Sólo años después comenzó a aventurarse el arpista fuera de los límites de la Mangachería. Las calles de la ciudad crecían, se transformaban, se endurecían con adoquines y veredas altas, se engalanaban con casas flamantes y se volvían ruidosas, los chiquillos correteaban tras los automóviles. Había bares, hoteles y rostros forasteros, una nueva carretera a Chiclayo y un ferrocarril de rieles lustrosos unía Piura y Palta pasando por Sullana. Todo cambiaba, también los piuranos. Ya no se los veía por las calles con botas y pantalones de montar, sino con ternos y hasta corbatas y las mujeres, que habían renunciado a las faldas oscuras hasta los tobillos, se vestían de colores claros, ya no iban escoltadas de criadas y ocultas en velos y mantones, sino solas, el rostro al aire, los cabellos sueltos. Cada vez había más calles, casas más altas, la ciudad se dilataba y retrocedía el desierto. La Gallinacera desapareció y en su lugar surgió un barrio de principales. Las chozas apiñadas detrás del camal ardieron una madrugada; llegaron municipales, policías, el alcalde y el prefecto al frente, y con camiones y palos sacaron a todo el mundo y al día siguiente comenzaron a trazar calles rectas, manzanas, a construir casas de dos pisos y al poco tiempo nadie hubiera imaginado que en ese aseado rincón residencial habitado por blancos habían vivido peones. También Castilla creció, se convirtió en una pequeña ciudad. Pavimentaron las calles, llegó el cine, se abrieron colegios, avenidas y los viejos se sentían transportados a otro mundo, protestaban incomodidades, indecencias, atropellos.
Un día, el arpa bajo el brazo, el viejo avanzó por esa ciudad renovada, llegó a la plaza de Armas, se instaló bajo un tamarindo, comenzó a tocar. Volvió la tarde siguiente, y muchas otras, sobre todo los jueves y los sábados, días de retreta. Los piuranos acudían por decenas a la plaza de Armas a escuchar a la banda del Cuartel Grau y él se adelantaba, ofrecía su propia retreta una hora antes, pasaba el sombrero y, apenas reunía unos soles, volvía a la Mangachería. Ésta no había cambiado, tampoco los mangaches. Allí seguían las chozas de barro y caña brava, las velas de sebo, las cabras y, a pesar del progreso, ninguna patrulla de la Guardia Civil se aventuraba de noche por sus calles ásperas. Y, sin duda, el arpista se sentía mangache de corazón, porque el dinero que ganaba dando conciertos en la plaza de Armas venía siempre a gastárselo en el barrio. En las noches seguía tocando donde la Tula, la Gertrudis o donde Angélica Mercedes, su ex cocinera, que ahora tenía chichería propia. Nadie podía ya concebir la Mangachería sin él, ningún mangache imaginar que a la mañana siguiente no lo vería rondando hieráticamente por las callejuelas, apedreando gallinazos, saliendo de las chozas con bandera roja, durmiendo al sol, que no escucharía su arpa, a lo lejos, en la oscuridad. Hasta en su manera de hablar, las pocas veces que hablaba, cualquier piurano reconocía en él a un mangache.
– Los inconquistables lo llamaron a su mesa -dijo la Chunga-. Pero el sargento se hacía el que no los veía.
– Tan educado siempre -dijo el arpista-. Vino a saludarme y a abrazarme.
– Con sus bromas, estos fregados van a hacer que mis subordinados me pierdan el respeto, viejo -dijo Lituma. Los dos guardias se habían quedado en el bar, mientras el sargento conversaba con don Anselmo; la Chunga les sirvió cerveza y los León y Josefino dale que dale. -Mejor no sigan que la Selvática se está poniendo triste -dijo el joven-. Además es tarde, maestro.
– No te pongas triste, muchacha -la mano de don Anselmo revoloteó sobre la mesa, derribó una taza, palmeó el hombro de la Selvática-. La vida es así y no es culpa de nadie. Esos traidores, se uniformaban y ya no se sentían mangaches, ni saludaban, ni querían mirar.
