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– La ronda, es decir Lituma y dos cachacos más, Selvática -dijo el Bolas-. Caían por acá todas las noches.

Bajo la sombra curva de los plátanos, Bonifacia se enderezó y miró hacia el pueblo: hombres y mujeres cruzaban la plaza de Santa María de Nieva a la carrera, agitando las manos muy excitadas en dirección al embarcadero. Se inclinó de nuevo sobre los surcos rectilíneos pero, un momento después, volvió a empinarse: la gente fluía sin tregua, alborotada. Espió la cabaña de los Nieves; Lalita seguía canturreando en el interior, una serpentina de humo gris escapaba por entre las cañas del tabique, aún no aparecía en el horizonte la lancha del práctico. Bonifacia contorneó la cabaña, invadió los matorrales de la orilla y, el agua en los tobillos, avanzó hacia el pueblo. Las copas de los árboles se confundían con las nubes, los troncos con las lenguas ocres de las riberas. Había comenzado la creciente; el río arrastraba corrientes parásitas, de aguas más rubias o más morenas, y también arbustos, flores degolladas, líquenes y formas que podían ser pedruzcos, caca o roedores muertos. Mirando a todos lados, despacio, cautelosamente como un rastreador recorrió un bosquecillo de juncos y, al vencer un recodo, divisó el embarcadero: la gente estaba inmóvil entre las estacas y las canoas y había una balsa detenida a unos metros del muelle flotante. El crepúsculo azulaba las itípak y los rostros de las aguarunas y había también hombres, los pantalones remangados hasta las rodillas, el torso desnudo. Podía ver el cordel que cedía o se estiraba con el vaivén de la balsa del recién llegado, el pilote de la proa y, muy nítida, la choza armada en la popa. Una bandada de garzas sobrevoló el bosquecillo y Bonifacia oyó, muy próximo, el batir de las alas, alzó la cabeza y vio los cuellos finos, albos, los cuerpos rosados alejándose. Entonces siguió avanzando, pero muy inclinada y ya no por la orilla sino internada en la maleza, arañándose los brazos, la cara y las piernas con los filos de las hojas, las espinas y las lianas ásperas, entre zumbidos, sintiendo viscosas caricias en los pies. Casi donde cesaba el bosque, a poca distancia de la gente aglomerada, se detuvo y se puso en cuclillas: la vegetación se cerró sobre ella y ahora podía verlo a través de una complicada geometría verde de rombos, cubos y ángulos inverosímiles. El viejo no se daba ninguna prisa; muy calmado iba y venía por la balsa, acomodando con minuciosa exactitud los cajones y la mercadería ante los espectadores que cuchicheaban y hacían gestos de impaciencia. El viejo entraba a la choza y volvía con un género, unos zapatos, una sarta de collares de chaquira y, serio, cuidadoso, maniático, los ordenaba sobre los cajones. Era muy delgado, cuando el viento hinchaba su camisa parecía un jorobado pero, de pronto, la pechera y la espalda se hundían casi hasta tocarse y revelaban su verdadera silueta, fina, angostísima. Llevaba un pantalón corto y Bonifacia veía sus piernas, flacas como sus brazos, su rostro de piel quemada y casi tinta, y la fantástica, sedosa cabellera blanca que ondulaba sobre sus hombros. El viejo estuvo un buen rato todavía trayendo utensilios domésticos y adornos multicolores, apilando ceremoniosamente telas estampadas. El cuchicheo crecía cada vez que el viejo sacaba algo de la choza y Bonifacia podía ver el arrobo de las paganas y de las cristianas, sus fascinadas, codiciosas ojeadas a las mostacillas, peinetas, espejitos, pulseras y talcos, y los ojos de los hombres fijos en las botellas alineadas en el canto de la balsa, junto a latas de conservas, cinturones y machetes. El viejo consideró su obra un momento, se volvió hacia la gente y ésta corrió en tumulto, chapoteó en torno a la embarcación. Pero el viejo agitó su melena blanca y los contuvo a manazos. Blandiendo su pértiga como una lanza, los obligó a retroceder, a subir en orden. La primera fue la mujer de Paredes. Gorda, torpe, no conseguía trepar a bordo, el viejo tuvo que ayudarla y ella estuvo tocándolo todo, olfateando los frascos, manoseando nerviosamente las telas y jabones, y la gente murmuró y protestó hasta que ella regresó al embarcadero, el agua a la cintura, sosteniendo en alto un vestido floreado, un collar, unos zapatos blancos. Así fueron subiendo a la balsa, una tras otra, las mujeres. Algunas eran lentas y desconfiadas para elegir, otras porfiaban interminablemente por el precio y había quienes lloriqueaban o amenazaban pidiendo rebajas. Pero todas venían de la balsa con algo en las manos, algunos cristianos con costales repletos de provisiones y algunas paganas con apenas una bolsita de mostacillas para ensartar. Cuando el embarcadero quedó desierto, anochecía: Bonifacia se incorporó. El Nieva estaba en plena llena, olitas crespas y canosas corrían bajo el ramaje y morían junto a sus rodillas. Tenía el cuerpo manchado de tierra, yerbas prendidas a los cabellos y al vestido. El viejo guardaba la mercadería, metódico y preciso disponía los cajones en la proa y, sobre Santa María de Nieva, el cielo era una constelación de alquitrán y ojos de búho, pero al otro lado del Marañón, sobre la ciudadela sombría del horizonte, una franja azul resistía aún a la noche y la luna despuntaba tras los locales de la misión. El cuerpo del viejo era una escuálida mancha, en la penumbra su cabellera destellaba plateada como un pez. Bonifacia miró hacia el pueblo: había luces en la Gobernación, donde Paredes, y unos mecheros titilaban sobre las colinas, en las ventanas de la residencia. La oscuridad se iba tragando a bocados lentos las cabañas de la plaza, las capironas, el sendero escarpado. Bonifacia abandonó su refugio y corrió agazapada hacia el embarcadero. El fango de la orilla estaba blando y caliente, el agua del remanso parecía inmóvil y ella la sintió subir por su cuerpo y sólo a unos metros de la ribera comenzaba la corriente, una templada fuerza obstinada que la obligó a bracear para no desviarse. El agua le llegaba a la barbilla cuando se cogió a la balsa y vio el pantalón blanco del viejo, el ruedo de su cabellera: era tarde, que volviera mañana. Bonifacia se izó un poco sobre la borda, apoyó en ella los codos y el viejo, inclinado hacia el río, la escudriñó: ¿hablaba cristiano?, ¿entendía?

