario -dijo el joven-. Y una mirada maligna. Más fuerte eres, más malo eres.

– Gracias, hermano -dijo el Bolas.

– Tú eres la excepción, Bolas -dijo el joven-. Cuerpo de boxeador y almita de oveja, como dice el maestro.

– No se ponga así, señor Seminario -dijo el Mono-. Sólo cantábamos nuestro himno. Permítanos invitarle una cerveza.

– Pero él estaba de malas -dijo el Bolas-. Se había picado por algo y buscaba pelea.

– ¿Así que ustedes son los gallitos que arman líos por calles y plazas? -dijo Seminario-. ¿A que no se meten conmigo?

Rita, Sandra y Maribel se alejaban de puntillas hacia el bar y el Joven y el Bolas escudaban con sus cuerpos al arpista que, sentado en su banquito, la expresión tranquila, se había puesto a ajustar las clavijas del arpa. Y Seminario seguía, él también era un pendejo, contoneándose, y sabía divertirse, golpeándose el pecho, pero trabajaba, se rompía los lomos en su tierra, no le gustaban los vagabundos, corpulento y locuaz bajo la bombilla violeta, los muertos de hambre, esos que se dan de locos.

– Somos jóvenes, señor. No estamos haciendo nada malo.

– Ya sabemos que usted es muy fuerte, pero no es una razón para insultarnos.

– ¿De veras que una vez levantó en peso a un catacaos y lo tiró a un techo? ¿De veras, señor Seminario?

– ¿Se le rebajaban tanto? -dijo la Selvática-. No me lo creía de ellos.

– Qué miedo me tienen -reía Seminario, aplacado-. Cómo me soban.

– A la hora de la hora, los hombres siempre se despintan -dijo la Chunga.

– No todos, Chunga -protestó el Bolas-. Si se metía conmigo, yo le respondía.

– Estaba armado y los inconquistables tenían razón de asustarse -sentenció el joven, suavemente-: El miedo es como el amor, Chunga, cosa humana.

– Te crees un sabio -dijo la Chunga-. Pero a mí me resbalan tus filosofías, por si no lo sabes.

– Lástima que los muchachos no se fueran en ese momento -dijo el arpista.

Seminario había vuelto a su mesa, y también los inconquistables, sin rastros de la alegría de un momento atrás: que se emborrachara y vería, pero no, andaba con pistola, mejor aguantarse las ganas para otro día, ¿y por qué no quemarle la camioneta?, estaba ahí afuerita, junto al Club Grau.

– Más bien salgamos y lo dejamos encerrado aquí y metemos fuego a la Casa Verde -dijo Josefino-. Un par de latas de kerosene y un fosforito bastarían. Como hizo el padre García.

– Ardería como paja seca -dijo José-. También la barriada y hasta el Estadio.

– Mejor quememos todo Piura -dijo el Mono-. Una fogata grandisisísima, que se vea desde Chiclayo. Todo el arenal se pondría retinto.

– Y caerían cenizas hasta en Lima -dijo José-. Pero, eso sí, habría que salvar la Mangachería.

– Claro, no faltaba más -dijo el Mono-. Buscaríamos la forma.

– Yo tenía unos cinco años cuando el incendio -dijo Josefino-. ¿Ustedes se acuerdan de algo?

– No del comienzo -dijo el Mono-. Fuimos al día siguiente, con unos churres del barrio, pero nos corrieron los cachacos. Parece que los que llegaron primero se robaron muchas cosas.

– Me acuerdo sólo del olor a quemado -dijo Josefino-. Y que se veía humo, y que muchos algarrobos se habían vuelto carbones.

– Vamos a decirle al viejo que nos cuente -dijo el Mono-. Le invitaremos unas cervezas.

– ¿Acaso no era de mentiras? -dijo la Selvática-. ¿O estaban hablando de otro incendio?

– Cosas de los piuranos, muchacha -dijo el arpista-. Nunca les creas cuando te hablen de eso. Puros inventos.

– ¿No está cansado, maestro? -dijo el Joven-. Van a ser las siete, podríamos irnos.

– Todavía no tengo sueño -dijo don Anselmo-. Que haga su digestión el desayuno.

Acodados en el mostrador, los inconquistables trataban de convencer a la Chunga: que lo dejara un ratito, qué le costaba, para conversar un poco, que la Chunga Chunguita no fuera malita.

– Todos lo quieren mucho a usted, don Anselmo -dijo la Selvática-. Yo también, me hace acordar de un viejecito de mi tierra que se llamaba Aquilino.

– Tan generosos, tan simpáticos -dijo el arpista-. Me llevaron a su mesa y me ofrecieron una cervecita.

Estaba transpirando. Josefino le puso un vaso en la mano, él se lo tomó de una vuelta y quedó boqueando. Luego, con su pañuelo de colores, se limpió la frente, las tupidas cejas blancas y se sonó.

– Un favor de amigos, viejo -dijo el Mono-. Cuéntenos lo del incendio.

La mano del arpista buscó el vaso y, en vez del suyo, atrapó el del Mono; lo vació de un trago. De qué hablaban, cuál incendio, y volvió a sonarse.

– Yo estaba churre y vi las llamas desde el Malecón. Y a la gente corriendo con crudos y baldes de agua -dijo Josefino-. ¿Por qué no nos cuenta, arpista? Qué le hace, después de tanto tiempo.

– No hubo ningún incendio, ninguna Casa Verde -afirmaba el arpista-. Invenciones de la gente, muchachos.

– ¿Por qué se hace la burla de nosotros? -dijo el Mono-. Anímese, arpista, cuéntenos siquiera un poquito.

Don Anselmo se llevó dos dedos a la boca y simuló fumar. El joven le alcanzó un cigarrillo y el Bolas se lo encendió. La Chunga había apagado las luces del salón y el sol entraba en el local a chorros, por las ventanas y las rendijas. Había llagas amarillas en las paredes y en el suelo, la calamina del techo reverberaba. Los inconquistables insistían, ¿cierto que se chamuscaron unas habitantas?, ¿de veras fueron las gallinazas las que la incendiaron?, ¿él estaba adentro?, ¿lo hizo el padre García por pura maldad o por cosas de la religión?, ¿cierto que doña Angélica salvó a la Chunguita de morir quemada?

– Pura fábula -aseguraba el arpista-, tonterías de la gente para hacer rabiar al padre García. Deberían dejarlo en paz, al pobre viejo. Y ahora tengo que trabajar, muchachos, con permiso.

Se levantó y, a pasitos cortos, las manos adelante, regresó al rincón de la orquesta.

– ¿Ven? Se hace el cojudo, como siempre -dijo Josefino-. Yo sabía que era por gusto.

– A esa edad se les ablanda el cerebro -dijo el Mono-, a lo mejor se ha olvidado de todo. Habría que preguntarle al padre García. Pero quién se atreve.

Y en eso se abrió la puerta y entró la ronda.

– Esos conchudos -murmuró la Chunga-. Venían a gorrearme trago.