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– En cambio, si vamos nosotros allá, pueden hacernos puré al cruzar la cocha -dijo el sargento-. Sólo somos diez y ellos quién sabe cuántos. Y qué armas tendrán.

El teniente se volvió y guardias y soldados quedaron tensos: ¿quién era el más antiguo? Algo anhelante en todos los rostros ahora, rictus en las bocas, parpadeos llenos de alarma, y el sargento Roberto Delgado señaló a un soldado bajito y cobrizo, que dio un paso al frente: soldado Hinojosa, mi teniente. Muy bien, que el soldado Hinojosa se llevara a los de Borja al otro lado de la laguna y los emplazara frente a la isla, sargento. El teniente se quedaría aquí con los guardias, vigilando la boca del caño.

¿Y para qué había venido entonces el sargento Roberto Delgado, mi teniente? El oficial se quitó el quepí, ¿para qué? se alisó los cabellos con la mano, se lo iba a decir y, al calzarse de nuevo la gorra, el mechoncito de su frente había desaparecido: los dos sargentos irían a pedirles la rendición. Que tiraran las armas y formaran en el barranco, las manos en la cabeza, sargento, los llevaría Pintado. Los sargentos se miraron, sin hablar, soldados y guardias, mezclados otra vez, susurraban y en sus ojos ya no había temor sino alivio, chispas burlonas. Precedidos por Hinojosa los soldados subieron a una de las lanchas que bailoteó y se hundió algo. El práctico levantó la pértiga y, de nuevo, un delicado chasquido, la vibración del ramaje, las cristinas desaparecieron bajo los helechos y los bejucos y el teniente examinó las camisas de los guardias, Chiquito, que se la quitara: la suya era la más blanca. El sargento la amarraría en su fusil y, ya sabía, si se les ponían malditos, bala, sin contemplaciones. Los sargentos estaban en la lancha y, cuando el Chiquito les alcanzó su camisa, Pintado impulsó la embarcación con la tangana. La dejó flotar lentamente entre el follaje pero, apenas ingresaron a la laguna, encendió el motor y, con el ruido monótono, el aire se pobló de aves que escapaban de los árboles, bulliciosamente. Un resplandor anaranjado crecía detrás de las lupunas, también en la espesura del contorno se reflejaban las primeras lanzas del sol, y las aguas de la cocha se veían limpias y quietas.

– Ah, compañero, yo estaba por casarme -dijo el sargento.

– Pero levanta más ese fusil -dijo el sargento Delgado-, que vean bien la camisa.

Cruzaron la laguna sin apartar la mirada del barranco y de las lupunas. Pintado mantenía el rumbo con una mano y con la otra se rascaba la cabeza, la cara, los brazos, aquejado de una repentina y generalizada picazón. Divisaban ya una playita angosta, fangosa, con arbustos pelados y unos troncos flotantes que debían servir de embarcadero. En la orilla opuesta, atracaba la lancha de los soldados y éstos descendían a la carrera, se apostaban en descubierto, apuntaban a la isla con sus fusiles. Hinojosa tenía buena voz, bonitos esos huaynitos que había cantado anoche en quechua ¿no? Sí, pero qué pasaba que no se los veía, ¿por qué no salían? El Santiago estaba lleno de huambisas, compañero, los que los vieron venir les avisarían y habrían tenido tiempo de sobra para escaparse por los caños. La lancha enfiló hacia el embarcadero. Amarrados con gruesos bejucos, los troncos flotantes hervían de musgo, hongos y líquenes. Los tres hombres contemplaban el barranco casi vertical, las lupunas curvas y jibosas: no había nadie, mis sargentos, pero qué susto habían pasado. Los sargentos saltaron, chapotearon en el barro, comenzaron a trepar, los cuerpos aplastados contra la pendiente. El sargento llevaba el fusil en alto, un viento caliente hacía ondear la camisa del Chiquito y, cuando pisaron la cumbre, un sol hiriente les hizo cerrar los ojos y frotárselos. Trenzas de lianas cubrían los espacios entre lupuna y lupuna, un denso humor putrefacto bañaba sus rostros cada vez que espiaban entre la maleza. Por fin hallaron una abertura, avanzaron enterrados hasta la cintura en yerba salvaje y rumorosa, luego siguieron una trocha que se estiraba, sinuosa, minúscula, entre avenidas de árboles, se perdía y reaparecía junto a un matorral o a un plumero de helechos. El sargento Roberto Delgado se ponía nervioso, carajo, que alzara bien ese fusil y vieran que iban con bandera blanca. Las copas de los árboles formaban una compacta bóveda que sólo filamentos de sol perforaban a ratos, jirones dorados que eran como vibraciones y había voces de invisibles pájaros por todas partes. Los sargentos se protegían el rostro con las manos, pero siempre recibían hincones, desgarrones ardientes. la trocha terminó de pronto, en un claro de superficie lisa y arenosa, limpia de yerba y ellos vieron las cabañas: ah, compañero, mira eso. Altas, sólidas, estaban sin embargo medio devoradas por el bosque. Una había perdido el techo y un agujero como una llaga redonda tiznaba su fachada; de la otra emergía un árbol, disparaba impetuosamente sus brazos peludos por las ventanas y los tabiques de ambas desaparecían bajo costras de hiedra. En todo el derredor había yerba alta; las escalerillas derruidas, prisioneras de enredaderas, servían de asiento a tallos y raíces, y en los escalones y pilotes se divisaban también nidos, hinchados hormigueros. Los sargentos merodeaban en torno a las cabañas, alargaban los pescuezos para ver el interior.