– Sí, don Aquilino -dijo Bonifacia-. Tenga buenas noches.

– Es hora de dormir -dijo el viejo-. Ya se cerró la tienda, regresa mañana.

– Sea bueno -dijo Bonifacia-. ¿Me deja subir un ratito?

– Le has sacado la plata a tu marido a escondidas y por eso vienes a esta hora -dijo el viejo-. ¿Y si él me reclama mañana?

Escupió al agua y se rió. Estaba en cuclillas, sus cabellos caían espumosos y libres en torno a su rostro y Bonifacia veía su frente oscura, limpia de arrugas, sus ojos como dos animalitos ardientes.

– Qué me importa -dijo el viejo-, yo sólo hago mi negocio. Anda, sube.

Alargó una mano, pero Bonifacia había subido ya, elásticamente, y, sobre la cubierta, se escurría el vestido y se restregaba los brazos. ¿Collares? ¿Zapatos? ¿Cuánta plata tenía? Bonifacia comenzó a sonreír con timidez, ¿no necesitaba un trabajito, don Aquilino?, y sus ojos observaban la boca del viejo con ansiedad, ¿que le hicieran la comida mientras se quedaba en Santa María de Nieva?, ¿que le fueran a recoger fruta?, ¿que le limpiaran la balsa no necesitaba? El viejo se acercó a ella, ¿de dónde la conocía?, y la examinó de arriba abajo: ¿la había visto antes, no es cierto?

– Quisiera una telita -dijo Bonifacia y se mordió los labios. Señaló la choza y, un instante, sus ojos se iluminaron-. Esa amarilla que guardó al último. Se la pago con un trabajito, usted me dice cuál y yo se lo hago.

– Nada de trabajitos -dijo el viejo-. ¿No tienes plata?

– Para un vestido -susurró Bonifacia, suave y tenaz-. ¿Le traigo fruta? ¿Prefiere que le sale el pescado? Y rezaré para que no le pase nada en sus viajes, don Aquilino.

– No necesito rezos -dijo el viejo; la miró muy de cerca y, de pronto, chasqueó los dedos-. Ah, ya te reconocí.

– Voy a casarme, no sea malo -dijo Bonifacia-. Con esa telita me haré un vestido, yo sé coser.

– ¿Por qué no estás vestida de monja? -dijo don Aquilino.

Ya no vivo donde las madres -dijo Bonifacia-. Me botaron de la misión y ahora voy a casarme. Déme esta telita y le hago un trabajito y la próxima vez que venga se la pago en soles, don Aquilino.

El viejo puso una mano en el hombro de Bonifacia, la hizo retroceder para que el resplandor de la luna le diera en la cara, calmadamente examinó los ojos verdes anhelantes, el menudo cuerpo que goteaba: ya era mujer. ¿La habían botado las madrecitas porque se enredó con un cristiano? ¿Con ése con el que iba a casarse? No, don Aquilino, se había enredado después y nadie sabía en el pueblo dónde estaba, ¿y dónde estaba?, la habían recogido los Nieves, ¿le hacía ese trabajito, por fin?

– ¿Estás viviendo con Adrián y Lalita? -dijo don Aquilino.

– Ellos me presentaron al que va a ser mi marido -dijo Bonifacia-. Han sido muy buenos conmigo, como mis padres han sido.

– Yo voy ahora donde los Nieves -dijo el viejo-. Ven conmigo.

– ¿Y la telita? -dijo Bonifacia-. No se haga rogar tanto, don Aquilino.

El viejo saltó al agua sin ruido, Bonifacia vio flotar la cabellera hacia el embarcadero, la vio regresar. Don Aquilino trepó con el cordel sobre el hombro, lo enrolló y con la pértiga impulsó la balsa río arriba, pegada a la orilla. Bonifacia levantó la otra pértiga y, de pie en la borda opuesta, imitó al viejo que hundía y sacaba el madero diestramente, sin esfuerzo. A la altura del bosquecillo de juncos, la corriente era más fuerte y don Aquilino tuvo que maniobrar para que la embarcación no se apartara de la orilla.

– Don Adrián salió de pesca temprano, pero ya habrá vuelto -dijo Bonifacia-. Lo invitaré al matrimonio, don Aquilino, pero me dará la telita ¿no? Voy a casarme con el sargento, ¿usted lo conoce?