– Los guardias no sabían que era por el sargento -dijo la Chunga-. Tomaban su cerveza de lo más tranquilos, conversando conmigo. Pero él sí sabía, los fusilaba con los ojos, y con la mano esperen, cállense.
– ¿Quién invitó a esos uniformados? -dijo Seminario-. A ver, ya se están despidiendo. Chunga, hazme el favor de botarlos.
– Es el señor Seminario, el hacendado -dijo la Chunga-. No le hagan caso.
– Ya lo reconocí -dijo el sargento-. No lo miren, muchachos, estará borracho.
– Ahora se mete con los cachacos -dijo el Mono-.
Se las trae el puta.
– Nuestro primo podría responderle, que le sirva para algo el uniforme -dijo José.
El Joven Alejandro tomó un traguito de café:
– Llegaba aquí tranquilo, pero a las dos copas se enfurecía Debía tener alguna pena terrible en el corazón, y la desfogaba así, con lisuras y trompadas.
– No se ponga así, señor -dijo el sargento-. Estamos haciendo nuestro trabajo, para eso nos pagan.
– Ya vigilaron bastante, ya vieron que todo está pacífico -dijo Seminario-. Ahora váyanse y dejen a la gente decente disfrutar en paz.
– No se moleste por nosotros -dijo el sargento-. Siga disfrutando nomás, señor.
El rostro de la Selvática estaba cada vez más afligido y, en su mesa, Seminario se retorcía de cólera, también el cachaco lo sobaba, ya no había machos en Piura, qué le habían hecho a esta tierra, maldita sea, no era justo. Y entonces se le acercaron la Hortensia y la Amapola y con zalamerías y bromas lo calmaron un poco.
– La Hortensia, la Amapola -dijo don Anselmo-. Qué nombres les pones, Chunguita.
– ¿Y ellos qué hacían? -dijo la Selvática-. Les daría furia eso que dijo de Piura.
– Echaban bilis por los ojos -dijo el Bolas-. Pero qué iban a hacer, se morían de miedo.
Ellos no lo creían a Lituma tan rosquete, estaba armado y debió emparársele, el Seminario se pasaba de vivo, no hay que buscarle tres pies al gato sabiendo que tiene cuatro, y la Rita más despacio que ahorita los iba a oír, y la Maribel va a haber lío, y la Sandra con sus carcajadas. Y, al poco rato, la ronda se fue, el sargento acompañó hasta la puerta a los dos guardias y regresó solo. Fue a sentarse a la mesa de los inconquistables.
– Mejor se hubiera ido también -dijo el Bolas-. El pobre.
– ¿Por qué pobre? -protestó la Selvática, con vehemencia-. Es un hombre, no necesita que lo compadezcan.
– Pero tú dices siempre pobrecito, Selvática -dijo el Bolas.
– Yo soy su mujer -explicó la Selvática y el Joven esbozó una vaga sonrisa.
Lituma los sermoneaba, ¿por qué le hacían burlas delante de su gente? Y ellos tienes dos caras, te haces el serio en su delante y después los despides para gozar a tu gusto. De uniforme les daba pena, era otra persona, y a él ellos le daban más pena y al ratito se amistaron y cantaron: eran los inconquistables, no sabían trabajar, sólo chupar, sólo timbear, eran los inconquistables y ahora iban a culear.
– Hacerse un himno para ellos solos -dijo el arpista-. Ah, esos mangaches, son únicos.
– Pero tú ya no eres, primo -dijo el Mono-. Te dejaste conquistar.
– No sé cómo no se te ha caído la cara, primo -dijo José-. Nunca se vio un mangache de cachaco.
– Se estarían contando sus chistes o sus borracheras -dijo la Chunga-. De qué querías que hablaran si no.
– Diez años, coleguita -suspiró Lituma-. Terrible cómo se pasa la vida.
– Salud, por la vida que se pasa -propuso José, el vaso en alto.