– No se fueron anoche sino hace tiempo -dijo el sargento Delgado-. El monte ya casi se las ha tragado.

– No son chozas de huambisas sino de cristianos -dijo el sargento-. Los paganos no las hacen tan grandes y, además, se llevan a cuestas sus casas cuando se mudan.

– Aquí había un claro -dijo el sargento Delgado-. Los árboles son tiernitos. Aquí vivía bastante gente, compadre.

– El teniente va a rabiar -dijo el sargento-. Estaba seguro de agarrar a unos cuantos.

– Vamos a llamarlo -dijo el sargento Delgado; apuntó con su fusil a una cabaña, disparó dos veces y el eco repitió los disparos, a lo lejos-. Van a creer que nos están cocinando los rateros.

– En confianza, yo prefiero que no haya nadie -dijo el sargento-. Voy a casarme, no estoy para que me vuelen la cabeza, a mis años.

– Vamos a registrar antes que lleguen los otros -dijo el sargento Delgado-. A lo mejor queda algo que valga la pena.

Sólo encontraron residuos de objetos herrumbrosos, convertidos en aposentos de arañas y las maderas apolilladas, minadas por las termitas, se rajaban bajo sus pies o se hundían blandamente. Salieron de las cabañas, recorrieron la isla y aquí y allá se inclinaban sobre leños carbonizados, latas oxidadas, añicos de cántaros. En un declive había una poza de aguas estancadas y, entre exhalaciones hediondas, planeaban nubes de mosquitos. La cercaban dos hileras de estacas como una filuda red y eso qué era, el sargento Roberto Delgado nunca había visto. Qué sería, cosas de chunchos, pero mejor que se fueran de aquí, olía mal y había tanta avispa. Volvieron a las cabañas y el teniente, los guardias y los soldados evolucionaban como sonámbulos en el claro, encañonaban los árboles, inquietos y perplejos.

– ¡Diez días de viaje! -gritó el teniente-. ¡Tanta cojudez para eso! ¿Cuándo calculan que se fueron?

– Para mí, hace meses, mi teniente -dijo el sargento-. Quizá más de un año.

– No eran dos, sino tres cabañas, mi teniente -dijo el Oscuro-. Aquí había otra, un ventarrón la arrancaría de cuajo. Todavía se ven los horcones, fíjese.

– Para mí, hace varios años, mi teniente -dijo el sargento Delgado-. Por ese árbol que ha crecido ahí adentro.

