– Sobre todo si es costeño -dijo Lituma-. Los criollos las vuelven locas.
– Será buena gente, pero hay que ver qué sentimientos -dijo el Bolas-. Putea para el amigo del marido, y el pobre Lituma en la cárcel.
– No hay que juzgar tan rápido, Bolas -dijo el joven, apenado-. Habría que averiguar qué fue lo que pasó. Nunca es fácil saber lo que hay detrás de las cosas. No tires nunca la primera piedra, hermano.
– Y después dice que no es filósofo -dijo el arpista-. Escúchalo, Chunguita.
– ¿En Santa María de Nieva había muchas hembras, primo? -insistía el Mono.
– Se podía cambiar a diario -dijo Lituma-. Muchas, y calientes como las que más. De todo y al por mayor, blancas, morenitas, bastaba estirar la mano.
– Y si eran tan buenas mozas, ¿por qué te casaste con ésa? -rió Josefino-. Porque, no me digas, Lituma, es puro ojos, lo demás no vale nada.
– Pegó un puñetazo en la mesa que se oyó en la catedral -dijo el Bolas-. Se pelearon de algo, parecía que Josefino y Lituma se iban a mechar.
– Son chispitas, fosforitos, se encienden y se apagan, nunca les dura la cólera -dijo el arpista-. Todos los piuranos tienen buen corazón.
– ¿Ya no sabes aguantar las bromas? -decía el Mono-. Cómo has cambiado, primo.
– Si es mi hermana, Lituma -exclamaba Josefino-. ¿Crees que lo decía de veras? Siéntate, colega, brinda conmigo.
– Lo que pasa es que la quiero -dijo Lituma-. No es pecado.
– Bien hecho que la quieras -dijo el Mono-. Baja más cerveza, Chunga.
– La pobre no se acostumbra, anda asustada entre tanta gente -decía Lituma-. Esto es muy distinto de su tierra, tienen que comprenderla.
– Claro que la comprendemos -dijo el Mono-. A ver, un brindis por nuestra prima.
– Es buenisisísima, cómo nos atiende, qué comilonas nos prepara -dijo José-. Si los tres la queremos mucho, primo.
– ¿Está bien así, don Anselmo? -dijo la Selvática-. ¿No quedó muy caliente?
– Muy bien, muy rica -dijo el arpista, paladeando-. ¿De veras tienes los ojos verdes, muchacha?
Seminario había girado hacia ellos con silla y todo, qué era esa bulla, ¿ya no se podía conversar tranquilo?, y el sargento, con todo respeto, que se estaba propasando, nadie se metía con él, que no se metiera con ellos, señor. Seminario levantó la voz, quiénes eran para responderle, y claro que se metía con ellos, con los cuatro y también con la puta que los había parido, ¿lo oyeron?
– ¿Les mentó la madre? -dijo la Selvática, pestañeando.
– Varias veces en la noche, ésa fue la primera -dijo el Bolas-. Esos ricos porque tienen tierras creen que pueden mentarle la madre a cualquiera.
La Hortensia y la Amapola salieron volando y, desde el mostrador, Sandra, Rita y Maribel alargaban las cabezas. El sargento tenía la voz rajada de la cólera, la familia no tenía nada que ver con esto, señor.
– Si no te gustó, ven y conversamos, cholito -dijo Seminario.
– Pero Lituma no fue -dijo la Chunga-. Lo contuvimos con la Sandra.
– ¿Por qué mentar a la madre cuando el pleito es entre hombres? -dijo el joven-. La madre es lo más santo que hay.
Y la Hortensia y la Amapola habían vuelto a la mesa de Seminario.
– Ya no los oí reír ni volvieron a cantar su himno -dijo el arpista-. Se quedaron desmoralizados con esa mentada de madre, los muchachos.
– Se consolaron tomando -dijo la Chunga-. No cabían más botellas en su mesa.
– Por eso yo creo que las penas que uno lleva adentro lo explican todo -dijo el joven-. Por eso terminan unos de borrachos, otros de curas, otros de asesinos.
– Voy a mojarme la cabeza -dijo Lituma-. Este tipo me amargó la noche. Tuvo razón de enojarse, Josefino -dijo el Mono-. A nadie le gustaría que le dijeran tu mujer es fea.
– Me carga con tantas ínfulas -dijo Josefino-. Me he comido cien hembras, conozco medio Perú, me he dado la gran vida. Se pasa el día sacándonos pica con sus viajes.
– En el fondo le tienes tanta cólera porque su mujer no te hace caso -dijo José.
– Si supiera que la persigues, te mata -dijo el Mono-. Está enamorado de su hembra como un becerro.
– Es su culpa -dijo Josefino-. ¿Por qué presume tanto? En la cama es puro fuego, se mueve así, asá. Que se friegue, quiero ver si son ciertas esas maravillas.
– ¿Apostamos un par de libras que no te liga, hermano? -dijo el Mono.
– Ya veremos -dijo Josefino-. La primera vez quiso cachetearme, la segunda sólo me insultó y la tercera ni siquiera se hizo la resentida y hasta pude manosearla un poco. Ya está aflojando, yo conozco a mi gente.
– Si cae, ya sabes -dijo José-. Donde pasa un inconquistable, pasan los tres, Josefino.
– No sé por qué le tengo tantas ganas -dijo Josefino-. La verdad es que no vale nada.