– Los mangaches son un poco filósofos cuando están tomados. Se han contagiado del Joven -dijo el arpista-. Estarían hablando de la muerte.
– Diez años, parece mentira -dijo el Mono-. ¿Te acuerdas del velorio de Domitila Yara, primo?
– Al día siguiente de llegar de la selva me encontré con el padre García y no me contestó el saludo -dijo Lituma-. No nos ha perdonado.
– Nada de filósofo, maestro -dijo el joven, ruborizándose-. Sólo un modesto artista.
– Más bien, recordarían cosas -dijo la Selvática-. Siempre que se juntaban, se ponían a contar lo que hacían de churres.
– Ya estás hablando a lo piurano, Selvática -dijo la Chunga.
– ¿Nunca te has arrepentido, primo? -dijo José.
– Cachaco o cualquier cosa, qué más da -se encogió de hombros Lituma-. De inconquistable mucha jarana y mucha timba, pero también mucha hambre, colegas. Ahora, al menos, como bien, mañana y tarde. Ya es algo.
– Si fuera posible, me tomaría otro poquito de leche -dijo el arpista.
La Selvática se levantó, don Anselmo: ella se lo preparaba.
– Lo único que te envidio es que has corrido mundo, Lituma -lijo Josefino-. Nosotros nos moriremos sin salir de Piura.
– Habla por ti solo -dijo el Mono-. A mí no me entierran sin conocer Lima.
– Buena muchacha -dijo Anselmo-. Siempre se anda comidiendo a todo. Qué servicial, qué simpática. ¿Es bonita?
– No mucho, muy retaca -dijo el Bolas-. Y cuando está con tacos, da risa como camina.
– Pero tiene lindos ojos -afirmó el joven-. Verdes, grandazos, misteriosos. Le gustarían, maestro.
– ¿Verdes? -dijo el arpista-. Seguro que me gustarían.
– Quién hubiera creído que ibas a terminar casado y de cachaco -dijo Josefino-. Y prontito de padre de familia, Lituma.
– ¿De veras que en la selva andan botadas las mujeres? -dijo el Mono-. ¿Son tan sensuales como dicen?
– Mucho más de lo que dicen -afirmó Lituma-. Hay que andarse defendiendo. Te descuidas y te exprimen, no sé cómo no salí de ahí con los pulmones puro agujero.
– Entonces uno se comerá a las que le da la gana elijo José.
– Sobre todo si es costeño -dijo Lituma-. Los criollos las vuelven locas.
– Será buena gente, pero hay que ver qué sentimientos -dijo el Bolas-. Putea para el amigo del marido, y el pobre Lituma en la cárcel.
– No hay que juzgar tan rápido, Bolas -dijo el joven, apenado-. Habría que averiguar qué fue lo que pasó. Nunca es fácil saber lo que hay detrás de las cosas. No tires nunca la primera piedra, hermano.
– Y después dice que no es filósofo -dijo el arpista-. Escúchalo, Chunguita.
– ¿En Santa María de Nieva había muchas hembras, primo? -insistía el Mono.
– Se podía cambiar a diario -dijo Lituma-. Muchas, y calientes como las que más. De todo y al por mayor, blancas, morenitas, bastaba estirar la mano.
– Y si eran tan buenas mozas, ¿por qué te casaste con ésa? -rió Josefino-. Porque, no me digas, Lituma, es puro ojos, lo demás no vale nada.
– Pegó un puñetazo en la mesa que se oyó en la catedral -dijo el Bolas-. Se pelearon de algo, parecía que Josefino y Lituma se iban a mechar.
– Son chispitas, fosforitos, se encienden y se apagan, nunca les dura la cólera -dijo el arpista-. Todos los piuranos tienen buen corazón.
– ¿Ya no sabes aguantar las bromas? -decía el Mono-. Cómo has cambiado, primo.
– Si es mi hermana, Lituma -exclamaba Josefino-. ¿Crees que lo decía de veras? Siéntate, colega, brinda conmigo.
– Lo que pasa es que la quiero -dijo Lituma-. No es pecado.