Después de todo qué más daba, el teniente sonrió desencantado, un mes o diez años, fatigado: ellos se habían ensartado lo mismo. Y el sargento Delgado, a ver, Hinojosa, un buen registro y que le empaquetaran lo comible, lo bebible y lo ponible y los soldados se derramaron por el claro y se perdieron entre los árboles, y el Rubio que hiciera un poco de café para que se les fuera el mal sabor de la boca. El teniente se acuclilló, se puso a escarbar el suelo con una ramita. Los sargentos encendieron cigarrillos; enjambres zumbantes pasaban sobre sus cabezas mientras charlaban. El práctico Pintado cortó ramas secas, hizo una fogata y, entre tanto, dos soldados arrojaban al voleo desde las cabañas, botellas, jarras de greda, mantas deshilachadas. El Rubio calentó un termo, sirvió café humeante en unos vasitos de latón, y el teniente y los sargentos estaban terminando de beber cuando se oyeron gritos, ¿qué?, y aparecieron dos soldados corriendo, ¿un tipo?, el oficial se había parado de un salto, ¿qué cosa? y el soldado Hinojosa: un muerto, mi teniente, lo habían encontrado en una playita de ahí abajo. ¿Huambisa? ¿Cristiano? Seguido de guardias y soldados el teniente corría ya y, durante unos momentos, sólo se oyó crepitar la hojarasca pisoteada, el suave runrún de la yerba agredida por los cuerpos. Veloces y en montón contornearon las estacas, se lanzaron por el declive, salvaron un hoyo salpicado de pedruscos y, al llegar a la playita, se detuvieron en seco, alrededor del tendido. Estaba boca arriba, su pantalón desgarrado ocultaba apenas los miembros mugrientos y enclenques, la piel oscura. Sus axilas eran dos matas negruzcas, apelmazadas, y tenía muy largas las uñas de manos y pies. Costras y llagas resecas roían su torso, sus hombros, un trozo de lengua blancuzca pendía de sus labios agrietados. Guardias y soldados lo examinaban y, de pronto, el sargento Roberto Delgado sonrió, se agachó y aspiró, su nariz junto a la boca del tendido. Soltó una risita entonces, se incorporó y pateó al hombre en las costillas: oiga, huevas, que no le pateara así al muerto y el sargento Roberto Delgado, pateando otra vez, qué muerto ni que ocho cuartos, ¿no olía, mi teniente? Todos se inclinaron, husmearon el cuerpo rígido e indiferente. Nada de muerto, mi teniente, mi compadre estaba soñando. Con una especie de creciente, enfurecida alegría descargó más puntapiés y el tendido se contrajo, algo ronco y hondo escapó de su boca, caramba: era verdad. El teniente empuñó los cabellos del hombre, lo remeció y, de nuevo, débilmente, ese ronquido interior. Estaba soñando el pendejo y el sargento sí, miren, ahí tenía su cocimiento. Junto a las cenizas plateadas y las rajitas de leña de una fogata, había una olla de barro, chamuscada, repleta de yerbas. Decenas de curhuinses de largas tijeras y negrísimo abdomen la escalaban mientras otras, formadas en círculo, protegían el asalto. Si hubiera estado muerto, ya se lo habrían comido los bichos, mi teniente, no le quedarían sino los huesos, y el Rubio pero habían comenzado ya, por las piernas. Algunas curhuinses subían por las curtidas plantas de sus pies y otras inspeccionaban sus empeines, sus dedos, sus tobillos, tocaban la piel con sus finas antenas y, a su paso, dejaban un reguero de puntos morados. El sargento Roberto Delgado pateó de nuevo, en el mismo sitio. Una hinchazón había brotado en las costillas del tendido, un túmulo oblongo de vértice oscuro. Seguía inmóvil pero, de rato en rato, profería su hueco ronquido y su lengua se enderezaba, difícilmente lamía los labios. Estaba en el paraíso el maldito, no sentía nada y el teniente agua, rápido, y que le limpiaran los pies, carajo, se lo estaban comiendo las hormigas. El Chiquito y el Rubio aplastaron a las curhuinses, dos soldados trajeron agua de la laguna en sus cristinas y rociaron la cara del hombre. Éste trataba ahora de mover los miembros, la crispación encogía su rostro, su cabeza caía a derecha e izquierda. De pronto eructó y uno de sus brazos se plegó lenta, torpemente, su mano palmoteó su cuerpo, palpó la hinchazón, la acarició. Ahora respiraba con ansiedad, tenía el pecho crecido, sumido el vientre y su lengua se estiraba, blanca, con coágulos de saliva verde. Sus ojos seguían sellados, y el teniente a los soldados más agua: estaba que quería y no quería, muchachos, había que despertarlo. Soldados y guardias iban a la laguna, volvían y vertían sobre el hombre chorritos de agua y él abría la boca para recibirlos, su lengua afanosamente, ruidosamente sorbía las gotitas. Su quejido era ya más natural y continuo, y también las contracciones de su cuerpo que parecía liberado de invisibles ligaduras.