– Porque es de afuera -dijo el Mono-. A uno siempre le gusta descubrir qué secretos, qué costumbres se traen de sus tierras.
– Parece un animalito -dijo José-. No entiende nada, se pasa la vida preguntando por qué esto, por qué lo otro. Yo no me hubiera atrevido a probar primero. ¿Y si le contaba a Lituma, Josefino?
– Es de las asustadizas -dijo Josefino-. La calé ahí mismo. No tiene personalidad, se moriría de vergüenza antes que contarle. Lástima nomás que la preñara. Ahora hay que esperar que dé a luz para hacerle el trabajito.
– Después se pusieron a bailar de lo más bien -dijo la Chunga-. Parecía que se había pasado todo.
– Las desgracias caen de repente, cuando uno menos se las espera -dijo el Joven.
– ¿Con quién bailaba él? -dijo la Selvática.
– Con la Sandra -la Chunga la observaba con sus ojos apagados y hablaba despacio-: Muy pegaditos. Y se besaban. ¿Tienes celos?
– Era una pregunta, nomás -dijo la Selvática-. Yo no soy celosa.
Y Seminario, de repente, sólido, que se fueran, destemplado, o los sacaba a patada limpia, rugiente, a los cuatro juntos.
– Ni un ruido toda la noche, ni una luz -dijo el sargento-. ¿No le parece raro, mi teniente?
– Deben estar al otro lado -dijo el sargento Roberto Delgado-. La isla parece grande.
– Ya clarea -dijo el teniente-. Que traigan las lanchas, pero no hagan bulla.
Entre los árboles y el agua, los uniformes tenían una apariencia vegetal. Apiñados en el estrecho reducto, calados hasta los huesos, los ojos ebrios de fatiga, guardias y soldados se ajustaban los pantalones, las polainas. Los envolvía una claridad verdosa que se filtraba por el laberíntico ramaje y, entre las hojas, ramas y lianas, muchos rostros lucían picaduras, arañazos violetas. El teniente se adelantó hasta la orilla de la laguna, separó el follaje con una mano, con la otra se llevó los prismáticos a los ojos y escudriñó la isla: un barranco alto, laderas plomizas, árboles de troncos robustos y crestas frondosas. El agua reverberaba, ya se oía cantar a los pájaros. El sargento vino hacia el teniente, agazapado, bajo sus pies el bosque crujía y chasqueaba. Detrás de ellos, las siluetas difusas de guardias y soldados se movían apenas entre la maraña, silenciosamente destapaban cantimploras y encendían cigarrillos.
– Ya no discuten -dijo el teniente-. Nadie diría que se pasaron el viaje peleando.
– La mala noche los hizo amigos -dijo el sargento-. El cansancio, la incomodidad. No hay como esas cosas para que los hombres se entiendan bien, mi teniente.
– Vamos a hacerles una buena tenaza antes que sea día del todo -dijo el teniente-. Hay que emplazar un grupo en la orilla del frente.
– Sí, pero para eso hay que cruzar la cocha -dijo el sargento, apuntando la isla con un dedo-. Son como trescientos metros, mi teniente. Nos van a cazar como a palomitas.
El sargento Roberto Delgado y los otros se habían acercado. El barro y la lluvia igualaban los uniformes y sólo las cristinas y los quepís distinguían a los guardias de los soldados.
– Mandémosles un propio, mi teniente- dijo el sargento Roberto Delgado-. No les queda más remedio que rendirse.
– Sería raro que no nos hayan visto -dijo el sargento-. Los huambisas tienen el oído fino, como todos los chunchos. Puede ser que ahora mismo nos estén apuntando desde las lupunas.
– Lo veo y no lo creo -dijo el sargento Delgado-. Paganos viviendo entre lupunas, con el pánico que les tienen.
Soldados y guardias escuchaban: pieles lívidas, pequeños abcesos de sangre coagulada, ojeras, pupilas inquietas. El teniente se rascó la mejilla, había que ver, junto a su sien tres granitos formaban un triángulo cárdeno, ¿los dos sargentos se le cagaban de miedo?, y un mechón de pelos sucios le caía sobre la frente semioculta bajo la visera. ¿Qué? Tal vez sus guardias tendrían miedo, mi teniente, el sargento Roberto Delgado no sabía cómo se comía eso.
Brotó un murmullo y, en un mismo movimiento que agitó el follaje, el Chiquito, el Oscuro y el Rubio se apartaron de los soldados: era ofensa, mi teniente, no permitían, ¿con qué derecho?, y el teniente se tocó la cartuchera: le podría costar caro, si no estuvieran en misión vería.
– Sólo era una broma, mi teniente -tartamudeó el sargento Roberto Delgado-. En el Ejército les hacemos pasadas a los oficiales y ellos nunca se enojan. Yo creí que en la policía era lo mismo.
Un rumor de agua invadida sumergió sus voces y se oyó un cuidadoso chapaleo de remos, un desliz. Bajo la cascada de lianas y de juncos, aparecieron las lanchas. El práctico Pintado y el soldado que las conducían estaban sonrientes y ni sus gestos ni sus movimientos revelaban fatiga.
– Después de todo, tal vez sea mejor pedirles la rendición -dijo el teniente.
– Claro, mi teniente -dijo el sargento Roberto Delgado-. No se lo aconsejé por miedo, sino por estrategia. Si quieren escapar, desde aquí haremos tiro al blanco con ellos.