– Bien hecho que la quieras -dijo el Mono-. Baja más cerveza, Chunga.
– La pobre no se acostumbra, anda asustada entre tanta gente -decía Lituma-. Esto es muy distinto de su tierra, tienen que comprenderla.
– Claro que la comprendemos -dijo el Mono-. A ver, un brindis por nuestra prima.
– Es buenisisísima, cómo nos atiende, qué comilonas nos prepara -dijo José-. Si los tres la queremos mucho, primo.
– ¿Está bien así, don Anselmo? -dijo la Selvática-. ¿No quedó muy caliente?
– Muy bien, muy rica -dijo el arpista, paladeando-. ¿De veras tienes los ojos verdes, muchacha?
Seminario había girado hacia ellos con silla y todo, qué era esa bulla, ¿ya no se podía conversar tranquilo?, y el sargento, con todo respeto, que se estaba propasando, nadie se metía con él, que no se metiera con ellos, señor. Seminario levantó la voz, quiénes eran para responderle, y claro que se metía con ellos, con los cuatro y también con la puta que los había parido, ¿lo oyeron?
– ¿Les mentó la madre? -dijo la Selvática, pestañeando.
– Varias veces en la noche, ésa fue la primera -dijo el Bolas-. Esos ricos porque tienen tierras creen que pueden mentarle la madre a cualquiera.
La Hortensia y la Amapola salieron volando y, desde el mostrador, Sandra, Rita y Maribel alargaban las cabezas. El sargento tenía la voz rajada de la cólera, la familia no tenía nada que ver con esto, señor.
– Si no te gustó, ven y conversamos, cholito -dijo Seminario.
– Pero Lituma no fue -dijo la Chunga-. Lo contuvimos con la Sandra.
– ¿Por qué mentar a la madre cuando el pleito es entre hombres? -dijo el joven-. La madre es lo más santo que hay.
Y la Hortensia y la Amapola habían vuelto a la mesa de Seminario.
– Ya no los oí reír ni volvieron a cantar su himno -dijo el arpista-. Se quedaron desmoralizados con esa mentada de madre, los muchachos.
– Se consolaron tomando -dijo la Chunga-. No cabían más botellas en su mesa.
– Por eso yo creo que las penas que uno lleva adentro lo explican todo -dijo el joven-. Por eso terminan unos de borrachos, otros de curas, otros de asesinos.
– Voy a mojarme la cabeza -dijo Lituma-. Este tipo me amargó la noche. Tuvo razón de enojarse, Josefino -dijo el Mono-. A nadie le gustaría que le dijeran tu mujer es fea.
– Me carga con tantas ínfulas -dijo Josefino-. Me he comido cien hembras, conozco medio Perú, me he dado la gran vida. Se pasa el día sacándonos pica con sus viajes.
– En el fondo le tienes tanta cólera porque su mujer no te hace caso -dijo José.
– Si supiera que la persigues, te mata -dijo el Mono-. Está enamorado de su hembra como un becerro.
– Es su culpa -dijo Josefino-. ¿Por qué presume tanto? En la cama es puro fuego, se mueve así, asá. Que se friegue, quiero ver si son ciertas esas maravillas.
– ¿Apostamos un par de libras que no te liga, hermano? -dijo el Mono.
– Ya veremos -dijo Josefino-. La primera vez quiso cachetearme, la segunda sólo me insultó y la tercera ni siquiera se hizo la resentida y hasta pude manosearla un poco. Ya está aflojando, yo conozco a mi gente.
– Si cae, ya sabes -dijo José-. Donde pasa un inconquistable, pasan los tres, Josefino.
– No sé por qué le tengo tantas ganas -dijo Josefino-. La verdad es que no vale nada.
– Porque es de afuera -dijo el Mono-. A uno siempre le gusta descubrir qué secretos, qué costumbres se traen de sus tierras.
– Parece un animalito -dijo José-. No entiende nada, se pasa la vida preguntando por qué esto, por qué lo otro. Yo no me hubiera atrevido a probar primero. ¿Y si le contaba a Lituma, Josefino?
– Es de las asustadizas -dijo Josefino-. La calé ahí mismo. No tiene personalidad, se moriría de vergüenza antes que contarle. Lástima nomás que la preñara. Ahora hay que esperar que dé a luz para hacerle el trabajito.
– Después se pusieron a bailar de lo más bien -dijo la Chunga-. Parecía que se había pasado todo.
– Las desgracias caen de repente, cuando uno menos se las espera -dijo el Joven.
– ¿Con quién bailaba él? -dijo la Selvática.
– Con la Sandra -la Chunga la observaba con sus ojos apagados y hablaba despacio-: Muy pegaditos. Y se besaban. ¿Tienes celos?
– Era una pregunta, nomás -dijo la Selvática-. Yo no soy celosa.
Y Seminario, de repente, sólido, que se fueran, destemplado, o los sacaba a patada limpia, rugiente, a los cuatro juntos.
– Ni un ruido toda la noche, ni una luz -dijo el sargento-. ¿No le parece raro, mi teniente?
– Deben estar al otro lado -dijo el sargento Roberto Delgado-. La isla parece grande.
– Ya clarea -dijo el teniente-. Que traigan las lanchas, pero no hagan bulla.
Entre los árboles y el agua, los uniformes tenían una apariencia vegetal. Apiñados en el estrecho reducto, calados hasta los huesos, los ojos ebrios de fatiga, guardias y soldados se ajustaban los pantalones, las polainas. Los envolvía una claridad verdosa que se filtraba por el laberíntico ramaje y, entre las hojas, ramas y lianas, muchos rostros lucían picaduras, arañazos violetas. El teniente se adelantó hasta la orilla de la laguna, separó el follaje con una mano, con la otra se llevó los prismáticos a los ojos y escudriñó la isla: un barranco alto, laderas plomizas, árboles de troncos robustos y crestas frondosas. El agua reverberaba, ya se oía cantar a los pájaros. El sargento vino hacia el teniente, agazapado, bajo sus pies el bosque crujía y chasqueaba. Detrás de ellos, las siluetas difusas de guardias y soldados se movían apenas entre la maraña, silenciosamente destapaban cantimploras y encendían cigarrillos.
– Ya no discuten -dijo el teniente-. Nadie diría que se pasaron el viaje peleando.
– La mala noche los hizo amigos -dijo el sargento-. El cansancio, la incomodidad. No hay como esas cosas para que los hombres se entiendan bien, mi teniente.
– Vamos a hacerles una buena tenaza antes que sea día del todo -dijo el teniente-. Hay que emplazar un grupo en la orilla del frente.
– Sí, pero para eso hay que cruzar la cocha -dijo el sargento, apuntando la isla con un dedo-. Son como trescientos metros, mi teniente. Nos van a cazar como a palomitas.
El sargento Roberto Delgado y los otros se habían acercado. El barro y la lluvia igualaban los uniformes y sólo las cristinas y los quepís distinguían a los guardias de los soldados.
– Mandémosles un propio, mi teniente- dijo el sargento Roberto Delgado-. No les queda más remedio que rendirse.
– Sería raro que no nos hayan visto -dijo el sargento-. Los huambisas tienen el oído fino, como todos los chunchos. Puede ser que ahora mismo nos estén apuntando desde las lupunas.
– Lo veo y no lo creo -dijo el sargento Delgado-. Paganos viviendo entre lupunas, con el pánico que les tienen.
Soldados y guardias escuchaban: pieles lívidas, pequeños abcesos de sangre coagulada, ojeras, pupilas inquietas. El teniente se rascó la mejilla, había que ver, junto a su sien tres granitos formaban un triángulo cárdeno, ¿los dos sargentos se le cagaban de miedo?, y un mechón de pelos sucios le caía sobre la frente semioculta bajo la visera. ¿Qué? Tal vez sus guardias tendrían miedo, mi teniente, el sargento Roberto Delgado no sabía cómo se comía eso.